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En Siria todos nos hemos convertidos en asesinos

Esta publicación es parte de la serie de artículos especiales de la bloguera y activista Marcell Shehwaro, que describen la realidad de la vida en Siria durante el conflicto armado en curso entre las fuerzas leales al régimen actual y los que buscan deponerlo. 

Aleppo-Syria-Cemetery

El local de un cementerio improvisado en Alepo, Siria. La falta de espacio en los cementerios fuerza a los vecinos de Alepo a enterar los muertos en los parques y en los espacios abiertos por toda la ciudad. Foto de karam almasri, derechos de autor Demotix (27/5/14)

En un día normal, comiendo con un amigo en Turquía, lejos de los bombardeos y de la muerte, y casi sofocada por la culpa de estar fuera de mi ciudad, disfrutando de lujos como la electricidad y los servicios de comunicación mientras Alepo está muriendo- siendo tan adicta como toda la gente a los medios de comunicación social– abrí mi página de Facebook. Encontré un mensaje en mi muro de un amigo con estrechos lazos con los rebeldes, que decía: “Marcell, el puesto de control en Sabaa Bahrat [en] ya no existe. Fue destruido en el bombardeo de hoy. Sé que esto significa mucho para ti. Espero que el edificio de las fuerzas aéreas sea el próximo. Entonces sentiré algo parecido a lo que sientes ahora.”

Este amigo realmente me conoce. Sabe cuánto odio tener mi nombre escrito con la letra  “A” en árabe y lo escribe correctamente. Sabe que este puesto de control, en particular, significa personalmente mucho para mí, y no apenas desde una perspectiva revolucionaria. Estaba presente en el funeral de mi madre, que fue asesinada a sangre fría en este puesto de control por las fuerzas de seguridad. Sabe también que entendería su dolor cuando me informó sobre el tristemente famoso edificio de las fuerzas aéreas, donde los opositores al régimen han sido muertos y torturados. Y sabía porque entendería su deseo que el edificio fuera bombardeado.

Por un momento, las noticias sobre este puesto de control me conmocionaron. Significaba el fin absoluto de aquellos que terminaron con mi vida, y no sabía exactamente lo que sentía en ese momento. Lo que sentía, de hecho, era un infinito entumecimiento.

Permítanme compartir con ustedes algunas de las ideas con las que fui educada en nuestra familia. Como una persona  proveniente de una familia cristiana conservadora, fue criada para creer que el amor por si solo podría borrar el dolor de la humanidad dominada por el odio. Creía que todas las vidas — sin importar a quienes pertenecían– eran absolutamente sagradas. Por eso estuvo en contra del aborto, de la guerra y en contra de la pena de muerte.

Abrumada por mi creencia que perdonar es una forma de poder y que Cristo en quien creo, nos enseñó a perdonar a los que nos hacen daño, la verdadera prueba de mi fe estaba en perdonar a la gente de este puesto de control, mis nuevos enemigos, los que mataron a mi madre. Y fracasé. Pasé por una fase donde me quedé obsesionada con los asesinos de mi madre. ¿Quiénes eran? ¿Qué hacen? ¿De qué familias provienen? ¿A qué secta pertenecen? Pude sobornar a alguien que me pasó la información. Guardé este papel por mucho tiempo, pero después lo destruí cuando adquirí suficiente poder.

Estaba en una posición donde podía dar sus nombres a mis amigos armados del Ejército Libre Sirio, que podrían hacer circular la información y asegurarse que los asesinos serían castigados. Pero lo destruí, pues no podía tomar la decisión de que fueran asesinados, o siquiera participar en una decisión de este tipo. Tener esta clase de poder me asusta. Tener la capacidad de ser a la vez, la víctima y el juez es un privilegio y una maldición, y supera verdaderamente mis habilidades.

Aún así, los buscaba a cada semana. Me quedaba parada y les estudiaba de lejos. Desafortunadamente, son personas como nosotros. Sonríen y se quedan cansadas. Hacen bromas y se enfadan. Trabajan en dos turnos y me imaginaba quién de ellos estaría trabajando en el turno en que mi madre fue asesinada.

