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¿Dónde está la frontera de Europa? Una historia de Gaziantep, una ciudad entre Turquía y Siria

A 80 km de la guerra, a 100 km de Kobane (la ciudad kurda que fue primero conquistada por el ISIS y luego liberada de él), a 60 km de la frontera con Siria, Gaziantep, la última ciudad europea antes de llegar al Medio Oriente, la metrópolis turca en el más lejano sur, es un crisol de religiones, tradiciones, modernidad y contradicciones — un cruce entre el Medio Oriente y Europa.

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Foto propiedad de la autora, Nicoletta De Vita.

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Foto propiedad de la autora, Nicoletta de Vita.

La vida en Gaziantep es interrumpida por las cinco sesiones de oraciones diarias anunciadas por los altavoces en cada esquina. En la ciudad, instalaciones modernas y mezquitas antiguas se mezclan en un centro de la ciudad donde los centros comerciales alternan con grandes bazares de especias. Uno de cada tres coches tiene matrícula siria: 500.000 personas maltratadas por los bombardeos y por el avance de ISIS están en la ciudad. En comparación con aquellos que viven cerca de la frontera, los sirios en Gaziantep duermen en campamentos u ocupan ilegalmente viejos edificios. No arman jaleo ni alzan la voz, y los turcos casi nunca utilizan la expresión de “refugiados sirios”.

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Foto propiedad de la autora, Nicoletta de Vita.

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Foto de la autora, Nicoletta de Vita.

Pero hay una pequeña porción de la población que trabaja con una ONG, el GEGD, Gaziantep Eğitim ve Gençlik Dernegi [sitio web en turco] que encuentra alojamiento, educa e instruye a los niños sirios y afganos. Visité este centro durante un curso de entrenamiento organizado en cooperación con la Unión Europea por una asociación turca que se ocupa de la integración cultural en Gaziantep. El cuartel general del centro parece una casa pequeña con un jardín y un patio de recreo, pero es un centro en el que al menos diez nacionalidades y culturas diferentes discuten, estudian y debaten entre ellas. Así conocí a Irene Itria, una mujer italiana que ha estado llevando a cabo su servicio voluntario europeo en Gaziantep desde octubre de 2014.

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Irene Itria con las otras voluntarias del centro. Foto propiedad de la autora, Nicoletta de Vita.

Tan pronto como escuchó una voz italiana, se emocionó porque no hay muchos turistas aquí, en especial italianos, a no ser que formen parte del servicio voluntario europeo. “Nuestro centro es también una escuela. Yo personalmente enseño árabe e inglés a niños de Siria y de Afganistán.” Las palabras de Irene me conmovieron en el momento y su sonrisa expresaba perfectamente el compromiso y la pasión que pone en su trabajo.

“Soy italiana y hablo muy poco turco. Los niños sólo hablan sirio y afgano, así que enseñar árabe e inglés sin tener un idioma en común fue un desafío desde el principio. Les doy las herramientas para aprender, pero son sus sonrisas y sus gestos los que llenan mi vida cotidiana. Están hambrientos de cultura, de conocimiento y, sobre todo, quieren ser aceptados, o al menos no ignorados, por el resto de la población turca,” dijo Irene. “Si mencionas el problema sirio o la palabra refugiado a un ciudadano turco, se encoge de hombros y se va. De hecho, aunque están muy cómodos con las muchas culturas que coexisten pacíficamente en su ciudad, la cuestión de los campamentos y los niños que se están muriendo de hambre a sólo un tiro de piedra de aquí se considera que no es asunto suyo. Por supuesto, no todos los ciudadanos de Gaziantep piensan así, pero muchos ni siquiera son conscientes de esta situación”.

De entre las muchas personas que conocí en este viaje, sólo Irene ha sido capaz de contestar a mis preguntas y me contó cómo sobreviven los sirios manteniendo su dignidad.

Se ganan la vida principalmente clasificando la basura, me contó, separando los diferentes materiales de los cubos y después revendiéndolos. Los que permanecen en Gaziantep y no se mudan a otras ciudades turcas o a otros países europeos intentan lo mejor que pueden enviar a sus hijos al colegio, y si no pueden piden ayuda en el centro cultural.

“Las familias sirias que he conocido, incluso si no tienen una economía estable y buenas condiciones de vivienda, no recurren a la violencia o al crimen para vivir. En otras palabras”, dice Irene, “dicen que pueden bombardear sus hogares y hospitales, incluso ciudades enteras, pero todo eso no les convierte en malas personas y su dignidad no se desmorona como sus edificios”.

“Los turcos están acostumbrados a ser acogedores y tolerantes con otras culturas, ya que se encuentran en la frontera entre Europa y Asia y sin embargo, cuando fui al campo de refugiados en la frontera, la tensión entre el personal y los ciudadanos sirios era evidente: de hecho, en cuanto llegué, me di cuenta de que los teléfonos de todos los voluntarios no podían realizar llamadas ni recibirlas. Estaban todos bastante atascados”, dijo.

Mientras hablaba, Irene empezó a bajar la voz y evitó decir la palabra Siria o sirio, porque significaba aceptar el problema de los refugiados. “La situación en la frontera es difícil por más razones de las que el gobierno turco se puede imaginar y cuanto más dura, peor se pone”.

Y mientras mis preguntas se hacían más apremiantes, las clases finalizaron y los niños más jóvenes se preparaban para marcharse. Caras sonrientes, blocs de notas y libros en sus manos, y muchas razones para despedirse afectuosamente de su profesora Irene. En cuanto les invité a posar para una foto, estaba rodeada de sus voces: “¿De dónde eres? ¿De dónde eres?”

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Los niños en la escuela de Irene. Foto propiedad de la autora, Nicoletta de Vita.

Irene me sonrió, orgullosa de su trabajo y de los frutos que está sembrando en el colegio con estos niños.

Algunos días, aún puedo oír esas voces en un rincón de mi mente: “¿De dónde eres? ¿De dónde eres?”

No lo sé, quizás hoy me sienta como si estuviese en Gaziantep.

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