Colombia: Niño de 12 años muere luego de ser víctima de ‘matoneo’

El martes 24 de abril de 2012, John Alexander Larrahondo, de 12 años, murió más de una semana después de que tres de sus compañeros de clase lo golpearan, al parecer por haber defendido a una niña de 9 años de la misma clase. El incidente ocurrió en la escuela Los Gómez, ubicada en zona rural de Itagüí, un municipio del departamento de Antioquia cercano a Medellín.

Aunque Medicina Legal determinó que la causa de la muerte fue una infección ósea, la madre del niño y algunos médicos rechazaron el dictamen y afirman que el matoneo fue a la larga lo que provocó la muerte del joven.

La Fiscalía General abrió una investigación y el ministro de Justicia afirmó que el matoneo es “inaceptable” y debe ser combatido por las autoridades competentes (los ministerios de Educación y de Justicia, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Fiscalía General). Mientras tanto, la senadora del Partido Verde Gilma Jiménez dijo que llevará el tema al Congreso.

En Twitter, @mariaramitas escribe (1, 2):

El problema de los chinos de ahora es que ven el matoneo como simple mamadera de gallo. Y los profesores no es que hagan mucho tampoco. Y si lo del matoneo sigue así, no demoran dos culicagados y agarrar el colegio a bala a lo Columbine. Pilas profesores.

Con dolor, Juan Gonzalo Benítez (@juanbenitez1973) tuitea:

Triste, indignado… un niño de 12 años murio por una paliza. Lo mataron a patadas porque “puso la queja” de que agredieron a otra niña

María Isabel Ángel (@MaisAngel) muestra su pesimismo:

A mí lo de la muerte del niño por matoneo en Itagüí me quita aún más la fe en la humanidad. Queda uno desmoralizado

Lina Rouge (@linarouge) reacciona al diagnóstico forense:

Bueno espero que ahora que se sabe que el niño no murió por los golpes, no nos hagamos los bobos con el asunto del “matoneo” en los colegios

El periodista Víctor Solano (@solano) publicó varios tuits sobre el asunto (1, 2, 3, 4) y luego se extendería más en su columna para la versión colombiana del diario gratuito Metro:

Anoche creo que a varios se nos escurrieron las lágrimas con la nota del niño asesinado por sus compañeros de clase por defender a una niña. Y eso que la nota no fue amarillista; simplemente mostró que nuestra sociedad está incubando una generación movida por el odio. […] Nuestra sociedad perdió los lacrimales por agotamiento; nos secamos cuando la violencia se volvió paisaje y la indolencia nos gobernó. La muerte de ese niño nos comprueba que tocamos fondo, pero aún así seguimos cavando como esperando encontrar lo peor de nosotros.

Carolina Ruiz (@CaroRuizG) escribe que quedó sin palabras por la noticia, mientras que @lncognito tuitea diciendo que el problema debe resolverse con la educación y no con represión.

En la blogosfera, colombiaopina escribe acerca de la responsabilidad de padres, profesores y el Estado, y pide que se revisen las leyes:

Urge entonces una revisión e integración de las normas que tienen que ver con las conductas delictivas de infantes y adolescentes, haciendo más drásticas las medidas cautelares en desarrollo de la implementación del Sistema de Responsabilidad Penal de niños y adolescentes de que trata el Decreto 4652 de 2006.

Jaime Andrés Jaramillo Botero, de Ojo en lupa, escribe:

Pero el control y la observancia, como dijo [el gobernador de Antioquia Sergio] Fajardo, deben partir de nosotros como padres, responsables del futuro de nuestros hijos; y de la Escuela, como el aparato ideológico por excelencia, al cual le confiamos la educación de nuestra descendencia.

Finalmente, Wilmar Mejía critica al municipio de Itagüí y a los medios por concentrarse en el incidente sin informar acerca del contexto de la escuela rural y la situación de los profesores en la zona:

El matoneo entre los escolares implicados es objeto de noticia, pero nada se comenta porque no hay interés en hacerlo, acerca de la historia reciente de la Institución Educativa, de sus procesos académicos y administrativos, del déficit de oportunidades de recreación, cultura, deportes o de continuidad en el ciclo de formación técnica, tecnológica o profesional, para los niños y jóvenes que residen en las veredas.

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