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¿Qué le estamos haciendo al cerebro de nuestros niños?

Tehmina Shekh photographed at the Chingari Clinic in Bhopal, India -- site of one of the world's worst chemical disasters. Photo by Flickr user Bhopal Medical Appeal. CC-BY-NC-SA 2.0

Tehmina Shekh fotografiada en la Clínica Chingari en Bhopal, India –lugar donde ocurrió el peor desastre químico del mundo. Imagen de: usuario de Flickr Bhopal Medical Appeal. CC-BY-NC-SA 2.0

Este artículo, realizado por Elizabeth Grossman, fue publicado originalmente en el sitio Ensia.com, revista que destaca soluciones ambientales internacionales proactivas, y se republica aquí como parte de un acuerdo para compartir contenido.

16 de febrero, 2015 – Los números son alarmantes. De acuerdo con el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos de América, en EE. UU. fueron diagnosticados con discapacidad del desarrollo alrededor de 1,8 millones más de niños entre los años 2006 y 2008 que en la década anterior. Durante este tiempo, la prevalencia de autismo incrementó casi 300 %; mientras que el trastorno por déficit de atención e hiperactividad aumentó 33 %. Los cálculos de CPE también señalan que de 10 a 15 % de los bebés nacidos en los EE. UU tienen algún tipo de trastorno del desarrollo neuroconductual. Aún así, existen más niños afectados por trastornos neurológicos que no llegan al nivel de un diagnóstico clínico.

Y esto no se limita solo a este país. Tales impedimentos afectan a millones de niños en todo el mundo. El número de casos es tan alto que Phillipe Grandjean, de la Universidad del sur de Dinamarca y la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, y Philip Landrigan, de la Escuela de Medicina Icahn de Monte Sinaí en Nueva York, (ambos doctores e investigadores preeminentes en este campo) describen la situación como una “pandemia”.

Mientras que el diagnóstico temprano y asíduo representa el aumento de los casos documentados, no lo explica en su totalidad, afirma Irva Hertz- Piccioto, profesora de Salud ambiental y ocupacional y directora del Instituto Mental Davis de la Universidad de California. Grandjean y Landrigan atribuyen el crédito a los factores genéticos de 30 a 40 % de los casos. No obstante, un grupo relevante y creciente de científicos sugiere que la exposición a los contaminantes ambientales está implicada en el aumento alarmante de trastornos neurológicos de la niñez.

¿Qué está pasando exactamente?, ¿y qué podemos hacer al respecto?

Sustancias químicas y el cerebro

Algunas sustancias químicas – como el plomo, mercurio y pesticidas de fosfato orgánico – desde hace tiempo, han sido reconocidas como tóxicas que pueden tener efectos permanentes en la salud neurológica de los niños, afirma Bruce Lanphear, profesor de Ciencias de la Salud de la Universidad Simon Fraser. A pesar que ahora esté prohibido el uso de pintura de plomo en los EE. UU., todavía se encuentra presente en muchos hogares y su utilización continúa en algún otro lugar del mundo. Los niños también pueden exponerse al plomo mediante pinturas, colorantes y metales que se utilizan en la fabricación de juguetes, aunque esos usos estén vetados por la legislación estadounidense (recuerde el caso de Thomas, la locomotora); y por medio del suelo contaminado u otra exposición ambiental, así como también de plásticos, en los que se utiliza el plomo como agente ablandador. Las fuentes de exposición al mercurio incluyen algunos peces, contaminación del aire y viejos termómetros y termostatos. Pese a que se han realizados muchos esfuerzos por reducir y eliminar dicha exposición, las preocupaciones permanecen, especialmente porque ahora reconocemos que pueden manifestarse efectos adversos en los niveles excepcionalmente bajos.

At early stages of development — prenatally and during infancy — brain cells are easily damaged by industrial chemicals and other neurotoxicants. Photo by Flickr user Jason Corey. CC-BY-NC-SA 2.0

En las primeras etapas del desarrollo – prenatal y durante la infancia – las células cerebrales se dañan fácilmente por los químicos industriales y otras sustancias neurotóxicas. Imagen: usuario de Flickr Jason Corey. CC-BY-NC-SA 2.0

Sin embargo, los científicos ahora también están descubriendo que los compuestos químicos comunes en el aire del exterior – incluyendo componentes del gas de combustión y del material particulado fino- además del aire del interior y productos de uso masivo, también pueden afectar negativamente en el desarrollo cerebral, incluso en la etapa prenatal.

