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Siria: Mi madre, viva

Esta publicación es parte de la serie de artículos especiales de la bloguera y activista Marcell Shehwaro, que describen la realidad de la vida en Siria durante el conflicto armado en curso entre las fuerzas leales al régimen actual y los que buscan deponerlo. 

Marcell Shehwaro

Marcell Shehwaro y su madre en una pancarta hecha y compartida por el bloguero jordano Mohammed Al Qaq en Facebook.

Una y otra vez, sigo postergando el momento de escribir esta publicación. Para alguien cuya madre se ha muerto alcanzada por un disparo mortal, escribir sobre las madres y sobre el día de la madre, no resulta muy terapéutico. Aunque concordemos que escribir tenga poderes mágicos, hay dolores que son demasiado grandes. Desgastan el cuerpo, el alma y son inmunes a los medicamentos. 

Me digo a mi misma que escribiré sobre mi madre antes del Día de la Madre (celebrado este año en Siria el 21 de marzo) pues sería entonces más objetiva y neutral. No me acuerdo exactamente quien me dijo que debo transmitirles la candente realidad siria con frialdad profesional. Por supuesto, no soy neutral en mis posturas. Soy hija de esta tierra, mi madre ha sido sepultada en ella, además tengo recuerdos. Tengo amigos en la cárcel cuyos sueños fueron destrozados por un tirano. Las astillas de estos sueños también me traspasaron. 

Postergo escribir sobre el Día de la Madre para sacar provecho de las emociones que me consumen este día, lo que me permite describir mi dolor. Quizás, en este nuevo y violento estado de sadismo, podría sentir alguna alegría, si uno de ustedes me dijera que mi artículo ha hecho saltar las lágrimas a sus ojos. 

Fracaso de manera rotunda. Al final, me digo a mi misma- para eludir escribir esta publicación- que esta celebración es inventada. Hafez al-Asad remplazó el Día Internacional de las Madres por este día para acabar con las celebraciones de Norooz, que marcan el inicio de la primavera, para los oprimidos Kurdos de mi país. Y después nos acusan de estar obsesionados con la política. ¿Cómo evitarlo cuándo hasta nuestras celebraciones familiares son impuestas por un dictador?

Mi amiga Amira [en] me preguntó por el tema de mi próxima publicación. Sin siquiera pensarlo, contesté: Mi madre. Y me obligo a escribir. 

Tiene todo el derecho a aborrecer lo que estoy a punto de relatar, pues lo escribí como un intento de aplacar mi tristeza. Me acerqué a la tarea planeando doblegarla, pero ella pudo conmigo y dejó un vestigio de tristeza en mi texto que si les puede transmitir. 

Mi madre, Marina, era una ama de casa que por varias veces intentó transformarnos, a mi hermana y a mí en señoras de sociedad. Con mi hermana ha tenido éxito. 

Mi madre se casó con mi padre después de un entrañable noviazgo en qué intercambiaron cartas que todavía se encuentran en un rincón de nuestra casa en la parte ocupada de Alepo, parte esta de la ciudad que como bien saben, se me encuentra inaccesible. 

Mi madre era hija única, de padres que contrajeron matrimonio a una edad avanzada y solía bromear con ella diciéndole que las hijas únicas son malcriadas por sus padres. Esto está lejos de la verdad. Sus padres murieron temprano, dejándola completamente sola, sin hermanos o familiares. Esto ha hecho que mi padre, mi hermana y yo fuéramos la única familia que jamás tuviera. 

Mi madre, que se acostumbró a la vida de mujer de un sacerdote ortodoxo que siempre resaltaba los valores, las buenas maneras y las relaciones afectivas, cuidó con mucho cariño de los detalles que a él le importaban. También se ocupaba de nosotras con mucho cariño, a través de las discusiones que tenía conmigo y de la ayuda que prestaba a mi hermana a tomar sus pequeñas decisiones.

