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Mi cumpleaños

"We did not blow out the candles because there was no electricity." PHOTO: Joey Gannon via Wikimedia Commons

“No soplamos las velas porque no había electricidad”. FOTO: Joey Gannon a través de Wikimedia Commons.

Este artículo es parte de una serie especial de artículos de la bloguera y activista Marcell Shehwaro que describen las realidades de la vida en Siria durante el conflicto armado en curso entre fuerzas leales al régimen actual y las que buscan  derrocarlo.

12 de agosto de 2010

Abro Facebook y encuentro un saludo de cumpleaños. Aprovecho la oportunidad para devolver el saludo, compensando así los tres años en los que no le pude enviar saludos de cumpleaños. Esos son los tres años que él pasó en prisión por escribir en internet. Yo colaboraba con su sitio web. Se llamaba Akhawia.

Karim Arabji es un lindo amigo.

Durante tres años, jugaba con mi pastel de cumpleaños y soplaba las velas, deseando para él libertad y benevolencia. Lo dejaron libre y le envié un mensaje por Facebook. Le envié saludos de cumpleaños de manera formal que no transmitieron lo feliz que estaba de que estuviera libre. Y él me respondió de manera amable.

Esa fue nuestra última oportunidad de celebrar a Kareem, que murió luego de salir de la cárcel de un ataque al corazón a los 33 años, y nos dejó preguntándonos por los horrores que ese corazón debió haber pasado, qué lo hizo rendirse. Dejó este mundo poco antes de la revolución.

Mis deseos fueron muy, muy personales. Algunos se referían a la posibilidad de viajar a Estados Unidos, mis estudios, amor y vida. Y soplé las velas.

12 de agosto de 2011

Cada año, mi madre ponía a la familia en espíritu de cumpleaños para la ocasión. Nada podía convencerla de que habíamos crecido y que tal vez prefiriéramos celebrar nuestro cumpleaños en otro lugar y no en casa.

Para la cena, era siempre lo mismo: sandwiches del tamaño de un bocado, zaatar, espinaca y queso, pizzitas de las que alardearía que eran más sabrosas que las que se compran en el supermercado, taboula, pastel de chocolate con mi nombre y velas. La casa se arreglaba y ella invitaba a algunos parientes y amigos.

Hubo un regalo. Un collar con una mariposa (cuando era optimista, las consideraba un símbolo de fuerza y feminidad). Y mi hermana y yo estaríamos de acuerdo en el regalo que quería que me comprara.

Este año, mi madre hizo la celebración más grande aún. Ella estaba feliz, yo estaba bien. Durante la fiesta, me reprochó dulcemente por el terror que le había causado. Soplé mis velas, deseando que la revolución triunfara. Me cantaron en broma: “Fue un día oscuro cuando tú naciste”. Y parece que con el tiempo, empecé a pensar que realmente fue así.

Mis deseos: derrocamiento de Assad. Sospecho que ninguno de los rebeldes expresó otro deseo en su cumpleaños.

Luego tuve otro cumpleaños con mis amigos, mis amigos de la infancia.

Ese día, dejamos ver nuestras diferencias políticas y abordamos nuestras discusiones intelectuales con algo de timidez. Soplamos mis velas de cumpleaños por última vez.

12 de agosto de 2012

Después de la muerte de mi madre, no me pareció correcto celebrar en casa sin ella. Seguía usando ropa de luto. Mis amigos de infancia se olvidaron —o hicieron que olvidaron— mi cumpleaños- El miedo de que los asociaran conmigo se convirtió en el factor que definió nuestra relación. Nuestras diferencias pasaron a ser políticas. Se convirtieron en una dura diferencia ética, que ya no podía ser superada con humor o hasta sarcasmo.

En la mañana, tuve que asistir al interrogatorio semanal en la delegación de seguridad política. Le dije al interrogador lo ridículo que era que esto pasara en mi cumpleaños, y se rio estúpidamente.

Las celebraciones fueron con un nuevo grupo de amigos que conocí en los colegios de emergencia después de que la mitad de Aleppo quedó liberada y la otra mitad pasó a brindar ayuda humanitaria.

Mis deseos fueron que Bashar Al Assad se fuera, que parara el bombardeo a Aleppo y que terminaran los agotadores interrogatorios. Soplé las velas por última vez en la casa de mi familia en el oeste de Aleppo, que hasta hoy sigue bajo el control del régimen y que ni siquiera puedo visitar.

12 de agosto de 2013

He estado viviendo un tiempo en la parte liberada de Aleppo, rodeada de maravillosos amigos a los que durante la guerra llamé la “mitad llena del vaso”.

Siguen siendo como han sido siempre. Son amigos que no saben nada de mi niñez y que nunca han visitado la casa de mi familia —todo lo que nos une es la revolución. Ese día, el ISIS empezó sus primeros secuestros en mi ciudad. El día anterior, Abu Maryam había desaparecido y no sabíamos nada de la facción que se lo llevó y si de verdad lo habían secuestrado.

En mi cumpleaños, un “día negro” como todos los anteriores, Samar y Mohammed fueron secuestrados por el ISIS. Siguen desaparecidos.

Las celebraciones fueron interrumpidas por los sonidos de las explosiones, a las que nos hemos acostumbrado y que no nos molestan para nada. Los dulces que ofrecimos eran modestos. Por alguna razón, el ramo de flores hubiera estado bien en un funeral. Me trajeron otro ramo a través del peligroso cruce por el que podrías caer por disparos de un francotirador solamente por cruzarlo. Mi amigo lo cruzó para celebrar mi cumpleaños conmigo.

Mis deseos fueron regresar al Aleppo que conocía, que Abu Maryam estuviera bien y que ISIS desapareciera de mi vida. Mis deseos eran estrechos, del tamaño de mis preocupaciones locales. No pude tener deseos que abarcaran a todo el país. No soplamos las velas porque no había electricidad.

12 de agosto de 2014

Estoy en Gaziantep, en Turquía y no puedo regresar a Aleppo. Estoy obsesionada con la persona que amo y me preocupa perderlo. Nada en mí es saludable, si es correcto decirlo. Él convoca toda su energía para organizar un cumpleaños sorpresa para mí. Invita a amigos y a algunos parientes. Me compran regalos y eligen un lugar. Es difícil encontrar una sorpresa que encaje con lo que creemos que es mi “severa depresión”.

En el momento que entré a la fiesta y los vi a todos, no me sentí exultante de alegría. Por el contrario, estuve deprimida. Le reproché injustamente, al igual que todos mis episodios de rabia: “te dije que no quería celebrar”. En ese momento, empieza la música. La música turca me sobresalta. Nunca volveré a Aleppo. Me siento en una silla en el restaurante, rodeada por esos muchos amigos. Lloro. Me hundo.

Me voy de la fiesta.

12 de agosto de 2015

Es un día normal. Es lo que he decidido que haré para celebrar mi cumpleaños.
Tal vez me he acostumbrado a la vida en el exilio.

En la mañana, debo asistir a una conferencia sobre el rol de la sociedad civil.
En la tarde, tengo una sesión con mi terapista.

Y por la noche, me encontraré con amigos donde tendremos discusiones políticas sobre la moneda turca, la zona neutral y las protestas en las zonas costeras.

Absolutamente nada personal.

Sin deseos.

Sin velas.

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