Los químicos de los retardantes de ignición, los plásticos y productos de cuidado personal y para el hogar se encuentran en la lista que Lanphear cataloga como blanco de interés, por sus efectos en el neurodesarrollo.

Se deduce cada vez más que los químicos que estimulan cambios hormonales tienen efectos neurológicos, indica Linda Birnbaum, directora del Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental y del Programa Nacional de Toxicología. Entre las sustancias químicas que ahora están siendo evaluadas, por los impactos neurológicos que se manifiestan a temprana edad, se encuentran los retardantes de ignición denominados como Éter de pentabromodifenilo (PBDE, por sus siglas en inglés) utilizados ampliamente en gomaespuma, electrónicos y otros productos; los ftalatos utilizados extensamente como plastificantes y en fragancias sintéticas; bisfenol A, compuesto de plástico policarbonato, denominado comúnmente como BPA; compuestos perfluorados, cuyas aplicaciones incluyen revestimientos resistentes a las manchas, al agua y al aceite; y varios pesticidas.

Coreografía precisa

Como lo explica Grandjean y Landrigan, el feto no se encuentra bien protegido contra los químicos que circulan en el ambiente, los cuales pueden atravesar fácilmente la placenta. Ellos señalan que existe evidencia de estudios in vitro que indica que las células madres neuronales son muy sensibles a las sustancias neurotóxicas.

In the past 30 to 40 years, scientists have begun to recognize that children and infants are far more vulnerable to chemical exposures than are adults.

En los últimos 30 a 40 años, los científicos han comenzado a reconocer que los niños y los infantes son más vulnerables a la exposición de sustancias químicas que los adultos.

El cerebro del infante también es vulnerable a dichos contaminantes. En las primeras etapas del desarrollo -prenatal y durante la infancia – las células cerebrales se dañan fácilmente por los químicos industrales y otras sustancias neurotóxicas. Esta interrupción puede afectar el desarrollo estructural y funcional del cerebro – efectos que conllevan a consecuencias adversas permanentes.

“El cerebro es extremadamente sensible a la estimulación externa”, afirma Grandjean.

Históricamente, la neurotoxicidad química era evaluada en adultos – por lo general, en casos de altos niveles de exposición ocupacional. Sin embargo, en los últimos 30 a 40 años, los científicos han comenzado a reconocer que los niños y los infantes son más vulnerables a la exposición de sustancias químicas que los adultos. También se ha revelado que en los niveles más bajos de exposición a temprana edad, pueden manifestarse efectos severos y permanentes. Otro hallazgo importante es entender cómo un infante o niño se ve afectado por la exposición química, lo que implica algo más que solo un simple cálculo de efectos potenciales en un individuo físicamente más pequeño. Además, se debe tomar en cuenta la etapa del desarrollo y la duración de la exposición. Las primeras etapas del desarrollo requieren de una “coreografía muy precisa”, explica Frederica Perera, profesora de Ciencias de la Salud Ambiental de la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia. “Cualquier sustancia química que pueda alterar la química [cerebral] en esta etapa puede ser muy perjudicial”, afirma.

Por ejemplo, explica Deborah Kurrasch, profesora auxiliar de la Escuela de Medicina Cumming de la Universidad de Calgary, quien se especializa en la investigación neurológica, durante las primeras etapas del desarrollo cerebral – cuando las células se transforman en neuronas – “el tiempo determina su ubicación”.

Los resultados del estudio más reciente de Kurrasch, en el que investiga los efectos del BPA en el neurodesarrollo, explica lo que quiere decir. En el estudio que se publicó en enero 2015, Kurrasch y demás colegas analizaron los efectos del BPA y de su sustituto común, bisfenol S, en el neurodesarrollo. Investigaron específicamente cómo la exposición al BPA y BPS – en niveles similares a los que se manifiestan en el suministro local de agua potable de su comunidad – afectaría el desarrollo neuronal del pez cebra, en una etapa similar al segundo trimestre de la gestación humana, momento en el que se forman las neuronas y se trasladan al lugar correcto en el cerebro.

