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Para las estrellas literarias, en Jamaica la vida es una fiesta en la playa

calabash lit fest

Momentos del Festival de Calabash (de izquierda a derecha) Salman Rushdie leyendo; hablando con el público; la música es un elemento imprescindible; el espacio abarrotado. Imágenes de Annie Paul y Georgia Popplewell. Utilizadas con permiso.

En los próximos años, es muy probable que superar la programación estelar de este año sea el principal problema del director artístico del Festival Literario Calabash, cuya edición del 2014 terminó el 1 de junio. 

El festival literario internacional de Jamaica ha atraído importantes nombres desde 2001, cuando hizo su debut en Treasure Beach (La playa del tesoro) en la costa sur de la isla, que no es turística; pero este año el evento estuvo especialmente repleto de estrellas. Figuras como  Salman RushdieJamaica KincaidNgugi wa Thiong’oColum McCann [en], Zadie SmithAdam Mansbach [en], autor de Duérmete ya, ¡joder! —ahora disponible en patois jamaicano con el título  Go the Raas to Sleep [en] —  y Paul Holdengräber, famoso gracias a los programas públicos de la Biblioteca Pública de Nueva York [en], formaban parte del elenco de celebridades.

Holdengräber estaba allí para entrevistar al primer invitado del festival, Rushdie, aunque los pantalones y la camisa a flores del director americano pueden haber resultado demasiado informales para una audiencia jamaicana cansada de que los extranjeros se comporten como si el país fuera una gran playa, incluso en el contexto de la atmósfera relajada de Calabash (el escenario principal de Calabash era un templete rústico que daba a la playa). Holdengräber se distanció más de la audiencia al hacer preguntas para su propio lucimiento personal, que Rushdie apenas tenía la oportunidad de contestar antes de verse acosado con la siguiente cuestión, pero el famoso entrevistador  recuperó pronto la aprobación del público al sonsacar a Rushdie información sobre la música en sus libros: las canciones de Elvis Presley, U2 y “Pale Blue Eyes” (“Ojos azul claro”) de Velvet Underground, cuidadosamente seleccionadas,  que esperaban escuchar:

Lou Reed was a friend of yours, wasn’t he?” Holdengraber asked. Rushdie replied: “In a way it seems ludicrous to say Lou Reed was my friend; it’s like saying I had God’s email address.”

Lou Reed era un amigo suyo, ¿verdad?” preguntó Holdengraber. Rushdie respondió: “En cierto modo parece absurdo decir que Lou Reed era mi amigo; es como decir que yo tenía la dirección de correo electrónico de Dios.”

Rushdie, que en su momento fue esquivo y paso muchos años escondido para escapar de la ira de los musulmanes extremistas ofendidos por su novela Los versos satánicos, habló de varios temas: la ficcionalidad de la ficción (“en cuanto te dan ese don —de la ficcionalidad de la ficción— te libera”); ocupar el universo de Kafka; su envidia de los escritores profundamente arraigados en un lugar (por ejemplo, William Faulkner y Eudora Welty); sus influencias, que incluyen Dubliners y Ulysses de James Joyce, e infinidad de historias indias, como el Panchatantra y el Mahabharata, que para Rushdie son “cuentos maravillosos de Oriente”.

El escritor habló a un público embelesado sobre los problemas de ser etiquetado realista mágico  —enfatizando la parte “mágica”—, cuando para él, el arte trata de decir la verdad. Consiguió tener una buena relación con su audiencia, que a menudo miraba alrededor para comprobar las reacciones. El público pudo conocer a un Salman Rushdie simpático y relajado, sin ninguna clase de ceremonias, que aceptaba con amabilidad que le sacaran una foto con cualquiera que se le acercara. 

La formidable Jamaica Kincaid, de la que se podía haber esperado que fuera bastante radical, dado el tono intransigente de su trabajo, fue encantadoramente refinada y elegante. De vez en cuando sus palabras eran como un ramalazo endiablado, sólo para recordar por qué es considerada la “chica mala” de las letras caribeñas, pero en general fue cordial y comunicativa. El director artístico de Calabash, Kwame Dawes, en su papel de entrevistador, no cometió el error de intentar competir con Kincaid, sino que le cedió el primer plano mientras hábilmente dirigía a la escritora hacía caminos provechosos.

Entre otras cosas, Kincaid le contó a un público fascinado cuánto le gustaba el dinero, la jardinería y la práctica de la escritura. Alguna vez podía olvidarse de los niños en el colegio mientras se centraba en encontrar las palabras adecuadas. Al responder a una pregunta relacionada con el título de su última novela, See Now Then, Kincaid describió su escritura como un malabarismo delicado:

“I came to understand that the “now” had to be the weight, the balancing weight in the story. I tend to write that way. I tend to weigh how—it takes me a long time to complete a sentence because I have to see how the words. . . balance the sentence.”

“Llegué a comprender que el “ahora” tenía que ser la pesa, la pesa que equilibre la balanza en la historia. Tiendo a escribir de ese modo, tiendo a sopesar cómo…  —me cuesta mucho tiempo completar una frase porque tengo que ver cómo las palabras…nivelan la frase”.

Los célebres Rushdie y Kincaid destacaron en esta edición de Calabash, pero para el escritor indio Rahul Bhattacharya [en], autor de The Sly Company of People Who Care (La taimada compañía de la gente que se preocupa), la música, que es esencial en este festival poco convencional de la costa sur de Jamaica, es una parte importante de su encanto. Las noches de Calabash culminan con conciertos junto a la playa y sesiones de improvisación de algunos de los mejores músicos de Jamaica. 

 “I don’t think any other festival I’ve been to has this kind of morning-to-night programming or this kind of venue right by the sea,” said Bhattacharya. “Calabash is more like a concert than a literary festival, which is also slightly intimidating for an author. There’s a tent, there’s a podium, there’s this pretty big sea of people. And at night—which is when I went on—the lights were shining in my eyes, and I felt like a performer—a little anxiety-making. So it has that concert feel and the way that people respond is as if at a concert or rally. They’re very responsive, they’re there from morning till night. It’s a pretty full tent and it’s probably the most vocally supportive audience I’ve ever seen.”

“Creo que ningún otro festival en el que he estado tiene esta clase de programación desde la mañana hasta la noche, ni este tipo de escenario justo al lado del mar”, dijo Bhattacharya. “Calabash parece más un concierto que un festival literario, lo que también intimida un poco a un autor. Hay una carpa, una tarima, esta gran marea humana. Por la noche, que es cuando yo fui, las luces brillaban en mis ojos y me sentí como un artista, escalofriante.  Así pues, tiene ese ambiente de concierto y la gente responde como si estuviera en un concierto o en un mitin, es muy receptiva y está allí desde la mañana hasta la noche. Es una carpa bastante llena y el público es probablemente el más entregado que yo he visto”. 

También para Jamaica Kincaid el numeroso público entusiasta y principalmente local fue una sorpresa. “Nunca he visto tantos rostros negros en un festival literario”, exclamó.  

Un rasgo muy evidente del público era la edad y el género —predominaban las mujeres de unos 50, 60 y 70 años. Las estadísticas demográficas del público de Calabash son un indicio de futuros problemas: con una población decreciente de lectores de libros que envejece con rapidez y el declive del libro en papel, ¿los festivales literarios son ahora especies en peligro de extinción?  

Annie Paul es escritora y crítica de la Universidad de las Indias Occidentales, Jamaica, que ha sido publicada en numerosos periódicos internacionales y revistas. Tiene un blog en Active Voice [en].

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