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Irán, más allá de los titulares

Peykan

El icónico Peykan de Irán – “un auto común de fabricación local que no se ha actualizado desde los años 60″. Imagen de Fabien Dany (CC BY-SA 2.5).

Algunos nombres se han cambiado para proteger el anonimato.

El Peugeot nuevo, blanco de tres puertas con interiores de cuero de fabricación francesa en el que estoy, es uno de muchos autos que pasan zumbando a lo largo de Shoonesh de Sari en una noche calurosa y húmeda de abril de 2010.

Sari, a pocas horas al norte de Teherán, capital de Irán, es una pequeña ciudad con una población de 200,000 habitantes. Si eres joven y privilegiado y te aburres en Sari, Shoonesh es el lugar para estar en una noche de viernes. Para correr por las estrechas calles, solamente necesitas una mirada al paso de consentimiento de un conductor cercano para indicar que están listos para un desafío.

A los pocos minutos, un BMW X5 negro se cruza con el Peugeot. Es la compañía perfecta para el grupo con el que estoy esta noche.

“Chicas, creo que es el el indicado. Veamos si mira”, dice Sima, la conductora del Peugeot. Las otras sueltan una risita nerviosa —hay una ola de emoción. ¿El conductor del X5 va a aceptar la carrera? Voltea a la izquierda en la siguiente intersección y nuestras esperanzas se apagan. “Caramba, ¿pero vieron su auto? El doctor Habibi acaba de importar uno como ese de Dubái”.

Un momento después, un Peykan anaranjado —un auto común de fabricación local que no se ha actualizado desde los años 60— nos toca la bocina. “Ah-hh [el equivalente en persa de ehh], acaba de salir del da-hat [ghetto]. Ha pedido prestado el auto de su tío”. Sima bloquea rápidamente al Peykan y lo perdemos de vista.

Sima es estudiante de segundo año de arquitectura en Daneshga-eh Noor, una universidad a una hora al norte de Teherán. Es hija de un compañero de trabajo de mi tío, y la conocí la noche anterior en una fiesta que hizo un amigo de mi tío. “Si hay un enghelab [revolución] mañana, créeme, seríamos la próxima Europa”, me dice Sima, en una conversación no sobre política sino sobre compras. Su vestido Marc Jacobs y sus zapatos de tacón negros Christian Louboutin contribuyen a su argumento.

La siguiente noche que estuvimos en su auto, el pañuelo de cabeza Chanel de Sima cuelga de su cuello en lugar de cubrir su cabello, como lo dicta la política obligatoria de Irán sobre hijab. Cuando le pregunto si está bien que esté manejando por las calles sin su hijab, contesta: “Acabo de hacerme estas mechas en el pelo. No quiero esconderlas”.

Sima tiene una actitud franca y libre hacia la vida que se desvincula de la mayoría de las perspectivas occidentales de Irán, orientadas por los medios. Había una larga lista de problemas desarrollándose en Irán durante esa primavera de 2010: un presidente grosero, un programa nuclear incipiente, violaciones a los derechos humanos, constante descontento luego de elecciones presidenciales corruptas en 2009 y sanciones internacionales en curso. Pero para una chica de 20 años de la clase media alta como Sima, las preocupaciones no incluyen la política: los titulares occidentales no definen a su Irán.

La ciudad de Sari es donde pasé gran parte de mi viaje. Es una pequeña ciudad rural en la provincia norteña iraní de Mazandarán, donde vive la familia de mi madre. Sari es conocida por muchas cosas: espectaculares cadenas de montañas, algunos de los más fértiles shalizars (campos de arroz) de Irán y probablemente el mayor conjunto de hospitales y médicos de todo el país.

Shalizar, or rice fields, in Iran. Image by Juybari (CC BY-SA 3.0).

Campos de arroz (shalizar) en Irán. Imagen de Juybari (CC BY-SA 3.0).

Mi dayee (tío) Farhad es farmacéutico y proveedor médico para Beemarestaneh Shafa [Hospital Shafa], con vínculos de proveedor a los otros diez hospitales ubicados en Sari. Su amplia red de negocios y vínculos sociales trabajaron para mi conveniencia, pues me dieron una invitación a una fiesta a la que solamente irían médicos de Sari. Fue ahí donde conocería a Sima. Casi todos los especialistas y cirujanos que no estaban de guardia en Sari estuvieron esa noche en la fiesta.