Many of the chemicals under scrutiny for their effects on brain development appear to act by interfering with the function of hormones essential for healthy brain development.

Muchos de los químicos que están en observación, por sus efectos en el desarrollo cerebral, parecen intervenir la función de las hormonas que son escenciales para un desarrollo cerebral saludable.

“Es como si abordaran un autobus que las traslade al lugar indicado”, indica Kurrasch. Después de la exposición al BPA y BPS fue como si, explica Kurrasch, “el doble de neuronas abordaron el autobus a primera hora y la mitad de esta abordó otro más tarde”. Los investigadores descubrieron que esta exposición pareció alterar el desarrollo de los nervios – neurogénesis – por consiguiente, el pez se volvió hiperactivo. Dicha alteración, en este caso producido por “un poquito de BPA”, puede provocar efectos permanentes, afirma Kurrasch.

“Muchos de los químicos que se encuentran bajo observación, por sus efectos en el desarrollo cerebral, – BPA, ftalatos, compuestos perfluorados, retardantes de ignición bromados y varios pesticidas entre otros – parece que intervienen la función de las hormonas que son escenciales para el desarrollo cerebral saludable. Entre estas hormonas se encuentran las tiroideas, que regulan una parte del cerebro que contribuye en una variedad de funciones vitales, incluyendo la reproducción, dormir, desear, comer y en la pubertad.

Durante el primer trimestre de la gestación, el feto no es capaz de producir su propia hormona tiroidea, afirma Thomas Zoeller, director del Laboratorio de Endocrinología molecular, celular y ambiental de la Universidad de Massachusetts, Amherst. Si la exposición ambiental de una sustancia como el bifenilo policlorado o perclorato interrumpe la hormona tiroidea de la madre en este período – lo que podría ocurrir por contaminación del agua, por ejemplo – afectaría a su bebé en una etapa crítica del desarrollo cerebral.

Otro aspecto a considerar en el contexto de exposición química con alteración endocrina, indica Zoeller, es que una cantidad sustancial de mujeres que están en edad reproductiva en los Estados Unidos tienen alguna deficiencia de yodo, que puede estar suprimiendo sus hormonas tiroideas. Aún, si estas deficiencias posiblemente no provoquen clínicamente efectos adversos, sí son lo suficientemente capaces de perjudicar el neurodesarrollo del feto. “Estos efectos pueden manifestarse en los niveles más bajos de los estándares de seguridad”, afirma Zoeller. Además, existe una gran cantidad de químicos a los que estas mujeres se pueden exponer ambientalmente que tienen el potencial de afectar las hormonas tiroideas, entre estas se encuentran los PBDE, los PCB, BPA, varios pesticidas, compuestos perfluorados y algunos ftalatos.

Hay algo en el aire

Una fuente particularmente inquietante de exposición a sustancias químicas, que se infiere perjudica el desarrollo cerebral de los niños, es la contaminación del aire, una mezcla compleja de varias sustancias químicas y material particulado.

Research increasingly suggests that airborne contaminants can have subtle but significant effects on early neurological development and behavior.

La investigación sugiere, cada vez más, que los contaminantes que transporte el aire pueden tener efectos sutiles pero significativos en el desarrollo neurológico prematuro y el comportamiento

Perera y colegas analizaron recientemente los vínculos entre la exposición a hidrocarburos aromáticos policíclicos, un combustible fósil (compuesto relacionado a la contaminación del aire), y la incidencia de casos de TDAH en niños de nueve años. Su investigación reveló que las madres que estuvieron expuestas a altos niveles de HAP durante la gestación fueron cinco veces más propensas a tener niños con TDAH y niños que padecen síntomas más severos de ese trastorno, que aquellas madres que no tuvieron tal exposición. A pesar de que este estudio es el primero en establecer dicha conexión, es uno más que se une a la creciente colección de investigaciones que apuntan a vínculos entre los contaminantes del aire exterior, incluyendo los HAP, y los efectos adversos en la salud cerebral de los niños y su desarrollo.

