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¿A quién perdemos si Internet es censurada y controlada?

Tehran sunset. Photo by Hamed Saber via Flickr (CC BY 2.0)

Atardecer en Teherán. Foto de Hamed Saber vía Flickr (CC BY 2.0)

En 2011 le pedí a un iraní activista por los derechos humanos de Teherán que buscara algunas palabras simples para una prueba de filtrado de contenidos. Ahora no recuerdo bien pero la búsqueda era algo como “fútbol americano”. Y me contestó que estaba asustado y que no podía hacerlo.

¿Pero no tienes curiosidad? le pregunté. No. Ya no. No tengo curiosidad en lo absoluto. No hago preguntas. Ni siquiera pregunto sobre cosas que quiero saber. Ese tiempo quedó en el pasado.

Y se desconectó. Nunca más hablamos.

Comencé a estudiar la censura en internet en 2009. Desde aquella época mucho se ha dicho de los revolucionarios que fueron silenciados a causa de la censura en internet o de las oportunidades de cambio político o social que se pierden cuando Internet es controlada. Esta idea ha sido la base para millones de dólares en financiamiento, documentales, e incontables artículos en los medios globales cada año, todos ellos conciben internet como un vehículo para la libre expresión, una oportunidad para expresarnos y conocer a los demás y al hacerlo generar significativos cambios políticos. Pero las últimas palabras de mi amigo muestran que alguien está ausente en esta historia, y no es el activista político ni el idealista democrático. La persona que falta no tiene absolutamente nada que ver con la política. Sus últimas palabras me obligaron a preguntarme: ¿A quién nos estamos perdiendo con la censura en internet?

En 2006, se produjo la filtración de los historiales de búsqueda de más de 600,000 usuarios de AOL. El historial de búsqueda de uno de estos usuarios, el número 711391, se convirtió en el tema de una fascinante serie de cortos titulada “I love Alaska” (Amo Alaska). Las búsquedas de una mujer casada, religiosa y solitaria del sur de Norteamérica son la narrativa central de estas películas. Ella trata de encontrar su propósito personal, busca desesperadamente intimidad en su matrimonio, se aventura en la infidelidad, con escalas en el remordimiento, la adicción a internet y un anhelo de escapar de su vida y mudarse a Alaska.

Las películas alejan al espectador de la óptica de los “grandes datos”. En cambio, vemos a una persona explorando aspectos de su ser en uno de los pocos ambientes íntimos en el que podemos ser nosotros mismos por completo: internet. Libre de las presiones sociales y del juicio de los demás, la usuaria #711391 revela cómo Internet nos permite sumirnos en un estado de autoexploración y de estudio, una forma de lidiar con los aspectos de nosotros mismos que podemos sentir temor de explorar con otros– partes que nos sentimos más seguros explorando mediante un anónimo motor de búsqueda. La usuaria #711391 no percibía en absoluto que la internet que conocía estaba censurada, monitoreada ni controlada. Ella se sintió capaz de plantear preguntas de naturaleza extremadamente personal en un medio que no la juzgaría. Algunas de sus búsquedas:

2006-05-09 pensé que podía manejar una infidelidad pero no pude
2006-05-09 dios puede curar infidelidades
2006-05-12 me siento tan mal en mi interior por haber sido infiel
2006-05-15 cómo puedes saber si tu esposo puso software espía en tu computadora
2006-05-16 cómo recuperarlo

Pero para mi amigo de Teherán, el control en Internet paralizó todo sentido de autoexploración – él nunca más haría preguntas acerca de nada que pudiera meterlo en problemas. Una parte profunda y desconocida de su ser permanecería oculta. ¿Cuánto de un hombre de 20 años permanece aún sin descubrir y desconocido para él mismo? Aunque ciertamente existen otros medios para alcanzar el autoconocimiento, no todas las preguntas pueden ser exploradas tan abiertamente, especialmente con fuertes tabúes sociales y culturales. Tal vez algunas de estas preguntas le resulten familiares: ¿Soy homosexual? ¿Dios existe? ¿Soy una mala persona? ¿Hay alguien más como yo? ¿Está bien ser yo? ¿Por qué mi pareja me golpea?

