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Rusia: Pasajero sin billete

En Moscú, puedes comprarle un billete de bus/tranvía/trolebús al conductor y te costará 25 rublos, apenas $1. Si compras tus billetes en puestos especiales, tienes un descuento. Pero algunas personas prefieren hacer trampa y viajar gratis. A un pasajero sin billete se les conoce como zayats en ruso: una liebre. El usuario de LiveJournal radicado en Moscú kozenko describió (rus) un reciente encuentro con un representante de esta especie:

Realmente no entiendo a las personas que se suben al transporte público gratis. Los que se cuelan por los accesos, escondiéndose de los conductores. Y cuando lo consideran heroísmo, eso va más allá de mí. Y si también tienen más de 12 años, esto, perdónenme, es [absolutamente detestable].

Estaba en un tranvía yendo de [Dinamo] a [Sokol] hoy. Un carro medio vacío, algunos jubilados y yo. Y entonces de la puerta de adelante entra algo como de mi edad, si no mayor. Alto, con un viejo saco de cuero y estúpidos pantalones negros con finas rayas. Pasa por encima del acceso y se desploma sobre un asiento vacío. La conductora, una robusta mujer baja, salió de su cabina y le dijo que si no se iba, el tranvía no iría a ninguna parte. Este algo empezó a reír como respuesta. En realidad se reía todo el tiempo, como drogado.

La conductora abrió todas las puertas, salió a la calle, encendió un cigarro y empezó a pasearse. Pasaron dos minutos. Un jubilado, de unos 70 años, se levantó de su asiento, fue hacia el zayats, si puedes llamarlo así, y le pidió que se fuera. El tipo hasta dejó de reírse: “Abuelo, [¿qué demonios]? ¿De verdad te [importa]? Anda a tu asiento y siéntate ahí, [maldita sea]”. El jubilado repitió su pedido, pero el saco negro y pantalón a rayas empezó a reirse. El anciano trató de tomar al imbécil por el hombro, el imbécil se lo sacudió y trató de empujarlo. Ahí fue cuando otro anciano y yo nos levantamos de nuestros asientos.

Como sea, básicamente arrojamos a este sonriente pedazo de basura fuera del tranvía. La conductora regresó a su cabina, cerró las puertas. Los ancianos y yo nos sonreímos y, tras haber construido una sociedad civil, ja ja, seguimos nuestro recorrido.

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