La investigación sobre los efectos de los contaminantes del aire en la salud cerebral es relativamente nueva, explica Kimberly Gray, gerente de Ciencias de la Salud en el Instituto Nacional de la Salud. Cada vez más, el estudio sugiere que los contaminantes del aire pueden tener efectos sutiles pero significativos en el desarrollo neurológico prematuro y el comportamiento, señala. Adicionalmente a los vínculos entre la exposición prenatal al HAP y el deterioro de la función cerebral, los científicos también están explorando conexiones potenciales entre el carbono negro, compuestos orgánicos volátiles y material particulado fino (entre otros componentes de la contaminación del aire) y deficiencias como el autismo y bajo coeficiente intelectual.

En un estudio que se publicó en diciembre 2014, Marc Weisskopf, profesor asociado de Epidemiología ambiental y ocupacional de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, y colegas evaluaron a los niños cuyas madres estuvieron expuestas a niveles altos de material particulado fino (PM 2,5 partículas 2,5 micrones de diámetro o más pequeño), particularmente durante el tercer trimestre de gestación. El estudio, que tuvo a más de 1,000 participantes, que viven en el territorio de los EE. UU, reveló que estos niños al parecer tienen doble probabilidad a ser diagnosticados con autismo, que los niños cuyas madres tuvieron únicamente niveles bajos de exposición. La exposición a particulas más grandes (entre 2,5 y 10 micrones -denominado como PM10) no parece estar relacionada con el riesgo progresivo de autismo.

“Esto es muy importante desde un punto de vista epidemiológico” porque coloca en tema de discusión a la exposición de la madre”, indica Weisskopf. Esto también resalta la importancia del tiempo y los efectos en el neurodesarrollo. Aunque otros factores pueden contribuir al autismo, Weisskopf explica, este estudio fortalece la propuesta de que la exposición ambiental puede tener una participación en esto. Las partículas más pequeñas que son relacionadas con estos efectos se suman a lo que otro estudio está evaluando: lo que parece ser cuantitativamente pequeño puede “ser muy importante” en cuanto al daño en el desarrollo cerebral se refiere, explica.

Científicos de la Universidad de Columbia publicaron recientemente un estudio adicional, en el que asocian los contaminantes comunes del aire con las deficiencias congnitivas y conductuales de los niños.

Exposición masiva

Según Grandjean y Landrigan señalan, lo que se debe comprender respecto a la exposición ambiental de sustancias neurotóxicas en desarrollo es cuán extensa parece estar la exposición y la ubicuidad de dichos compuestos. “Se están introduciendo más sustancias neurotóxicas en la fabricación de productos”, afirma Landrigan.

Los ftalatos que se utilizan como plastificantes – incluso en plásticos de cloruro de polivinilo – y en fragancias sintéticas y muchos de los productos de cuidado personal, constituyen una categoría de las sustancias químicas ampliamente utilizadas que parecen tener repercuciones adversas en el desarrollo cerebral. Los científicos de la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia, descubrieron recientemente que los niños que fueron expuestos prenatalmente a niveles elevados de algunos ftalatos tuvieron una puntuación de CI que estuvo, en promedio, entre seis y ochos puntos por debajo de los niños que estuvieron expuestos a niveles más bajos. Los niños con un CI bajo también parecen tener problemas con la memoria de trabajo, el razonamiento perceptivo y con la velocidad de procesamiento de información.

“Pretty much everybody in the U.S. is exposed.” — Robin Whyatt

“Prácticamente todos en los Estados Unidos están expuestos”. – Robin Whyatt

Los ftalatos que se evaluaron en este estudio, denominados como DNBP y DIBP, se utilizan en bastantes productos para el hogar, inclusive en artículos de higiene personal y cosméticos, entre ellos: shampú, pintura de uñas, lápiz labial, productos para el cabello y jabón; además de telas de vinilo y suavizantes para ropa. Los niveles de exposición relacionados con el CI bajo en este estudio se encuentran dentro del rango que reporta el Centro de Control de Enfermedades, dato que se encuentra en la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición (NHANES, por sus siglas en inglés), evaluación de biomonitorización de exposición a sustancias químicas que se lleva a cabo en todo el país. “Prácticamente todos en los Estados Unidos están expuestos”, afirma el coautor del estudio Robin Whyatt, profesor de Ciencias de la Salud ambiental del Centro Médico de la Universidad de Columbia.

