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Sobre Alaa, aprendizaje y lucha

Categorías: Egipto, Activismo digital, Derechos humanos, Medios ciudadanos, Voces Amenazadas
Alaa and Manal. Photo by Lilian Wagdy via Wikimedia Commons (CC BY 2.0) [1]

Alaa y Manal. Foto de Lilian Wagdy vía Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

El activista egipcio, bloguero y amigo de GV Advox Alaa Abd El Fattah se encuentra actualmente en la cárcel [2] por su trabajo como activista. Este artículo apareció originalmente en el blog personal [3] [en] de Jillian C. York.

Realmente no recuerdo conocer a Alaa. Sólo recuerdo, desde el primer momento que lo vi, lo obvia que era su presencia. Estábamos sentados en una sala en Budapest hablando con un grupo de académicos sobre esto o aquello, algo sobre el activismo y todo lo que decían estaba equivocado, en opinión de Alaa. Alzó la voz hacia el otro lado de la mesa y me impresionó por su atrevimiento.

En algún momento, un par de años más tarde, en 2010, nos convertimos en amigos. Lo sé por la abundancia de registros de chat cifrados guardados en mi correo electrónico, cuando empezamos a hablar una o dos veces a la semana. Esto era antes de la revolución, cuando Manal y él vivían en Sudáfrica. A partir de los fragmentos que puedo reconstruir desde la memoria y los raros registros no cifrados, recuerdo que me regañaba por no hacer lo suficiente por X, me reprendía ligeramente por no hablar sobre Y. Uno de esos espacios en blanco era el cifrado mismo. Después de uno de esos pequeños pero típicos enfados que conlleva usar OTR, dijo “OTR es un poco difícil, pero las herramientas de cifrado generalmente lo son”. Le respondí: “Tengo que empezar a mejorar en su uso”. “Sí”, fue su respuesta y tenía razón. Él lo demostraría.

Jillian booking a plane ticket for Alaa and looking exasperated because he didn’t know his passport number. Photo courtesy of Jillian York.

Jillian reservando un billete de avión para Alaa y mirando exasperada porque él no sabía su número de pasaporte. Foto cortesía de Jillian York.

Cuando la revolución comenzó, todavía estaba en Sudáfrica y todavía podía contactar con su familia en El Cairo, a pesar del apagón de Internet. Yo estaba en el helado Boston y en virtud de mi trabajo en el Centro Berkman para Internet y la Sociedad, comencé a recibir llamadas de la prensa –el New York Times, NPR, Al Jazeera. Sabía cómo los egipcios habían utilizado Facebook y Twitter para organizarse antes, pero no podía contactar con nadie en el sitio. Alaa me dio nombres, entre ellos el de su hermana Mona, que a su vez yo di a la prensa, conectándolos con una de las pocas personas que todavía tenía un medio para conectarse con el exterior. Él me puso al corriente, repetí su análisis a la prensa. No quería ser el centro de atención entonces. Él no estaba allí.

Y entonces regresaron a El Cairo, Manal y él. Y comenzaron a llegar peticiones durante un año: para hablar, para comentar esto o aquello. “Voy al Imperio”, recuerdo que me dijo sobre su primera visita a Nueva York. Y luego, poco después, su segundo viaje, donde nos encontramos entre amigos en el Foro para la Democracia Personal y bebimos demasiado y conspiramos. Más tarde ese mismo año nos vimos de nuevo en Túnez para la segunda reunión de Arabloggers; Manal lucía su avanzado embarazo y estaba hermosa y en un determinado momento estoy casi segura que ambos hicieron una sesión sin quitarse sus trajes de baño. Eran tiempos felices y optimistas. Y en algún momento, sentados en un sofá en el vestíbulo, convencí a Alaa para venir a San Francisco para el RightsCon. Se quedaría en mi sofá y podrían enviar todo lo que quisieran a mi casa.

Durante casi una semana antes de su llegada, yo llegaba a casa todos los días para encontrarme otro enorme paquete de Amazon. Había una silla de paseo (“Todo terreno 4×4″, como más tarde bromeamos), un sinnúmero de libros y algunos juguetes muy interesantes con los que sin duda hemos jugado antes que Khaled. La historia de lo que sucede a continuación es conocida: cuando Alaa llegó, ya sabía lo que pasaría cuando volviese a casa. Dio una charla increíble [4] [en], acudió a las protestas de Occupy en Oakland y pasamos el rato con mis amigos. Luego se subió a un avión y fue directamente a la cárcel. Sin cobrar, sin pasar por la casilla de salida.

Alaa with Khaled. Photo by Rasha Abdulla, used with permission.

Alaa con Khaled. Foto de Rasha Abdulla, utilizada con permiso.

Visité El Cairo por primera vez poco después del nacimiento de Khaled. Era diminuto, frágil y yo me sentía inútil mientras Manal lo bañaba, ya claramente convertida en madre. El autotune estaba en su apogeo en El Cairo y en algún momento después de la medianoche, los padres delirantes por la preciosa falta de sueño que conlleva tener un recién nacido, grabamos el llanto de Khaled y lo pasamos por autotune, reprimiendo nuestras risas histéricas, para no despertar al bebé.

La última vez que vi a Alaa fue en El Cairo. Me recogió de mi hotel al otro lado de la ciudad y estuvimos atrapados en el caótico tráfico cairota durante tres horas, la primera vez que le ví conducir. Yo había traído un triciclo para Khaled y una nueva camiseta de EFF para Alaa, a petición suya y cuando llegamos Manal y yo nos pusimos al día, mientras Alaa lo montaba, rebuscando entre las piezas de plástico. Más tarde, los tres salimos con algunos de sus amigos. Yo escuchaba en silencio mientras hablaban de política y revolución. Manal les regañaba para que hablaran en inglés, Alaa comentó que yo ya debería ser capaz de entender. Entendía, sólo unas pocas palabras perdidas aquí y allá. Bebimos té hasta que empezó a hacer frío y me llevaron de vuelta a Heliópolis.

Estas amistades llegan en fragmentos, pero a veces son lo mejor que tenemos. Y en este caso, a pesar de que él es sólo (y exactamente) seis meses mayor que yo, el amigo también ha sido uno de mis más importantes maestros, recordándome que asuma riesgos y sin miedo de decirme cuando no voy lo suficientemente lejos, cuando no hago lo suficiente. Hablando recientemente con otro amigo, quien sugirió que tal vez rodearme de perfeccionistas y radicales ha dañado un poco mis propios procesos de pensamiento, cedí, pero cuando pienso en todo lo que he aprendido y todo lo que me han enseñado, no me arrepiento.

Ya lo he dicho a los periodistas tantas veces que casi pierde su significado, pero lo diré de nuevo: Alaa está en la cárcel, no porque cometió un crimen, no porque habló demasiado, sino porque su misma existencia representa una amenaza para el Estado. Los que son valientes, los que no ceden, siempre serán una amenaza para el aterrorizado y, en última instancia, débil Estado que debe, para sobrevivir, aplastar a sus opositores como moscas. Pero Alaa no se dejará aplastar así, lo sé.

Poco más puedo decir que no ha sido o no sería mejor dicho por los egipcios, aquellos que lucharon estas batallas en la calle mientras yo simplemente observaba, una observadora con unos cuantos buenos amigos en el sitio. Pero lo único que sé es que no hay que darse por vencido. Alaa no lo ha hecho y nosotros no podemos.

Inspirado por Omar Robert Hamilton [5]Alia Mossallam [6]Belal Fadl [7]Lina Attalah [8] [en], que han escrito sus propios bellos artículos sobre nuestro amigo común.