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Rusia: “Un eco de Moscú”

Nota del Editor: Este artículo fue publicado originalmente el 1ro de marzo.

Tverskaya, 23 de febrero, 2005 – desde este set en Flickr

Poco después de las elecciones de la Duma el pasado diciembre, vi este artículo y quise traducirlo. En ese entonces no tuve tiempo, y a decir verdad es un texto complicado de traducir pues se trata de ánimo y atmósfera. El escándalo por el discurso de Luzhniki de Putin se ha apagado, pero Nizhny Nóvgorod, en donde se ubica parte de este artículo, sigue en las noticias como el lugar en que Medvedev dará su primer discurso oficial como candidato y (quizá menos significativo) como el elegido de la región por el New York Times en un controversial artículo sobre el (ab)uso del Kremlin de “recursos administrativos”, así que esto parece como un tema apropiado para publicar mientras esperamos el inevitable resultado del 2 de marzo.

A manera de antecedentes, este artículo debía aparecer en el semanario de Moscú Bolshoi Gorod, pero la dirección de la casa editora que publica BG decidió no publicarlo tal como estaba escrito, y el editor de BG eligió publicarlo en su ZheZhe en vez de editarlo. Los comentarios en el blog donde se publicó sugieren una gama de evaluación de esa decisión – mayormente elogiando el artículo, pero también algunos que afirmaban que no era apropiado publicarlo, porque no es “periodismo” y que es más adecuado para un post  de ZheZhe, o que es un cuento “vacío” que describe una realidad política que existió por años y que ahora lo nota la intelligentsia creativa (es sin duda algo en donde podemos ver indicios de hace pocos años).

Los comentarios de todas partes (y hubo muchos, en esa oportunidad) especularon sobre censura o auto censura que llevó en algunos casos a discusiones online entre viejos amigos divididos por sus opiniones del camino de Rusia… pero dejaré que el artículo hable por sí mismo.

Un Eco de Moscú
por Roman Gruzov
3 de diciembre del 2007

La ciudad antes de las elecciones

A fines de noviembre hacía frío en [Nizhny Nóvgorod], y la gente que entregaba volantes de Rusia Unida en las calles estaba envuelta con bufandas contra el frío. Nizhny cubierta de nieve se siente opresiva para una persona que no está acostumbrada a las provincias rusas. Las áreas industriales que mueren hacia la noche y el conmovedor centro de la ciudad de madera, restaurado en algunos sitios y torcido y semi abandonado en otros, parecía una especie de país diferente, desconocido, incomprensible y, por ello, no enteramente seguro. Había carteles de campaña en cada esquina, por lo que la palabra “Putin” era siempre visible desde varios ángulos a la vez.

Paré un auto en la orilla del Oka y pensé sobre esos carteles y acerca de por qué en Nizhny me parecían diferentes a los de casa. Honestamente, siempre he prestado atención a las imágenes más odiosas. Por ejemplo, en la esquina de Liteiny y Nevsky, en el edificio donde estaban las oficinas editoriales de Afisha, hay una gigantesca foto grupal que cubre totalmente la fachada, con el subtítulo el “Petersburgo de Putin.” La segunda dama de la izquiera tiene una macabra sonrisa de suficiencia que parece que estuviera promocionando la próxima película de vampiros de “Dozor” y no la línea presidencial. No lejos de ahí, un afiche en una columna dice “Tú estás en el plan de Putin”, y mi mirada fija también se ha estado deteniendo en esa columna por un mes, pero solamente porque es extraño – él no está en mis planes, pero yo estoy en el suyo. En Nizhny la cantidad de estas fotos es algo cualitativamente diferente, quizá debido a la apariencia de los locales, es difícil entender qué tienen que ver con esos afiches.

Me recogió un Moskvich verde con un chofer de edad indeterminada que usaba un cobertor amarillo y un abrigo raído de piel de carnero. La radio rugía espantosamente, y pensé que la voz del locutor me parecía familiar. Pero yendo a lo largo del aún congelado río, tuve un momento de duda – la retórica de la persona que gritaba por los andrajosos parlantes del auto sobre chacales y embajadas extranjeras era simplemente demasiado grosera. Pensé “¿Será Zhirik?”