Mi padre murió todavía joven, después de sufrir un ataque cardíaco que no le dio una segunda chance. En un abrir y cerrar de ojos dejó a mi madre sola, con dos niñas que cuidar. Mi hermana Leila estaba a punto de casarse y formar una familia, mientras yo era más conflictiva, siempre independiente y polemizando sobre todo. Fui expulsada de la escuela por no concordar con las solicitudes de los maestros o por escribir una redacción sobre qué violenta era nuestra escuela. 

Después que mi hermana se casó y salió de casa, vivimos las dos solas, mi madre y yo, por nueve años. Nuestra relación floreció durante este periodo, hasta que empezó la revolución siria, cuándo leyó una entrada de blog que había escrito titulada “Nuestra gente merece la libertad”. En este momento, empezó a ejercer su papel como madre, aconsejándome y regañándome. Yo a mi vez, empecé a reforzar mi papel de rebelde rehusando a ceder a las presiones familiares. 

Mis amigos activistas y yo, empezamos a sacar fotos de espaldas a la cámara durante las protestas, pero mi madre siempre me podía ubicar en medio a tantas espaldas, hasta en fotografías borrosas sacadas con el móvil. ¿”Marcell, eres tú en las protestas de Salahuddin?” preguntaba. Mentía, decía que no y ella fingía creerme.  

Mi madre lloraba cada vez que escuchaba la canción revolucionaria que decía: “Voy a las manifestaciones de protesta con mi sangre en las manos/ Volveré como mártir, madre/ No me llores”.

Sin embargo, ella vivió conmigo la revolución. Se acordaba de los nombres de los amigos detenidos y rezaba por ellos. Me ayudó a arreglar los pespuntes mal hechos de las nuevas banderas revolucionarias, que distribuíamos clandestinamente, además me defendía en los círculos sociales y familiares, asumiendo la culpa y los golpes en mi nombre.  

Cada vez que la inestable condición de seguridad me obligaba a viajar al extranjero, mi madre me hacía las maletas. Y ponía una instantánea mía en la esquina de la pantalla de su ordenador. Una semana antes de su muerte, me dijo:”Tú y tu hermana son lo único que me queda en el mundo. Si partes, la mitad de mi mundo se acaba. ¿Te das cuenta?” Aunque comprendiera muy bien por qué tenía tanto miedo, me enfadaba. Una vez le contesté de forma egoísta y todavía me arrepiento: “No soy más querida que los hijos de los otros y no eres distinta de las otras madres. ¿Si estuviera en la cárcel, no te gustaría que mis amigos protestaran para que fuera puesta en libertad? ¿No es para eso que estamos aquí? Cerró los ojos y lloró. Después dijo: “Memo, ¿sabes cuanto me enorgullezco de ti?” Sonreí. Creo que estas palabras me hicieron ser la persona fuerte que soy.  

Una semana después, los agentes en un puesto de control militar deciden que el coche en que viajaba mi madre, volviendo de la boda de una amiga, parecía sospechoso. Dispararon contra el coche y una bala alcanzó directamente a mi madre, y la mató. Mató a mi madre. Mi madre- la mujer que creía en el amor, la belleza, la familia y en el derecho de las madres sirias de vivir una vida sin miedo y ansiedad.

Una bala acabó con todo. Traspasó su cuerpo, matando también parte de mí y de mi alma. Un agente de policía me dijo, reflejando la insensibilidad del régimen cuando se trata de nuestras almas: “Fue el error de una persona. No te lo tomes de forma personal”.

Un día les escribiré sobre su muerte, su funeral y mi perdida; pero hoy os querría presentar a mi madre con vida.

Para ti madre, seguirás siempre viva en mi memoria. Espero que sigas tan orgullosa de mí, como en aquel entonces. 

Marcell Shehwaro bloguea en marcellita.com y tuitea en @Marcellita, ambos fundamentalmente en árabe. Puedes leer las primeras tres publicaciones de esta serie aquí y aquí y aquí

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