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La letra con sangre entra ya fue: 10 consejos de una madre pacífica

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Paseo por Puerto España, Trinidad y Tobago. Fotografía provista por el autor.

Nunca le pegué a mi hijo. No uso amenazas o humillaciones como armas para controlarlo. Ambos somos parte del mismo equipo.

Mi enfoque para ejercer la maternidad sigue el camino de la paz.

La paz es un concepto popular. También es elusivo. Es un término de moda en los concursos de belleza, las Naciones Unidas tiene un departamento entero dedicado a ese concepto, y 126 destinatarios muy diversos han recibido el Premio Nobel de la Paz [en], pero una nueva mirada a las noticias sugiere que vivimos en un mundo decididamente no-pacífico.

Siempre he tratado de abrazar el concepto de paz comenzando conmigo misma. Por eso cuando edité la historia sobre un video de una madre golpeando a su propia hija que se volvió viral la semana pasada, me entristecí. La historia fue la más popular entre los posteos del mes de abril.

También estaba sorprendida – no porque sucedió en mi país, Trinidad y Tobago, que como muchas otras [en] sociedades no es exactamente amigable con los niños [en] – sino por la cantidad de gente que ni pestañearon ante el enfoque que muestra la madre. Algunos ni siquiera se dieron cuenta que estaban participando del abuso al compartir el video.

La controversia podría haber servido como el puntapié inicial de un debate nacional sobre un tema sensible como nuestra historia colectiva [en] y el ciclo de violencia social. En lugar de eso, se ha degenerado [en] en una suerte de circo. 

La moderna investigación científica [en] muestra una correlación directa [en] entre la violencia hacia los niños y cómo sus cerebros, fisiología y comportamiento se ven afectados. Pero, en mi opinión, seguimos racionalizando el castigo físico con términos seudosicológicos anticuados e irrelevantes.

Por eso aquí va mi intento de alterar ese discurso con diez razones por las que trato de ser una madre pacífica:

1. Amo a mi hijo. El amor real no lastima. En lugar de eso, te eleva porque te brinda bases; te libera al darte un lugar llamado hogar al que volver. A veces el amor significa tener que ser firme, pero se puede serlo de manera amorosa. Yo soy una aliada [en] de mi hijo y también lo son otros adultos clave en su vida.

2. Las acciones valen más que las palabras. ¿Qué aprende mi hijo si le digo gritando que se calme? A no calmarse. ¿Qué aprende si lo golpeo para evitar que haga algo? Que la violencia puede ser usada para solucionar problemas. No le puedo enseñar a mi hijo autocontrol si yo misma no logro dominarme.

3. Mi hijo no es mío. Bueno, lo es – Tengo un certificado de nacimiento que lo prueba – pero también es una persona independiente [en]. La adultez no le da a la “gente grande” el derecho de menospreciar a la niñez. Los niños no están esperando que la vida comience una vez que se conviertan en autosuficientes; el hecho de que sean pequeños no les niega el ser personas- y como tales merecen respeto.

4. El castigo no es disciplina. No tiene mérito decirle a mi hijo, “Haz esto o aquello.” Prefiero comunicarme con él; descubrir los motivos de su comportamiento. La disciplina es una oportunidad para enseñar.

5. Me niego a ser parte del problema. Existen excepciones, pero tendemos a ser una nación de matones. Las voces más altas son generalmente las que reciben atención. La periodista Sunity Maharaj lo dijo [en] extraordinariamente bien: “En nuestra impotencia, recurrimos a las armas estándar de los que carecen de poder: desprestigio y humillación. Abucheamos, difamamos, incapaces de acceder a las herramientas institucionales para iniciar cambios.” Estaba hablando de política, pero puede aplicarse fácilmente a la crianza de los hijos. 

6. El miedo es contraproducente. Cuando los niños están asustados, se cierran. Cuando se usa el miedo para intimidar a los niños, todo lo que escuchan es el enojo, no aquello que puedas estar tratando de decir. Prefiero elegir el amor y no el miedo.

7. No voy a poner en peligro nuestro vínculo. No voy a confundir a mi hijo hiriéndolo y pretendiendo obtener respeto a cambio. Debo ganarme su respeto. Hablando de los temas, lidiando con emociones poderosas, usando la lógica y la razón para resolver problemas, todo esto requiere un mayor esfuerzo e invertir más tiempo que el tradicional enfoque “porque yo lo digo”, pero los resultados son perdurables.

8. Creo en el poder de los ¿”por qué”? Las preguntas son más importantes que las respuestas, porque pueden llevar al descubrimiento y al entendimiento. Hacer las cosas como siempre se han hecho no tiene mayor interés para mí. Hemos tenido acceso a investigaciones [en] que demuestran cuán traumática puede ser la violencia para los niños; aceptar la ideología del dicho “la letra con sangre entra” tiene tanto sentido para mí como comprar un paquete de cigarrillos y esperar no enfermarse de cáncer.

9. No creo en estar equivocado y mantenerse fuerte. Cuando cometo un error, pido disculpas, Sí, le pido disculpas a mi hijo. Equivocarse no tiene nada de malo. Lo que está mal es estar equivocado y no admitirlo o peor aún, negarse a reparar los errores. No voy a jugar la carta del poder sólo porque soy la madre y puedo hacerlo.

10. No tengo todo calculado. Soy humana. En lugar de convencerme a mí misma de que tengo todas las respuestas, salgo a buscarlas. Entiendo que no todos pueden tener acceso a la misma cantidad de recursos pero si uno busca apoyo generalmente lo encuentra.

A veces, sin embargo, mis conexiones no son de largo alcance. Simplemente escucho a mi hijo, me doy cuenta de cuánto me está enseñando, y sigo creciendo para convertirme en la madre que se merece. Y eso me brinda una tremenda sensación de paz.

Janine Mendes-Franco es consultora en comunicaciones, productora de medios y escritora. Cuando no está blogueando sobre el Caribe para Global Voices, [en] puede encontrar sus blogs aquí [en] y sus tuits aquí [en].

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