El chofer subió más el volumen – más alto de lo que era correcto, tan alto que se volvió desagradable para mí estar en el auto. Tras un par de minutos estuve seguro que realmente era el presidente hablando – la radio recogía la señal de TV de Channel One. Me sentía intranquilo – en cualquier otro momento, le hubiera pedido al chofer que lo bajara, pero me quedé callado. La voz de la radio era tan insistente, la ciudad tan incomprensible, y la tenebrosa mirada fija del chofer desde sus lentes amarillos tan impredecible. No tenía ningún deseo de discutir con él de política – prácticamente por primera vez en los últimos diecisiete años decidí que sería mejor contener mi lengua. Fue desagradable, extraño y de alguna manera radicalmente nuevo, todo a la vez – ser llevado por una ciudad extraña, oscura, escuchando al estadio responderle al orador, y sentir que vives en un tiempo nuevo, diferente, un tiempo en el que si no conoces el pensamiento de tu interlocutor es mejor quedarse callado. Y nos quedamos callados – avanzamos y escuchamos a varias personas no tan melindrosas que hablaron en el estadio. Entonces el chofer sacó su mano de su andrajosa manga y bruscamente apagó la radio. Se hizo el silencio. Entonces él dijo:

“¡Esos imbéciles!”

Me miró con el rabillo del ojo, abrió la ventana y escupió rabiosamente hacia la helada noche.

En Moscú al día siguiente supe que a muchos de mis amigos les había pasado cosas similares en los días previos, y que para casi todos ellos la sensación de un cambio cualitativo estaba sorprendentemente conectado con algo trivial – no con el mitin de Luzhniki, sino con alguna historia tonta. El hijo de un amigo se enfermó por gases de pintura, porque estaban pintando el colegio a primera hora de la mañana, apurándose por embellecerlo a tiempo para las elecciones. Otro estuvo en una pelea con adolescentes borrachos en la calle, y en la comisaría se dieron cuenta que tenían bufandas de “estoy con Putin” alrededor del cuello. Y en respuesta le dije a todo el mundo cómo, para mi propia sorpresa, tuve miedo de pedirle al chofer que apagara la radio.

Cuando regresé a San Petersburgo un día después, había pesados camiones con las ventanas clausuradas en la estación del tren. Había más policías que peatones en Nevsky, y cuanto más lejos iba más hombres uniformados me rodeaban. Más cerca de la Plaza del Palacio, cuando la policía se convirtió en tropas antimotines, me di cuenta que era debido a los disidentes. No había absolutamente ninguna marcha – cerca de una docena de jubilados estaban parados viendo los cientos de soldados que habían protegido la plaza. Entonces se me acercaron, vieron mi credencial de prensa y me pusieron en un bus de la policía.

“Usted tiene una laptop en su bolso,” dijo un calmado oficial bigotudo”, y hoy solamente se permite estar aquí a los periodistas acreditados por el Consejo de Administración de Asuntos Internos [ГУВД]. Demos una vuelta a la comisaría, y demos una mirada a lo que tiene en su computadora.”

En la nueva era esto era normal, y subí a la oscura tolva del camión sin discutir. Adentro había seis abatidos tayikos, un viejo canoso con un aparato de audición y los ojos llorosos y un radical que parecía un triste demonio con cuernos de pelo enlacado. Nos llevaron por la ciudad por largo rato, y las lágrimas caían por las mejillas del viejo con el viento que soplaba por las rendijas del camión. Era desagradable de verse, así que miramos afuera por las rendijas – a la policía que recorría el Nevsky entre carteles que decían “Petersburgo de Putin,” y a la gente que evitaba los carteles y a la policía. Todo estaba siliencioso, pero esta vez yo sabía con seguridad lo que los demás pensaban. Y después de tres horas o más nos fotografiaron y nos dejaron ir – a todos menos al radical que no quiso agarrar un número en su pecho para la cámara. Mi número era 809.

“Imbéciles,” dijeron los tayikos, saliendo al aire fresco.
“Imbéciles,” coincidí.
El viejo no dijo nada.

Eso fue en invierno; esperemos que la primavera sea diferente. Algunos observadores parecen esperanzados.

Dicho sea de paso, el insulto que se repite en la mitad y al final del artículo es “суки” en el original (literalmente: “putos”), así que me tomé cierta licencia con él – aunque no mucha, la verdad. Según mi confiable Русско-английский словарь ненормативной лексики (М: Астрель, 2002):

Сука ж. […] 3. груб.-прост. Употр. как бранное слово Cf. bastardo, basura, imbécil (usado en sentido de insulto).

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