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Eritreo recuerda su experiencia cercana a la muerte en el Mediterráneo, y dice que no lo volvería a hacer

Crowds joined a rally in Rome's Piazza Montecitorio in the aftermath of a shipwreck that caused the deaths of hundreds of migrants, calling for a change in immigration policies and the right to freedom of movement in Europe. Photo by Stefano Montesi. Copyright Demotix

Multitud reunida en una marcha en la Plaza Montecitorio en Roma luego del naufragio que causó la muerte de centenares de migrantes, reclamando un cambio en la política migratoria y el derecho a la libre circulación en Europa. Fotografía por Stefano Montesi. Copyright Demotix

Este artículo y reportaje radial de Nina Porzucki para The World originalmente fueron publicados en PRI.org el 21 de abril de 2015, y son republicados aquí en el marco de un acuerdo para compartir contenidos.

Más de 800 migrantes indocumentados murieron el domingo 19 de abril luego que el barco que los transportaba naufragara cuando intentaba llegar de Libia a Italia. Se convirtieron en las últimas víctimas del creciente negocio de la trata de personas en el Mediterráneo, que ya ha causado la muerte de más de 500 personas en lo que va del año.

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Muchos de los migrantes son sirios que huyen de la guerra civil en su país. Pero según la Oficina del Alto Comisionado para los refugiados de ONU, los eritreos constituyen el segundo grupo en importancia.

Habtey abandonó su país escapando del servicio militar obligatorio; los eritreos son reclutados en el servicio militar por tiempo indeterminado en lo que Habtey denomina una moderna forma de esclavitud. “Un amigo lleva cerca de 20 años sirviendo al gobierno. Es un esclavo,” dice.

Habtey escapó de las barracas de su campo de entrenamiento y caminó durante tres días para llegar al vecino Sudán, donde se reencontró con su esposa y su hijo de 6 meses. Juntos cruzaron el desierto del Sahara en una Toyota Hi-Lux. No estaba solo en esa camioneta: Eran más de 30 personas y tardaron 15 días en llegar a Libia.

El peligro aún no había pasado. Habtey emprendió el viaje por el Mediterráneo con 80 personas más en un bote tan pequeño que, según cuenta, podía poner la mano en el agua. “No había ningún dispositivo de seguridad,” recuerda. “Ni luces, ni brújula. El capitán era egipcio y nos dijo, ‘No sé dónde voy y me estoy quedando sin combustible, entonces tienen que gritar y pedir ayuda.'”

En dos oportunidades el pequeño barco se cruzó con grandes buques: “Parecían hermosas ciudades, con luz y todo,” Habtey dice. “Yo gritaba, ‘¿Por qué no les pedimos ayuda?’ No nos ayudaron. En ese momento todos estábamos desesperanzados.”

Habtey admite que también él pensó que estaba al borde de la muerte. Entonces un acontecimiento inesperado le dio esperanza: Cuando estábamos en el mar, una embarazada entró en trabajo de parto. Habtey, que tenía experiencia por haber trabajado en un hospital en Eritrea, fue convocado al cuarto de máquinas del barco para ayudarla en el parto.

“Dios nos ha enviado un bebé,” relata, recordando su mensaje al resto de los pasajeros: “Alegrémonos, seamos [optimistas.] Por favor tomémoslo como una señal.”

Tan solo unas horas más tarde, su barco llegó a Italia, a la isla de Lampedusa.

Habtey ahora trabaja como pastor en el norte de Inglaterra. Ante la pregunta de si volvería a emprender el viaje, hace una larga pausa.

“Bueno, considerando ahora mi experiencia, la respuesta es no,” admite. “No lo haría.”

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