Mi impresión inmediata del lujoso departamento de pisos de mármol, donde se llevó a cabo la velada, era una imagen sacada de Las mujeres perfectas. Hombres y mujeres estaban separados. Los hombres se apiñaban alrededor del bar donde el anfitrión instaba a sus invitados a beber. En otra habitación, damas elegantemente acicaladas y serenas estaban socializando sentadas en grandes antigüedades francesas. Me sentí un poco decepcionada cuando el anfitrión me sentó en el cuarto de antigüedades francesas. El rincón con alcohol parecía que llevaría a una noche mucho mejor.

Cuando conocí a Sima, las cosas empezaron a cambiar. Me dio una rápida explicación de quiénes eran todos los invitados. Resultó que la fiesta no era una reunión común y corriente, y las elegantes mujeres eran más que rostros bellamente empolvados. Había una gran variedad de dentistas, doctores de familia y cirujanos plásticos entre las invitadas. Las más impresionante de todas era Sepideh Yazdani, vestida de pies a cabeza de negro, en un estilo típicamente persa.

Con 35 años, Sepideh es jefa del Departamento de Ginecología en el hospital Imam Khomeini, el mayor de Sari y uno de los centros médicos más prestigiosos fuera de Teherán. Parecido al Johns Hopkins, Imam Khomeini es el lugar de capacitación de los mejores estudiantes de medicina del país. Sepideh es la doctora más joven en haber logrado ese puesto. También está felizmente casada y tiene dos hijas pequeñas. Naturalmente, esta mujer que parece tenerlo todo me intriga. nada mal en un país que tiene una ley que le da a la mujer un valor que es exactamente la mitad que el de los hombres.

Según las estrictas políticas de género de Irán, los campos abiertos para las doctoras son bastante limitados. No existe un esfuerzo consciente por parte del régimen iraní de promover doctoras profesionales. Desde la revolución islámica de 1979, una cuota aproximada de solamente un tercio de todos los estudiantes de medicina en la facultades de medicina de Irán se asignan a mujeres.

La fiesta terminó por exceder mis expectativas, sobre todo después de que descubrí que apiñarse alrededor del bar era innecesario —el alcohol se servía a las damas en bandejas de plata. Sin embargo, este era apenas un vistazo de cómo vive un pequeño grupo de iraníes. Los vodkas de arándano que me sirvieron mientras me maravillaba por las exitosas mujeres bellamente acicaladas que me rodeaban fueron solamente una parte de mi proceso de aprendizaje.

Mientras leía y escuchaba música en una mecedora en casa de mis abuelos esa primavera, Olliyah, de 20 años, la encargada de la limpieza que mis abuelos acababan de contratar, a veces se me unía en su tiempo libre. Tener servicio en la casa es usual para la mayoría de iraníes de la clase media de Irán. Huelga decir, el Irán en el que Olliyah vive es un país completamente diferente que el de Sima y el de Sepideh.

Nuestras conversaciones con un tazón de zeyton parvardeh (diminutas aceitunas iraníes) en el pórtico fueron los únicos momentos en que vi a Olliyah sin su pañuelo en la cabeza. Me dice que no es apropiado caminar por el hogar de mis abuelos sin su hijab cuando está presente un hombre con el que no está casada. Sin el pañuelo, apenas la reconocí. Se parecía a Sima y las doctoras en términos de belleza persa, pero el estilo de Olliyah es de una naturaleza diferente. Su uniforme de casa es una larga falda de seda oscura, blusa de algodón de manga larga y una bufanda sintética morada con cuentas negras cosidas alrededor.

Ella misma cosió su falda y compró su bufanda por 1,000 toman (80 centavos de dolar estadounidense). Nuestra primera conversación gira en torno a cómo se siente tener 20 años. Le cuento de la universidad y mis planes para posgrado. Ella me cuenta sobre su esposo y sus planes de inscribir a su hija en la guardería en su deh [aldea], a 40 minutos. No parece que tengamos mucho en común, pero logramos encontrar puntos comunes de discusión sobre ropa y opiniones del presidente Ahmadinejad.

Me confesó que no sabía leer ni escribir. Su hermano de 11 años murió en un choque en la carretera mientras manejaba una moto cuando ella tenía 14, y nunca se recuperó del trauma de haberlo perdido. Dejó el colegio y se quedó en casa para ayudar a su madre en duelo a cuidar a sus hermanos menores. A los 17 se casó con su esposo Shahban, que tenía 27. Por limpiar la casa de mis abuelos, ella y su esposo recibían habitación, alojamiento y comida gratis. Me dijo que estaba ahorrando su dinero para comprarle un vestido nuevo a su hija para la fiesta de su suegra.

