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Hace un año, Assad atacó Al Ghouta con armas químicas

A Twitter artwork commemorating the chemical attack on Syrians in Al Ghouta last year shared by @KindaHibrawi (Twitter)

Trabajo de arte en Twitter que conmemora el ataque químico contra sirios en Al Ghouta en 2013, compartido por @KindaHibrawi (Twitter)

Hace un año, el 21 de agosto de 2013, cerca de mil civiles murieron por emisión de gases en Siria. En un pequeño pueblo asediado a pocos kilometros de la capital, el régimen de Assad usó el letal gas sarín contra su propia gente, y mató a 429 niños.

Las imágenes difundidas eran muy diferentes a las que por lo general se asocia con el conflicto sirio. No había sangre. Montones y montones de cuerpos inertes —pero nada de sangre. Tal vez el mundo ya se había acostumbrado a las fotografías de sirios hechos pedazos por bombas de barril y explosiones de morteros, llenos de balas y muertos a golpes. Lo único rojo era la “línea roja” declarada por Obama y que Assad había cruzado.

La comunidad internacional estuvo, como siempre, “preocupada”. El Secretario General de las Naciones Unidas estuvo “conmocionado”, aunque no queda claro si fue por el crimen contra la humanidad o por la audacia de Assad de cruzar la línea trazada por una potencia mundial.

Un año ha pasado, y nada ha cambiado —para mejor, es decir. En un clásico ejemplo de impunidad, Assad se ha salido con la suya. Sí, recelosamente entregó sus existencias de armas químicas, tal como lo ordenó la comunidad internacional. Pero ignoró plazos límites, y algunas armas fueron excluidas del acuerdo negociado por Estados Unidos y Rusia. Parece que es aceptable morir por medio de algunas armas químicas —gas de cloro, por ejemplo, que se ha usado reiteradamente contra civiles por todo Siria desde el ataque con gas sarín— pero no a causa de otras.

Los sobrevivientes del ataque con armas químicas visitaron y recorrieron Estados Unidos, hablaron con estudiantes universitarios y miembros de la comunidad. Se sentaron con senadores y congresistas estadounidenses, atestiguaron en audiencias, tuvieron innumerables apariciones en los medios.

Los sirios siguen muriendo a diario. Un promedio de 85 al día, creo, fue el último estimado. Hay muchísimas maneras de morir, por supuesto: armas químicas, bombas de barril, explosiones de morteros, balas de francotiradores, hambre, falta de atención médica, asedio, tortura y, por supuesto, cada vez más, a manos de ISIS. Comprensiblemente, los medios eligen cubrir asuntos menos tediosos.

Aprendí una nueva expresión hace pocos días: cámara de eco. Este ensayo, y otros artículos similares publicados el 21 de este mes, y la poca cobertura de los medios de cualquier conmemoración llevada a cabo en memoria de las víctimas del ataque químico circulará entre nuestros limitados círculos habituales, que me gusta llamar “gente a la que le importa”. Y luego nuestras voces se desvanecerán. Presumiblemente, nuestras voces no se desvanecerán jamás, pero es difícil no reconocer el desaliento de la “gente a la que le importa”.

El 20 de este mes me enteré de la muerte de otro amigo, un vecino, en una prisión del régimen. Era la segunda vez que lo detenían. Era dulce, amable, considerado. Todos lo querían. Tenía pelo largo y una barba de perilla. Lo torturaron hasta que murió.

Tal vez cuando su muerte reciba la condena internacional, algo cambiará. Tal vez cuando los líderes mundiales no necesiten que mil personas mueran en un día para estar “preocupados”, algo va a cambiar. Tal vez cuando los periodistas no tengan que morir decapitados para que se escuchen sus palabras, algo va a cambiar. Tal vez cuando la condena internacional signifique algo más que algunas conferencias de prensa y una palmadita en la mano del dictador, algo va a cambiar, para bien.

Hiba Dlewati es traductora e investigadora y se acaba de graduar de la Universidad de Michigan y su trabajo se ha publicado en Today's Zaman, The Michigan Times, Qua Literary Magazine y United for a Free Syria. Síguela en Twitter en @Hiba_Dlewati

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