Posiblemente el descenso del CI parezca poca cosa, Pam Factor-Litvak, autora principal del estudio y profesora asociada de Epidemiología de la Escuela Mailman, sin embargo,advierte que a nivel poblacional – o salón de clase -, esto significa que unos cuantos niños estarán en el peldaño más alto de la escala de inteligencia y muchos más estarán en el peldaño de los menos capaces. “Toda la curva se desplaza en dirección descendente”, explica.

“Unos cinco o seis puntos de CI posiblemente no sean gran cosa, sin embargo, esto implica que muchos niños van a necesitar programas de educación especial y solo unos cuantos se considerarán talentosos”, indica Maurren Swanson, directora del Proyecto de niños saludables de la Asociación de Problemas de Aprendizaje. “El impacto económico potencial es enorme”, afirma Birnbaum, directora del Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental (NIEH por sus siglas en inglés).

El factor estrés

Lo que provoca los trastornos neurológicos en los niños es “muy complejo”, advierte Frederica Perera. Además de la dificultad que representa desenmarañar varios factores contribuyentes, y mientras se realiza la investigación sobre – y regulación de- sustancias qúimicas, que por lo general, se analiza una sustancia a la vez, las personas se encuentran expuestas a múltiples químicos al mismo tiempo. Adicionalmente a esta complejidad, en cuanto al desarrollo cerebral se refiere, se encuentran los factores estresantes sociales “que interactuan en el mismo lugar de la región cerebral”, explica Debora Cory-Slechta, profesora de Medicina Ambiental de la Universidad de Rochester. Ella y otras personas están recabando más evidencia sobre los factores estresantes no químicos, tales como las aflicciones maternas, domésticas y comunitarias, las cuales pueden provocar efectos adversos en el desarrollo cerebral prematuro, ya sea por sí mismas o en combinación con sustancias neurotóxicas.

Birnbaum señala que esta interacción aparente entre los químicos y factores estresantes no químicos es “muy alarmante e importante”.

Los estudios epidemiológicos, Cory-Slecta explica, normalmente corrigen a lo que se denomina factores de interferencia – otras condiciones que podrían influenciar una condición que se está midiendo. Muchos estudios, afirma, “no simulan lo que sucede en el entorno humano”. Lo que ella y sus colegas aspiran a realizar es “reproducir en estudios animales lo que se manifiesta en las comunidades humanas”, particularmente en los lugares que son más vulnerables a los factores estresantes sociales adversos y que están expuestos a contaminantes químicos, que incluyen el plomo, pesticidas y contaminación del aire.

El plomo y el estrés afectan la misma parte del cerebro, ella afirma. Por lo tanto, puede actuar sinérgicamente en las primeras etapas de la vida de modo de producir cambios permanentes en la estructura cerebral. Estos cambios pueden conllevar CI bajo, problemas de aprendizaje y del comportamiento.

El laboratorio de Cory-Slechta está trabajando para replicar las condiciones de estrés y de carencia crónica en modelos animales que reflejarían lo que experimentan las comunidades de escasos recursos. El objetivo es comprender mejor cómo estos efectos atraviesan la placenta y se convierten en la base fetal de los trastornos de toda una vida. Ella y sus colegas están estudiando, no solo las asociaciones entre exposición y neurodesarrollo, sino también el mecanismo por el cual se manifiestan los efectos.

¿Qué se debe hacer?

Partiendo de la premisa de que todos queremos detener el daño en el cerebro de nuestros niños, entonces ¿cómo procedemos?

Se debe mejorar nuestra habilidad para determinar qué sustancias químicas tienen efectos en el neurodesarrollo. Un sistema de revisión veloz sería ideal, afirma Birnbaum, debido a que existen muchos más químicos – incluyendo los de reciente creación- a los cuales las personas se encuentran expuestas. A pesar que INS, Agencia para la Protección del Medio Ambiente (EPA, por sus siglas en inglés) y otras agencias federales han iniciado un programa para revisar rápidamente grandes cantidades de qúimicos mediante la robótica, existen miles de ellos que posiblemente estén en uso, y que en su mayoría, no han sido evaluados totalmente por estos efectos.

