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Sentenciado a muerte en Kafkastán

"Kafka statue Prague" by Jaroslav Róna. Photo: Myrabella / Wikimedia Commons. Licensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons -

Estatua de Kafka en Praga. Foto de Myrabella / Wikimedia Commons. Con licencia CC BY-SA 3.0 de Wikimedia Commons.

Si has leído “El proceso” de Franz Kafka, entenderás el significado del término “kafkiano”.

El protagonista de “El proceso”, un cajero de banco llamado Josef K., es arrestado de un momento a otro y debe defenderse de acusaciones que le son —y le siguen siendo— desconocidas. A lo largo del camino, K. descubre las dificultades de desafiar a un burocracia que está emparejada con el totalitarismo.

Un siglo después de que se escribiera “El proceso”, obviamente los humanos han erradicado todo tipo de totalitarismo y burocracia. A las personas inocentes no se les enjuicia. Un eficiente sistema de justicia prevalece en todo el mundo. El siguiente sueño, que tuve después de leer la novela, es producto de mi imaginación. Todo parecido que pueda tener con la realidad es culpa exclusiva de la realidad.

Llegamos a un tribunal. El juez entra a la sala y el alguacil anuncia que la corte está en sesión. El juez se sienta y empieza a leer de un papel: “Tras examinar la evidencia ofrecida por la fiscalía y los acusados, hemos encontrado a los acusados culpables de las acusaciones. Sentenciamos a los acusados 1, 2 y 3 a muerte por asesinato premeditado de un oficial de policía. Sentenciamos a los acusados 4 a 11 a prisión perpetua por colaborar en el asesinato del oficial de policía. También recomendamos al Ministerio de Interior que revoque la nacionalidad de los acusados 1 al 8 por delitos de terrorismo. La corte se retira”.

Guardias escoltan a los acusados a que salgan del tribunal. Están esposados y se los llevan a un bus con ventanas oscurecidas y con barras. A (acusado 3) se sienta en el borde de un asiento para dos personas. Cerca de una ventana, al otro lado del bus, se sienta un hombre. El guardia camina a través del bus, contando a los prisioneros. Cuando el guardia pasa al lado de A, le da un pequeña sonrisa. El hombre en el lado opuesto se da cuenta. Le dice a A: “No sé de qué se te acusa, pero esta es la primera vez que veo a uno de ellos sonriendo. ¿Cuál es tu historia?”

A responde con un monótono: “no hice nada”.

El otro hombre contesta: “Bueno, te creo”. A replica: “¿Por qué confías en un hombre con esposas? ¿Y puedo preguntarte cuál es tu nombre?” El otro hombre sonríe y dice: “Los dos estamos esposados, y yo no confiaría en nadie que no esté esposado en este bus. Mi nombre es H y sé que eres inocente”.

“¿Qué te hace estar tan seguro?”, pregunta A. “Porque tu idioma corporal no muestra señales de arrepentimiento”, señala H. A deja salir un profundo suspira y dice: “¿Acaso mi falta de arrepentimientos hace que sea más probable que haya cometido aquello de lo que me acusan?” H responde en tono sarcástico: “Esos culpables no muestran arrepentimiento por el crimen, muestran lamentar haber sido atrapados. Tú, por otro lado, no muestras arrepentimiento ni por uno ni por otro: eres un Muselmann”. “¿Qué es un Muselmann?”, quiere saber A.

H no responde a la pregunta: “Es una larga historia. Vamos a tener tiempo si terminanos en el mismo bloque en la prisión. ¿Es tu primera vez en prisión?” “Es la tercera”, dice A.

“Bueno, es mi primera vez”, dice H. “Me declararon culpable de incitar odio hacia el régimen”. A pregunta: “¿Y cómo dicen que hiciste eso?” H contesta: “Vendo palabras. Soy novelista”. A está sorprendido: “¿Y qué clase de novelas has escrito? ¿Novelas políticas?” “No, escribí una historia de amor”, dice H, con una sonrisa en la cara. “¿Las historias de amor incitan el odio? ¿Cómo puede ser eso posible?”, pregunta A. “Es una historia de amor que se da entre dos personas de diferentes grupos étnicos”, dice H, “y transcurre ante de la llegada de los monarcas. Descubrieron que si digo que la gente podía hacer algo tan complicado como amarse en ausencia de la monarquía, entonces todo lo demás es posible”.

H hace una pausa.”Esa es mi historia”, dice. “Ahora, ¿puedo pedirte que me digas de qué no eres culpable?” “De matar a un oficial de policía”, dice A. “Siento escuchar eso”, dice H. “Supe que este juicio también es hoy”. “Está bien. Estoy en paz con mi destino”, dice A. “¡¿Qué?! ¿Has decidido rendirte?”, dice H con un susurro ansioso. A responde calmadamente: “No me estoy rindiendo. He reconocido el hecho de que hice lo que pude y que ahora no tengo opciones”.

“¿¡Aceptarás que debes morir por el delito de otro?! Dime, por favor, ¿cómo te declararon culpable?”, dice H. “Presenté un testimonio firmado de que estaba en el trabajo al momento del incidente. El juez decidió no tenerlo en cuenta”, dice A.

“Claro que no”, dice H. “Es más fácil declarar culpable a alguien. Esto pone fin a las investigaciones. Y no importa a quién declaran culpable. Después de todo, a la justicia tribal no le importa la persona: mataron a uno de “nosotros”, así que tres de “ellos” deben pagar. Las personas del otro lado se regocijarán. Hasta los medios olvidarán mencionar algo sobre ti. Te despojarán de todo lo que te define. Te etiquetarán como miembro de un determinado grupo o etnia. Al juez lo recompensarán, su hermano y padre recibirán un trato avaluado en millones”.

A pregunta: “¿Por qué no escribiste sobre eso antes?” H. responde: “Es ilegal. Me acusaron de denigrar un cuerpo oficial”.

“Eso ya no importa”, dice A. “Espero que venga un cambio antes de que mi sentencia se cumpla”. H está furioso: “¿Y crees que esos que de verdad cometieron el asesinato realizarán el cambio? ¿No ves cómo usan palabras como coraje, dignidad, resistencia, principios y otras para legitimar sus actos, aunque permiten que maten a un hombre inocente por su crimen?” A responde con igual furia: “¿Cómo sabes que han hecho algo malo?” “Porque emitieron un comunicado diciéndolo”, dice H. “El otro día un bloguero hablaba conmigo por teléfono. Me dijo que lo arrestaron por algo que otros exigían, las mismas personas que pedirían su liberación. Pero no saldrían a decir quién es el  responsable. Un grupo más extremo aun definitivamente no limpiaría tu nombre”.

Cuando el bus se detiene y los guardias se bajan para para escoltar la salida de los prisioneros, H le hace un pedido final a A: “Prométeme algo: no renuncies. No dejes que hagan de ti otra estadística. Muéstrales a todos que eres como ellos, que ves lo que ven, que sientes como ellos sienten, que cuando mueras, tu madre quedará triste, que tu vida no es algo que se puede cambiar por beneficios políticos”.

Esta historia, como dije, es ficción. No hay país en el mundo que sentencie a gente inocente a muerte. Y no hay un hombre sentenciado a muerte que espera ser salvado.

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