Toman el té como a mí me gusta, dulce y suave. Uno de ellos tenía un hijo pequeño que le visitaba llevado por una mujer con velo, cuyos rasgos no podía distinguir.¿Se había enterado su mujer que su marido disparó a mi madre? ¿O para ser más precisa, que la mató? Luego me di cuenta que no podía recordar a mi madre sin que pensara también en sus asesinos. El rostro de los asesinos poco a poco empezó a ocupar el sitio que ocupaba la sonrisa o las mechas del pelo de mi madre. La voz de la venganza era más grande que todo lo que me había enseñado mi madre, era más fuerte que su risa. Ese día tomé la decisión de dejar de pensar en ellos.

Ya no les guardo rencor, pero no puedo perdonarles. Estoy atrapada en un espacio entre el dolor, la venganza y el perdón. No logro –aunque pueda ser verdad– aceptar que también ellos puedan ser víctimas del régimen de Assad, que los ha convertido en asesinos. . Puse una demanda judicial en contra de ellos en las cortes sirias, que pensaba anular después de la caída del régimen de Assad, como una forma de perdón, pues creo que es parte de la solución para lograr la paz en Siria.

Así que las noticias del bombardeo al puesto de control por el Frente Islámico hace unos días fue una bofetada en la cara. ¿Me siento feliz con sus muertes? ¿He cambiado tanto a punto de sentirme feliz por la muerte de otros? ¿He perdido el privilegio de poder algún día perdonarlos? ¿La sacralidad de la vida se ha vuelto menos sagrada para mí? ¿Ha podido la guerra infestar completamente mi mente?

No sé exactamente lo que siento, pero en ese momento comprendo completamente el grito de todas las víctimas que piden venganza. Y entiendo como todo pierde su valor cuando uno trata con la muerte a diario. Entiendo que aprender a adaptarse hace que uno reverencie más la muerte que la vida. En nuestros días, que se tornaron idénticos los unos a los otros, la muerte se ha vuelto la norma y la vida la excepción.

La declaración del Frente Islámico dice según informaciones preliminares, que más de 50 soldados y matones de Al Assad fueron muertos en la operación. Me pregunto si el asesino de mi madre estaría entre esos 50. ¿O serían, los que se han muerto, gente inocente que se encontraba en el sitio equivocado a la hora equivocada? No quiero venganza, pero entre mi tristeza por la gente inocente y por los amigos, no tengo la capacidad de entristecerme por un puesto de control, por las instituciones del Estado o por asesinos. Intento todavía sorprenderme al sentirme triste por la muerte de gente inocente. No logro entristecerme por los asesinos muertos, aunque crea firmemente que la paz es la solución para este mundo.

Este año, para mi cumpleaños, recibí una pistola de un amigo que se preocupaba por mi, vulnerable en un país donde todos actualmente portan armas. ¿Quiénes podrían pensar que un arma pudiera convertirse en un símbolo de amor? Me entristece que me haya convertido dos veces en víctima. La primera cuándo perdí a mi madre; la segunda cuándo perdí mi condición de víctima. El asesino dentro de mí ha crecido y empecé a alegrarme con la muerte ajena.

Mi capacidad de supervivencia depende de la muerte de otros. Esta es la idea con la que trato de vivir y que utilizo como excusa: “Para que superviva, el otro tiene que morir” Y así será como el régimen asesino ganará al final, independiente del cambio político que pueda pasar en Siria. El régimen logró convertirnos a todos en asesinos. Me siento triste por nuestros niños, pues tendrán que vivir con nosotros luego de convertirnos en maquinas de matar o en criaturas capaces de regodearse con la muerte de otros.

Marcell Shehwaro bloguea en marcellita.com y tuitea en @Marcellita, ambos fundamentalmente en árabe. Lea las otras publicaciones de la serie aquí, aquí, aquí, aquí, aquíaquí, aquí y aquí.

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