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Cómo perderse un Golpe de Estado

The neo-Gothic Old Police Headquarters on Sackville Street in Port of Spain, Trinidad, frames the country's parliament building, Renaissance-style Red House (1906), which was stormed by insurgents of the Jamaat-al-Muslimeen on July 27, 1990.  Photo by David Stanley (CC BY 2.0).

La Casa Roja (I) y los antiguos Cuarteles Policiales (D) en Puerto España, Trinidad. La Casa Roja fue atacada por insurgentes de Jamaat. Los antiguos Cuarteles Policiales también fueron atacados por una bomba. Foto por David Stanley (CC por 2.0).

La versión original de este artículo se publicó en el blog de la radio Caribbean Free el 27 de julio de 2010, por el vigésimo aniversario del intento de golpe de Estado perpetrado por Jamaat-al-Muslimeen en Trinidad y Tobago.

Empiezas por abandonar el país días antes del evento (no es que sepas lo que va a pasar). Cerca de 5 días está bien – digamos que el 22 de julio de 1990. Te aseguras de que tu destino está alejado de cualquier Comunidad Antillana establecida. El Norte de California es una opción factible.

En la mañana del evento, te sientas en la casa de campo de tu amiga de la Escuela Trinitaria de Medicina de Stanford, en Menlo Park, escribes un guión de televisión en la computadora Mac Plus de su novio, lo imprimes y lo llevas a un local de fotocopias cercano. Desde este local, envías por fax el guión a tus colegas en Trinidad, quienes, después de ese día, lo usarán para la grabación del segmento de un show de televisión en la cual trabajan juntos. El acto de enviar por fax también te introduce -vagamente- a la heroica narrativa de tus colegas en relación al evento, aunque, desde luego tu no lo sabes en ese momento.

Tomas el tren hacia San Francisco, te sumerges dentro de la ciudad como un turista, después en la tarde te ves con un amigo para volver a Menlo Park. Mientras viajas por la US-10, te estancas en el tráfico en plena hora punta y comienzas a jugar con el dial de la radio para encontrarte con el reporte de la National Public Radio sobre un intento de Golpe en tu país.

Te sorprende que justo en ese momento estén pasando un reporte de noticias acerca de una nación que no recibiría siquiera una escasa cobertura en algún noticiero norteamericano, ni en una radio pública, solamente esperas la típica canción publicitaria al final del reporte anunciando que lo que acabas de escuchar fue un segmento cómico. Pero, en vez de la canción, escuchas otro reporte sobre algo malo que sucede en otra parte del mundo, entonces te congelas por unos segundos. Intentas recordar si hace cinco días había habido algún signo o indicio de que algo iba a pasar. Decides que no lo hubo,

Todavía faltarían varios años para que tú o tu amigo  -o la mayoría de los ciudadanos en el mundo- pudieran adquirir un celular, mientras que tú sigues impaciente junto al tráfico hasta que llegas Menlo Park. Una vez allí, corres hacia la máquina contestadora con las luces parpadeantes indicando que tienes mensajes de voz. Te da gracia lo conciso del mensaje del amigo de tu hermana ubicado en Washington DC: “¡Hubo un golpe! ¡Llámame!”. Te preguntas como todos los trinitarios en la costa oeste habían logrado obtener el número de tu amiga. Devuelves llamadas. Respondes nuevas llamadas entrantes. Lamentas que nadie tenga una información real.

A pesar de que las líneas telefónicas hacia Trinidad están ocupadas, sigues intentando contactarte con tu familia, pero te aseguras de tener preparada una lista de preguntas, ya que las llamadas a larga distancia no son baratas,  y aún no se inventaron Skype ni Magicjack. Lamentas la ausencia de una verdadera comunidad antillana en el norte de California, tal como existen en Nueva York o Washington D.C. o aún en el sur de Florida o Atlanta, y discutes como esto limita el acceso a lo que acontece y a gente que conoce gente que había logrado contactarse con alguien que sabe lo que está sucediendo. Experimentas sensaciones de profundo aislamiento.

Continúas sintonizando radio NPR. Te aseguras de sintonizar un reporte de la NPR en el que un periodista que conoces es entrevistado en Puerto España acerca de los horrores que tu nación está atravesando mientras tú – sentada en el capó del carro en la playa Stinson, en la fascinante Marin Headlands-  contemplas el espléndido Pacífico y notas que, hasta ahora, este es uno de los momentos más bizarros de tu vida.

Abandonas California y te diriges a Nueva York. Aguardas allí y parece como si hubiesen pasado semanas – y quizás es cierto, puesto que no grabas todos tus viajes utilizando servicios como Dopplr y Triplt, que ni aún en sueños existen. Vez una y otra vez aquella única e inquietante imagen de la CNN desde la ciudad de Puerto España en la que una columna de humo se eleva en medio de la ciudad. Escuchas las estaciones de radio antillanas. Hablas con gente al teléfono, pero aún sientes que no tienes idea de lo que pasa en tu nación, excepto que los insurgentes se han rendido y se ha decretado un toque de queda. Escribes cartas (a mano, en papel, ya que estás todavía a unos cinco años de poder conseguirte una cuenta de e-mail) a amigos en varios lugares anunciando que podrías quedar varada en Estados Unidos.

Sientes una profunda envidia de tus dos colegas, quienes de hecho estaban filmando tu guión cuando recibieron la noticia, y quienes, junto con el resto del equipo suspendieron el trabajo, y se atrevieron a salir con una cámara para grabar los hechos del golpe.

Insistes con la aerolínea para conseguir un vuelo de retorno a casa. Finalmente aceptas un vuelo con conexión en Miami, aunque esto signifique pasar una noche horrorosa en el Aeropuerto Internacional de Miami.

Retornas a Trinidad. Te cuesta recordar, 25 años después, quién te recogió en el aeropuerto, lo que viste desde el carro que te llevaba a casa, lo que sentiste al cruzar la puerta de la casa que habías dudado volver a ver alguna vez.

Te preguntas si 25 años es realmente demasiado o si existe alguna otra razón por la que has dejado esos recuerdos a un lado.

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