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Sobre los reinos de España

90,000 people attended a pro-independence concert at the Nou Camp football stadium in Barcelona. The full mosaic spelled out the words 'Freedom 2014 Catalunya'. Image Copyright Demotix. June 29, 2013.

90,000 personas asistieron al concierto a favor de la independencia en el estadio de fútbol de Nou Camp en Barcelona. El mosaico completo decía ‘Libertad 2014 Cataluña’. Derechos reservados Demotix. 29 de junio de 2013.

A mediados de octubre en Madrid, el político catalán Alfred Bosch se paró en el Congreso de España y pidió un minuto de silencio por un hombre a quien muchos en la Cámara no quieren recordar – Lluís Companys.

En 1940, después de que trató de asegurar la independencia de Cataluña de España, Companys fue ejecutado públicamente por un pelotón de fusilamiento del dictador español Franciso Franco. Es el único presidente en ejercicio en Europa en ser ejecutado.

El pedido de Bosch se encontró con discursos desdeñosos de algunos congresistas de derecha. Alguien incluso gritó “¡Viva España!”

“Algunos de ustedes no toman esto en serio. Bien. ¿Qué puedo hacer?”, se lamentó Bosch. Luego de una pausa frustrada, agregó: “Y por cierto: Viva España, sí. Y Viva Cataluña, y ¡Vive la France! En positivo nos entenderemos siempre todas las naciones del mundo”.

Como suele suceder cuando los políticos de Cataluña hablan ante instituciones del gobierno en Madrid, la tensión en el ambiente estaba en carne viva y era palpable como la de una cámara internacional. Pero en el papel, el Congreso español es solamente una cámara nacional, de “una nación-estado”.

Aunque para grandes segmentos de la población de España, su Reino sería descrito más exactamente como un estado de muchas naciones. Pero no le digan eso a los constitucionalistas del país, que están haciendo lo mejor que pueden para negar el hecho.

Cataluña, el próximo estado en Europa

El 11 de setiembre de este año, cientos de miles de catalanes unieron sus manos para formar una cadena humana [en] que se extendió 460 kilómetros a lo largo de su región, desde la frontera francesa de los Pirineos a la tercera ciudad más grande de España, Valencia. Complementada con camisetas y lemas para la ocasión, este fuerte acto de protesta estuvo asombrosamente bien organizado, lo que no es de sorprender: en verdad fue el eco de una manifestación masiva [en] que se llevó a cabo un año antes, cuando un millón de personas tomaron las calles de Barcelona bajo el lema: “Cataluña: el próximo nuevo estado en Europa”.

Al día siguiente de esa primera manifestación, el presidente catalán Artur Mas respaldó públicamente la protesta y convocó a un referéndum para la independencia. Poco después, convocó a elecciones anticipadas, lo que produjo una abrumadora mayoría a favor del referéndum [en] en Barcelona.

De la noche a la mañana, la política catalana cambió. Los independentistas tenían ahora el control. Los unionistas suavizaron su retórica. Cerca de doscientos pueblos en la campiña catalana declararon preventivamente su independencia [ca]. El Parlamento aprobó una declaración de soberanía.

En lugar de tomar este clamor en serio y de involucrar al público catalán, la mayoría en el gobierno español, incluido el presidente de Gobierno de España, Mariano Rajoy, se colocó firmemente como antagonistas. Insistieron en que el referéndum era ilegal, pusieron [ca] a los nacionalistas catalanes como enemigos de la democracia y, en algunos casos extremos, compararon el movimiento de soberanía con el nazismo.

También han tratado de promover la idea de las ambiciones nacionalistas catalanas como provinciales e irrelevantes. Luego de una reunión con líderes empresariales catalanes en Barcelona este mes, el viceprimer ministro de España sostuvo que no ha notado fuertes marcadores de identidad regional. En una reciente entrevista en inglés [en] con The Wall Street Journal, el presidente Rajoy describió la hipotética llegada de la independencia catalana como contraria a la “evolución natural” del mundo. Al dirigirse al público español [ca] en la Asamblea General de las Naciones Unidas, aseguró a quienes estaban en la cámara que ninguno de los líderes mundiales le preguntaron acerca de Cataluña.

