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“Radicales por todas partes”: ¿en qué nos equivocamos?

En los primeros dos meses del año fuimos testigos del ataque contra una mezquita en Suecia causando lesiones a cinco personas; el ataque contra la revista francesa Charlie Hebdo que causó 11 muertes; 60 ataques contra mezquitas y musulmanes en Francia; el tiroteo en Carolina del Norte en el cual un dedicado ateo mató a tres jóvenes musulmanes; uno de los mayores centros islámicos en Houston fue incendiado; el tiroteo y los asesinatos en Dinamarca por parte de un joven de 22 años que recreó el ataque a Charlie Hebdo.

En un reciente crimen de odio, claramente un acto terrorista, cometido por un ciudadano estadounidense de 21 años, Dylann Roof, este mató a nueve personas en una histórica iglesia negra de Carolina del Sur.

La conclusión que se puede sacar es: una guerra entre religiones. Esta quizás sea la respuesta populista más fácil. La respuesta esperada por radicales de derechas, de izquierdas, musulmanes, cristianos, ateos dedicados y cualquier otro radical desde Chicago a Kuala Lumpur. En Dinamarca, desde 2008 hay una guerra de gangsters entre roqueros, la extrema derecha y gente de origen inmigrante. Unos pocos individuos con opiniones radicales están dictando el ritmo de nuestras vidas, pero también la cobertura de los medios. Dictan cuando tenemos miedo y cuando no. Son individuos que han encontrado las respuestas en el extremismo y que muestran indiferencia por la vida. La pregunta importante que debemos hacernos es por qué estas personas han encontrado la razón para vivir conforme a tales acciones y doctrinas. De nuevo nos enfrentamos al riesgo de ocuparnos de las repercusiones en vez de las razones reales, mientras la oleada de violencia toma nuevas víctimas conocidas y desconocidas.

Entre las víctimas de los mismos radicales de diferentes grupos políticos, religiosos y étnicos, están todas las demás. La sociedad está herida, pero las balas que han matado y herido a tanta gente han rasgado el tejido de cada observador exterior. Gracias a la prolongada cobertura de los medios que recibimos mientras vemos la televisión y leemos los periódicos, el poder de las ideas radicales está aumentando aún más. Los profetas aparecen. Están pidiendo compasión, violación de los derechos y un fracaso en el diálogo. Cuando añadimos esto a la desilusión social de comunidades enteras, la miseria en los guetos por toda Europa, las políticas exteriores de los países occidentales en el Medio Oriente y África, el retrato de la realidad como un mundo lleno de gente esperando para matarte en la próxima calle, intensifica el miedo y el sentimiento de desesperación. Si sólo confías en la cobertura televisiva para informarte acerca de lo que ocurre en el mundo, quizás quedes con la impresión de que el fin del mundo se acerca — no el de 2012, sino el verdadero en el que las personas se matan unas a otras, el odio es generalizado y la única opción para sobrevivir es que cada país levante altos muros alrededor de su territorio.

¿Cómo hemos permitido a los extremistas y a los radicales que dicten nuestras vidas?

Después del 2001 y de las guerras de Irak y Afganistán, parece que el mundo entero se ha puesto patas arriba. La caída de horrorosos regímenes en esos países debido a la intervención externa, desencadenó a los grupos, que hasta entonces habían sido excluidos en una esquina y no habían sido oídos, para hacerse visibles. Desde los extremistas en el Medio Oriente, hasta las facciones de extrema derecha en Europa, Rusia y EE. UU.. Hoy nuestro mundo está cautivo en manos de ideas radicales. Lo moderado esta muriendo mientras que cada persona con una opinión contrastante, que intenta cultivar la ecuanimidad en nuestra realidad pseudo intelectual, es condenada como partidaria del jihadismo u otra ideología.

El blanco principal para cualquiera, que haya organizado un ataque, no son las víctimas, sino la gente detrás de la pantalla de la televisión. El objetivo del terrorismo —sin importar su color y accesorio — somos todos nosotros, todos los que vayan a ver las noticias de la noche para recibir una nueva porción de miedo y dolor.

