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Historias de inmigrantes: Una vida a dos lados del Atlántico

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Natalia Carruego dejó su país, Argentina, hace una década y ahora vive en Reino Unido, donde cría a sus hijas a la manera sudamericana. Foto: Ana Hernández.

Este es el quinto de los encuentros que continúa la serie de entrevistas que exploran las experiencias de latinoamericanos que dejan su país de origen en busca de oportunidades nuevas que pueden leerse aquí. La entrevista fue publicada originalmente en el blog de Ana y en el anexo de este blog dedicado a entrevistas. En esta oportunidad, Ana conversa con Natalia Carruego, una argentina que dejó su país hace ya algo más de una década. Para Natalia la experiencia ha supuesto una vida en dos mitades, dividida por el Atlántico

Natalia Carruego nació en Buenos Aires. En un pueblo que se llama Quilmes, el de la cerveza, pero se crió en Temperley a unos diez kilómetros; zona Sur del Gran Buenos Aires.

Cuando Natalia, que era bailarina, cumplió los 16 años recibió una beca para bailar en Tenerife, España. Pero la fuerza familiar la retuvo en Argentina hasta la veintena, tiempo en el que se decidió a probar suerte por su cuenta. Primero en Madrid y más adelante en Levante. Con los años, Natalia, la bailarina, estudiaría Educación Primaria y Logopedia.

“Viajé de Argentina a España porque siempre tuve interés por Europa. Vine a ciegas, y quizá de haberlo sabido no hubiera venido. Dejé España por Reino Unido después de ver quebrar la empresa para la que trabajaba allí”.

Para Natalia, emigrar “saca lo mejor y lo peor de uno. Se conoce a la persona en todo su potencial. Se reacciona distinto, no están los amigos de toda la vida, hay distancia, presión y la creencia de que un trabajo que no te gusta es un puente para llegar a donde se quiere. Es duro”.

El precio que se paga por estar fuera es muy alto. Dejas muchas cosas atrás, entre ellas los afectos. Porque al emigrar no solo cuentas tú, sino que condicionas a toda tu familia; no es una decisión que te competa a ti únicamente. Directa o indirectamente eres un poco juez de todos ellos y a partir de ese momento vas a tener abuelos ausentes, tíos y padres ausentes. Amigos, primos y sobrinos que no están presentes”.

Y aunque los lazos son verdaderos, prosigue, “es muy difícil vivir con el corazón partido. No hay día que no me acuerde de mi familia. Qué bonito si estuvieran ellos aquí para ver esto o aquello, qué bello hubiera sido que no se perdieran la primera palabra de mi hija”.

En la década del 90, cuando Natalia era una adolescente en Buenos Aires, las cosas eran distintas. “No había la inseguridad de ahora, las poblaciones y los comercios eran menores, la política en sí misma era de otra forma. Ahora no hay políticas inclusivas, no hay forma de abarcar tanta desigualdad social. Además, están la poca tolerancia y la corrupción, que hay muchísima, pero mientras tanto el gobierno de (Cristina) Kirchner habla de haber hecho igualdad social, aunque los hechos demuestran lo contrario. Hay zonas con escuelas cerradas, y es que hay que saber ver que Argentina no es solo Buenos Aires”.

También se han empezado a llamar las cosas por su nombre. “Ahora la violencia de género es violencia de género, existe la cadena perpetua, y la homosexualidad sigue tapada en un país donde es obligatorio votar, donde te penalizan si no lo haces. Te tienes que presentar. Un país donde la función del Gobierno es dividir, donde las reuniones de familia acaban en peleas, donde hay que evitar según qué conversaciones. Un país donde matan al fiscal federal un día antes de que fuera a declarar”. Un país que, a pesar a todo o tal vez gracias a ello, Natalia ama. Del que no deja de estar en contacto gracias a las redes sociales, la TV Argentina Online (TN.com), o periódicos como La Nacion y Clarín.

Natalia, que vive en Bristol, Reino Unido y asegura que cría a sus hijas a la sudamericana: no les deja beber alcohol, no les permite ir con una falda que no se podría llamar ni falda por lo corto, tampoco acepta que se vayan de casa a los 16 años como muchos adolescentes británicos hacen. Y para nada comparte llevar a una nena de seis años a hacerse la manicura. “Todo eso, no”.

Ni eso ni morirse en Reino Unido. “Me gustaría volver”, dice esta argentina a la que hace unos días le hicieron una pregunta que le movilizó. ¿Adónde te gustaría teletransportarte?

A casa. Me vi en Argentina, con mi familia y mis amigos. Me vi con todos aquellos a los que he prohibido ir al aeropuerto cada vez que me voy porque es todo más difícil si vienen, porque después de cada despedida pienso ¿nos volveremos a ver? Porque pasa algo y yo no llego. No llego a nada, aunque estoy feliz porque nos amamos online, pero uno necesita lo físico. Pelearme con mi mamá, con mi papá, abrazarse después. Me faltan las reuniones familiares con el asado argentino. Porque aquí, en Reino Unido, son eternas despedidas. Conoces a gente, te involucras y acaban por marcharse. Como si todos estuvieran de paso”.

Natalia, que es lo mismo añoranza que alegría, no deja de pensar que cuando sus hijas crezcan y sean grandes. Se repetirá la rueda. “Ellas aquí y yo allí”.

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