Cuando se trata de disminuir la exposición existente, se pueden evitar ciertos químicos mediante la elección. Sin embargo, es muy difícil, dado que muchas de estas sustacias se utilizan – como BPA en recipientes- en productos que no poseen etiquetas que detallen su composición. Otros, incluyendo a los contaminantes del aire, son más difíciles de detectar por su ubicuidad o la falta de alternativas disponibles. Y, como señala Maureen Swanson, estas opciones no son necesariamente factibles para las personas en todos los niveles económicos, lo que origina problemas de jusiticia ambiental.

Grandjean y Landrigan señalan que el sistema de regulación de sustancias químicas de los Estados Unidos, que carece de requerimientos de evaluación sobre toxicidad premercadeo, no realiza un buen trabajo en cuanto a seguridad química proactiva se refiere. “No se debe asumir que los químicos que no son evaluados son seguros para el desarrollo cerebral; por lo tanto, los químicos de uso existente y los nuevos deben ser evaluados por neurotoxicidad en el desarrollo”, así lo redactaron en un artículo publicado en The Lancet.

Pese a que algunas fuentes de neurotoxicidad probablemente aparenten haber sido abordadas adecuadamente, en realidad no lo han sido. Por ejemplo, se ha llevado a cabo progresos considerables para reducir la exposición al plomo mediante la legislación y educación de la salud pública en los Estados Unidos y en otros países. No obstante, el entendimiento actual es que virtualmente cualquier cantidad de exposición de plomo puede provocar daños y la exposición dañina continúa – particularmente en países donde todavía siguen utilizando pinturas y gasolina con plomo. En los EE. UU. el financiamiento de la CDC para los programas de prevención de plomo se redujo dramáticamente en 2012.

When it comes to protecting the exquisitely sensitive developing brain, the measures currently used to assess chemical risk and set safety standards fall short, says Cory-Slechta.

Cuando se trata de proteger el desarrollo del cerebro, que es exquisítamente sensible, las medidas que se utilizan en la actualidad para evaluar el riesgo químico, y la creación de estándares de seguridad se quedan cortos, afirma Cory-Slechta.

Entre tanto, los niños del mundo -particularmente aquellos en los países menos prósperos – continúan expuestos a neurotóxicos peligrosos que son liberados mediante las emisiones industriales, vertederos o por trabajo infantil. Los ejemplos abundan e incluyen exposiciones a químicos que se liberan en el proceso de reciclaje de electrónicos en varios lugares de Ásia y África, al plomo y mercurio por actividades de minería, pesticidas utilizados en la agricultura, en productos contaminados con metales pesados, incluso en alimentos y golosinas.

Cuando se trata de proteger la formación exquisítamente sensible del cerebro, las medidas que se utilizan en la actualidad para evaluar el riesgo químico y para establecer estándares de seguridad se quedan cortas, afirma Cory-Slechta. “Debería tratarse de prevención primaria, pero no es así”, señala.

En la ausencia de lo que muchos defensores de la salud ambiental consideran como una adecuada regulación federal de los Estados Unidos sobre los químicos, muchos de sus estados individualmente han aprobados recientemente sus propias leyes de modo de proteger a la niñez de la exposición de químicos dañinos. Muchos prestan especial atención a los químicos con efectos neurotóxicos, especialmente aquellos que pertenecen al grupo de los metales pesados como el cadmio, el plomo y el mercurio. Y, a pesar que algunos estados comienzan a incluir terminología en su legislación para proteger a las mujeres embarazadas de los peligros químicos, la duración a la exposición es un tema que dejan desatendido.

Mientras más información conozcamos sobre las sustancias neurotóxicas que afectan al neurodesarrollo, parece ser que más exposición se manifiesta que anteriormente. Al parecer existe una concordancia extensa entre los científicos de que dichas exposiciones están acabando con la niñez del mundo.

“Para mí está claro que debemos establecer un sistema diferente para proteger de mejor forma los cerebros del futuro”, indica Grandjean.

Elizabeth Grossman es una periodista y escritora independiente que se especializa en asuntos concernientes al medio ambiente y las ciencias. Es autora de Chasing Molecules, High Tech Trash, Watershed, entre otros. Su trabajo también ha aparecido en variedad de publicaciones, incluyendo Ensia, Scientific American, Yale e360, The Washington Post, TheAtlantic.com, Salon, The Nation, y Mother JOnes. Su cuenta de twitter es @lizzieg1.

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