Estamos los que nos hacemos estas preguntas a través de internet, usando motores de búsqueda para plantear las mismas preguntas que alguna vez le hicimos a un dios en privado. Pero hacemos estas preguntas sobre nosotros, para buscar una conexión y comprender quiénes somos, y el lugar que ocupamos en la tierra, especialmente cuando tal comprensión está ausente en nuestras vidas cotidianas o en nuestras sociedades. Durante un breve momento, encontrar algunos pequeños elementos de autoaceptación o comprensión en línea puede ser la diferencia entre una vida plena de vitalidad y espíritu y una vida de mera existencia. Y una vida espiritual se nutre de saber constantemente que uno es aceptado y amado precisamente por quién es.

Con la censura y el control sobre internet perdemos la capacidad de ser nuestro propio ser secreto – el que somos cuando estamos solos, en ocasiones tarde en la noche antes de ir a la cama – y el tipo de ser humano que tenemos derecho a ser por el simple hecho de haber nacido. Podemos estar dentro de nuestra existencia y dentro de nuestro mundo de manera más completa cuando somos más nosotros mismos.

En un escenario ideal, esto no debería tener límites. Alguien podría estar interesado en aprender acerca de una religión prohibida pero sus preguntas eternas permanecen sin respuesta a causa del acceso limitado. Tal vez otra persona ve algo metafísico más que político en la democracia, una forma de autoliberación más que de liberación política, pero nunca lo sabrá porque la palabra “democracia” está censurada. Podría suceder que una fotografía “indecente” fuera parte del viaje de alguien hacia la curación de las heridas de la violencia doméstica, o que pudieron investigar acerca del abuso doméstico en primer lugar, pero todos los caminos de autoexploración y para alcanzar la paz en privado están completamente cerrados, controlados y monitoreados.

Más tarde ese mismo año, hablé con una activista refugiada en Ámsterdam. Le mencioné el temor a internet. No necesité decir más, porque me entendió de inmediato. Dijo que yo no podía entenderlo, pero que iba por buen camino. Causaba temor preguntarse y preguntar. No valía la pena. Incluso en Europa ella había bloqueado partes de sí que anhelaban ser conocidas mediante búsquedas en internet: dudas acerca de su sexualidad, su matrimonio siendo muy joven con un hombre que apenas le importaba y el esfuerzo por reconciliar su religión con los defectos humanos.

Pero después de las protestas de 2009 y de las restricciones a internet ella comenzó a temer buscar respuestas – ella sabía que el gobierno estaba monitoreando Internet. Nuestro último café juntos fue conmovedor: ella estaba muy comprometida con la persona que había inventado como medio para sobrevivir al cambio. Ella se había convertido en una persona desconocida a causa de un temor internalizado por la autoexploración.

Para algunos, la censura y el control en internet son una tragedia política, una que representa la opresión del sueño democrático al construir muros en el flujo global de la información. Pero también construye muros en nuestro interior, contra nosotros. Para mí, la censura en internet es una tragedia personal. Es la tragedia de presenciar el fin del tiempo del autodescubrimiento y el comienzo de una era en la que hemos dejado de preguntarnos acerca de nosotros mismos porque el riesgo es demasiado grande. Esta es la gran tragedia de la censura y control en internet: jóvenes de ambos sexos que creen que el tiempo de las preguntas ha pasado. 

El modo en que aprendemos a relacionarnos y a explorar nuestro interior no termina cuando nuestra ubicación geográfica o circunstancias cambian. Hemos aprendido y adoptado lo que nos han inculcado mediante diversos grados de temor y terror, algo que puede llevar una vida enfrentar. 

La última vez que conversamos, la joven refugiada en Ámsterdam me enseñó que esas conductas aprendidas nos siguen dondequiera que vamos. Me miró, hablando con una voz que iba más allá de ella y de su tiempo y dijo: “Quiero salir volando de esta vida. Volar de Ámsterdam, huir de todo. Pero no puedo. Quería aprender esto pero de alguna manera olvidé cómo.”

Este ensayo ganó el primer premio en el concurso de la Cumbre #GV2015, “¿Cómo las políticas de internet afectan su comunidad?” Cameran Ashraf es un activista por los derechos humanos norteamericano de origen iraní y emprendedor social que actualmente está terminando su doctorado en geopolítica de internet en la UCLA.

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