Un titular dominante de los periódicos occidentales en esos días era sobre Sakineh Mohammadi Ashtiani, viuda iraní de la provincia de Azerbaiyán, al noroeste del país, que fue sentenciada a morir apedreada por cometer adulterio con el hombre que asesinó a su esposo, después de que el asesino quedara libre. Casos como este exponen las trágicas circunstancias de las mujeres y la justicia en Irán.

Pero para otras como Sima, Sepideh y Olliyah, la vida pasa casi como en el resto del mundo. No había nada abiertamente político en la vida estas mujeres, cuando las conocí en 2010. La perspectiva de nuevas sanciones impuestas a su país no parecía una preocupación cercana.

En 2010, las discusiones acerca de Irán a menudo se centraban en el hecho de que el país tenía una de las sociedades civiles más activas del mundo y se mencionaba mucho el Movimiento Verde que evolucionó en 2009 para protestar por la reelección arreglada del presidente Ahmadinejad. Pasé algunas semanas en Teherán en el verano de 2009, y quedé embelesada por los arrestos, activistas y muñequeras verdes, y el fervor de los resultados del movimiento que me rodeó en la capital. Ninguna de esta tres mujeres que conocí en Sari en el verano de 2010, que me dejaron una impresión tan fuerte, tenía ningún vínculo particular con esas protestas.

Sepideh era doctora en un hospital propiedad del estado —cualquier posición abiertamente política hubiera comprometido su trabajo. Cuando le pregunté a Sima por las protestas, me dijo que fue muy divertido y que ella apoyaba a Mir-Hossein Mousavi, adversario político de Ahmadinejad. Por la manera en que habló de tomar las calles de Sari, parecía que había protestado más como un pasatiempo que como declaración política. No tuvo mucho que decir de las políticas de los candidatos.

Parte de la campaña de Ahmadinejad en 2009 incluyó visitar dehs y dar donaciones en efectivo a los necesitados, en un intercambio tácito de apoyo político. Los padres de Olliyah estuvieron entre esos receptores de regalos de efectivo. En nuestras conversaciones ese verano, Olliyah me dijo que estaba segura de Ahmadinejad era el ganador legítimo de las elecciones, y que las protestas no eran más que una perturbación de la paz. “La gente de nuestra edad está fuera de control. La manera en que se vestían las chicas cuando protestaban, bien podrían haberse olvidado su hijab. El pueblo está molesto porque los metieron a Evin [una prisión en Teherán que alberga a presos políticos], pero prefiero que pasen cosas locas en las cárceles que en las calles”.

La muerte de una manifestante, Neda Agha-Soltan, captada en video y publicada en YouTube, fue una imagen violenta de la represión del estado a las protestas. ¿Cómo no protestar detrás de la causa del Movimiento Verde? A Olliyah no le importaban mucho esas imágenes. No vio las filmaciones de Neda repetidas en CNN ese verano, esos ideales de reforma y derechos por los que los activistas lucharon tenían poco sentido para ella. Proveer las necesidades diarias de su familia era su principal preocupación.

Unas cuantas semanas después de mi viaje, tuve una conversación con mi amigo Shervin en Toronto. Hablábamos sobre las elecciones de 2009, y le dije sobre la posibilidad de que Ahmadinejad hubiera ganado las elecciones de manera justa, y lo relacioné con la experiencia de Olliyah con las donaciones de campaña en los dehs. Inmediatamente saltó hacia mí: “¿qué quieres decir? ¿Estás a favor de Ahmadinejad? ¿Para qué ha servido el Movimiento Verde, entonces?”

Me quedé atónita. ¿De verdad era tan difícil ver la situación desde una perspectiva diferente? Quiero decir, defiendo los derechos humanos, elecciones justas y no tengo particular afinidad por un estado islámico (y de ninguna manera por Ahmadinejad). Me consideraba “Verde” en 2009, pero no tengo una respuesta definitiva sobre el futuro político de Irán, y difícilmente creo que puedo hablar por ese futuro dado que actualmente no vivo ahí. Pero, ¿es posible soñar con un Irán donde no ocurran fraudes electorales? ¿Donde la familia de Olliyah pueda mantenerse? ¿Donde Teherán pueda ser considerado tan a la moda como cualquier ciudad europea por alguen como Sima (y tal vez ahora lo sea un poquito más en 2015)? ¿Donde el género y la política nunca pongan en riesgo la carrera médica de Sepideh? Se cumplen 36 años de la Revolución Islámica en Irán, y estas preguntas de hace cinco años siguen llenando mi cabeza mientras reflexiono sobre la última vez que estuve en Irán.

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