Una iniciativa que anima a la comunidad a ignorar las acciones de los jihadistas del Estado Islámico (ISIS) fue lanzada en la comunidad musulmana y árabe hace dos meses. La campaña está pensada contra la exposición pública de derramamientos de sangre, contra la distribución de sus mensajes que según muchos promueven las ideas de la organización. Muchos de los que se han unido a la campaña creen que si los medios no hablan tanto del ISIS, los objetivos del grupo rebelde no serán perseguidos tan fácilmente, porque no debemos olvidar que toda organización criminal busca atención y quiere dejar clara su existencia.

Es dudoso si tal campaña será efectiva y no conducirá a la apatía y a la falta de sensibilidad hacia los problemas del extremismo en el Medio Oriente. Pero hay más y más señales que muestran que las sociedades de los países musulmanes están hartas de las exigencias y acciones del ISIS que no respetan no sólo el derecho a vivir de los musulmanes, sino el derecho a vivir de cualquiera de sus víctimas. Jordania ha sido testigo de protestas masivas contra el ISIS. En Libia el cuartel general de Ansar al-Sharia fue quemado. En Yemen ha habido protestas contra diferentes grupos que hacen pedazos al país. En Siria, la campaña contra el ISIS, iniciada por los vecinos de las provincias de Ar-Raqqa y de Deir ez-Zor, ha tenido un notable éxito creciente. Estas protestas no han recibido la cobertura necesaria y adecuada, pero estoy seguro de que has visto los reportajes de Nigeria, donde se han producido manifestaciones apoyando el ataque a Charlie Hebdo.

Los asesinatos masivos y las escenas sangrientas son repulsivas y, más importante, aterrorizan. Es un mito que la comunidad musulmana no esté en contra del extremismo, pero cuando estos radicales están secuestrando a tus familiares es mucho más difícil reaccionar. Mucha gente en Jordania tenía miedo del resultado de la interpretación política de la religión. Este miedo es un fenómeno prolongado —era hora de que la gente normal y corriente entendiese el alcance del uso político de la religión. Para los activistas del Medio Oriente son cada vez más claras las diferencias entre regímenes y los radicales son muy pocos mientras que su único objetivo es la gente corriente. La gente fue situada en primera línea con la única intención de ver de donde viene el enemigo, al igual que en la Segunda Guerra Mundial. De esta manera sociedades enteras son usadas por políticos radicales, militantes radicales y pensadores radicales para dirigir sus guerras, y cualquiera que se encuentre entre ellos es un víctima potencial de daños colaterales.

Los ataques, similares al de Dinamarca contra los críticos del Islam radical o el de EE. UU. contra los musulmanes, realizados por un ateo dedicado, continuarán hasta que se lleven a cabo decisiones. La condena no tiene ningún efecto si no trae cambios. La infracción de los derechos personales y de la libertad como medida, parte de las campañas anti-terrorismo, no traerá nada positivo. La exigencia de una disculpa colectiva de todos los musulmanes no es plausible y no tiene ningún efecto aparte de la intensificación de las tensiones, al igual que no es plausible exigir una disculpa colectiva de cada ateo o cristiano por el hecho de que un par de personas hayan cometido actos violentos. No creo que mis amigos sean culpables por las acciones de Steven Hicks, Anders Breivik o los hermanos Kouachi. Lo que se requiere en este momento es un frente intelectual contra los radicales. Lo que es crucial es que una mayoría silenciosa se levante contra los extremos y muestre que no está de acuerdo con una realidad, en la cual sólo los predicadores o los héroes nacionales que sostengan un rifle en sus manos tengan voz y voto.

La solución no está en los políticos que tenemos en nuestra sociedad — han demostrado que su fracaso y los errores de sus pasos injustos aún tendrán un impacto. Sólo se puede esperar que sea la gente corriente quien extinga los fuegos nacionalistas y la radicalización en el significado de la religión. La respuesta al extremismo no es más extremismo, porque estas ideas se fortalecen mutuamente. Hay una alternativa y no es dejar que los radicales dicten nuestra vida cotidiana.

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