Sin embargo, tras bambalinas parece que los funcionarios españoles están más preocupados de lo que su conducta desdeñosa implica: recientemente, la delegación de España en las Naciones Unidas preparó un informe sobre cómo responder mejor si los líderes catalanes llevan su caso a la comunidad internacional luego de un exitoso referéndum sobre la independencia. Afirmó que Madrid podría destacar aliados del Consejo de Seguridad para bloquear la condición plena de estado de Cataluña, pero quedaría relativamente incapaz de detener el ingreso de la región como observador de la Asamblea General.

“Cataluña: el siguiente estado parcialmente reconocido” podría no ser un elegante giro de frases como las acuñadas por los activistas, pero ciertamente acosa a los políticos en Madrid.

Más que dinero

Desde las protestas de 2012, los medios internacionales ha tomando un agudo interés en Cataluña tras décadas de descuido. Al Jazeera, The Guardian, The New York Times, CNN y hasta Buzzfeed [en; todos] han publicado artículos acerca del reciente surgimiento separatista, pero pocos han tomado en serio o siquiera reconocido la soberanía de las raíces culturales del movimiento, que se extienden dentro del suelo de la historia del Mediterráneo (Buzzfeed es la excepción en esto).

En cambio, los medios de comunicación convencionales han enmarcado el creciente llamado a la independencia como una respuesta visceral a la recesión que sigue siendo una pesada carga para la economía de España. El argumento [en] de Raphael Minder en el New York Times de que las referencias a la identidad nacional son “ideales nobles” que suavizan un debate que se trata principalmente de la distribución del presupuesto nacional de España es un excelente ejemplo de su trato reduccionista del movimiento de soberanía de Cataluña. Es ciertamente un error restar importancia a las nociones competidoras de nacionalidad como la causa de fricción entre Barcelona y Madrid.

Sin embargo, el centro de esa fricción no se deriva del desacuerdo entre el valor de la propia condición de nación —autoidentificados españoles y catalanes por igual experimentan esto de manera visceral— sino de una batalla sobre nociones que compiten por la relación ideal entre nación y estado en España.

En 2012, el presidente Mas escribió que Cataluña es una nación que solamente necesita la herramienta de la condición de estado. Su argumento, que dependía de la suposición de que las naciones son fenómenos únicos y que, por tanto, no necesitan soberanía para ser legítimas, es en realidad un parámetro de la política catalana— de los 129 presidentes que han encabezado el parlamento de la región desde 1359, solamente dos antes de Mas buscaron la independencia total: Pau Claris en 1641 y Lluís Companys en 1934. Cada revolución ocurrió luego de que funcionarios muy entusiastas en Madrid traspasaron demasiado las libertades regionales, como resultado del aumento del nacionalismo español como fuerza homogenizadora.

Es importante recordar, en medio de esta sorprendente tensión, que afortundamente la era del centralismo absoluto de España es cosa del pasado. Como concluyó un reciente análisis de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, España está entre los países políticamente más descentralizados de Europa. No obstante, se lucha una batalla por el espíritu del país, ¿es multinacional o una sociedad singular, cohesiva?

La preocupación en Cataluña es que el sistema político en Madrid siga insistiendo en lo último, personificado en una reciente declaración [ca] del Ministro de Educación de España de que el interés del gobierno está en “hispanizar” a los niños catalanes, un argumento indicativo de una mentalidad colonial generalizada. La fuerte tendencia hacia este tipo de retórica sugiere que una mayoría de políticos (y tal vez también una gran parte del público) rechaza una definición pluralista de la condición de estado español, y considera su país como fue definido por decreto real en 1707: unido según la cultura y tradiciones de Castilla.

Si es así como se identifica la mayoría de España, entonces es así, y es razonable. Sin embargo, no es razonable forzar a esas comunidades marginadas por esta definición nacional a aceptar su marginacón. Si España debe continuar siendo una nación-estado unitaria, el pueblo catalán tiene todo el derecho de establecer la suya propia, dado que una significativa mayoría lo quiere así, y un referéndum sobre la independencia es la única manera de determinarlo.

Los que deben insistir en la unicidad de la nación española deberían también estar cómodos con la idea de decir adéu a siete millones de españoles.

Daniel Bogre Udell es coeditor de la edición en catalán de Global Voices Online y es fundador de Wikitongues, proyecto dedicado a sensibilizar sobre la diversidad lingüística global. Actualmente escribe una tesis de maestría sobre la historia de la identidad nacional en Cataluña.

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