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A más de 40 años de su asesinato, la obra de Víctor Jara continúa siendo clave para entender el poder

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Mural a Víctor Jara, pintado en el galpón que lleva su nombre. Barrio Brasil, Santiago, Chile. Fotografía compartida bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0

La semana del 14 de septiembre se conmemoraron en Chile 43 años de la muerte de Víctor Jara, el cantautor chileno asesinado luego del golpe de Estado que sacó de la presidencia a Salvador Allende

Sin embargo, las reflexiones en torno al significado de su música y su legado no se desvanecen, incluso después de los numerosos cambios políticos y sociales que ha vivido Chile en las últimas décadas. Los homenajes rinden tributo a la obra de Jara en las redes y evidencian cómo sus letras y sus canciones fueron lenguaje de denuncia que quedó en silencio durante el régimen militar encabezado por Augusto Pinochet.

Jara fue la cara principal de lo que se conoce hoy como la Nueva Canción Chilena, el género musical que buscó retar a la conservadora élite política del país. A través de sus canciones, el cantautor atacó debates políticos nacionales e internacionales de la época, como el que se tejió en torno a la Guerra de Vietnam y los derechos de hombres y mujeres trabajadoras en Chile. Como ejemplo puede tomarse A desalambrar: 

 

Yo pregunto a los presentes
Si no se han puesto a pensar
Que esta tierra es de nosotros
Y no del que tenga más;
Yo pregunto si en la tierra
Nunca habrá pensado usted
Que si las manos son nuestras
Es nuestro lo que nos dé.
A desalambrar, Victor Jara.

Jara se mostró siempre crítico frente a la desigual división del poder en Chile, y apoyó de modo abierto y activo a Salvador Allende, que ganó las elecciones presidenciales en 1970. La elección de Allende tomó a las alianzas internacionales por sorpresa, al ser el primer gobierno socialista que llegara al poder en medio de la Guerra Fría. Del mismo modo, sus reformas sociales y políticas fueron tomadas como retos dentro de las élites políticas en Chile y en Estados Unidos, que tenían intereses económicos en el país.

Un final trágico

La oposición a Allende, que había creado tensiones fuertes en el país culminó con el golpe militar encabezado por Augusto Pinochet. Las versiones oficiales acordaron finalmente que Salvador Allende se suicidó mientras las tropas se acercaban a su residencia. Al día siguiente Víctor Jara fue llevado junto con muchos otros al Estadio Chile (hoy Estadio Víctor Jara), donde fue torturado y asesinado.

La historia se revive con más fuerza este año luego de que en abril, el ex-militar chileno Pedro Barrientos haya sido juzgado como uno de los autores materiales del asesinato. En 1973, según Barriendos: 

[Victor Jara] fue reconocido por el personal militar instalado al interior del Estadio Chile, siendo separado del resto de los prisioneros, para ser llevado a otras dependencias ubicadas en los camarines, ocupadas como salas de interrogatorios, donde fuera agredido físicamente, en forma permanente, por varios oficiales.

Boris Navia, en sus últimas horas de Víctor Jara, narra también lo sucedido:

Y llegamos al fatídico sábado 15 de septiembre de 1973. Cerca del mediodía tenemos noticias de que saldrán en libertad algunos compañeros. Frenéticos, empezamos a escribirles a nuestras esposas, a nuestras madres, diciéndoles solamente que estábamos vivos. Víctor sentado entre nosotros me pide lápiz y papel. Yo le alcanzo mi libreta, cuyas tapas aún conservo. Y Víctor comienza a escribir, pensamos en una carta a Joan su compañera. Y escribe, escribe, con el apremio del presentimiento. De improviso, dos soldados lo toman y lo arrastran violentamente hasta una de las casetas de transmisión…

El testimonio continúa contando parte de los abusos y las torturas hacia Victor Jara. Lo que sigue es el encuentro con el cuerpo sin vida del cantautor y de otros detenidos; y una visión sobre lo que pudo salvarse luego de esta trágica experiencia:

Esa misma noche y al buscar una hoja para escribir, me encontré en mi libreta, no con una carta, sino con los últimos versos de Víctor, que escribió unas horas antes de morir y que él mismo tituló “Estadio Chile”. Inmediatamente acordamos guardar este poema. Un zapatero abrió la suela de mi zapato y allí escondió las dos hojas del poema; antes yo hice dos copias de él […] Sin embargo […] descubren los versos de Víctor y bajo tortura obtienen el origen del poema, llegan a mí y me llevan al velódromo, transformado en recinto de interrogatorios […] Mi suerte estaba echada. Y comienzan las torturas destinadas a saber si existían más copias del poema […] ¿Por qué a los fascistas les interesaba tanto el poema? Porque a cinco días del golpe en Chile, el mundo entero, estremecido, alzaba la voz levantando las figuras de Salvador Allende y Víctor Jara y, en consecuencia, sus versos de denuncia había que sepultarlos.

“Mi canto es un canto libre”

Frente a estos hechos de violencia, la pregunta sobre la influencia de la música y su modo de incomodar al poder permanece en el pensamiento de muchos latinoamericanos. ¿Qué tanto puede dañar la música de protesta a los dirigentes? Mucho. La historia de Víctor Jara es una prueba. La música puede llegar a un nivel sofisiticado de dominación en la imaginación de las personas. Incluso puede brindar vías de liberación para muchas clases de opresión, algo de mucho peligro para quienes buscan engarzarse en el poder político.

El filósofo Antonio Negri ayuda a entender estas ideas y el modo en el que están presentes en la obra de Jara:

La emancipación es la lucha por la libertad de la identidad: la libertad de ser quien verdaderamente [ya] eres; la liberación apunta a la libertad de la autodeterminación y autotransformación: la libertad de determinar lo que [nunca fuiste y]  puedes devenir.

Los temas cantados por Jara cubrían temáticas sobre el poder y la liberación que han tocado muchas fibras dentro de la cuestión latinoamericana: la revalorización del trabajo, la revitalización de las lenguas locales, el encauzamiento del diálogo, el amor hacia quienes nos rodean o hacia la tierra, que muchas tradiciones regionales ven como nuestra madre y protectora.

Las composiciones de Victor Jara apuntaban también a las dominaciones que se presentaban como cotidianas. Pero no se conformaba con describir la pugna entre lo que busca el colectivo y lo que ofrece la sociedad. Jara invitaba a pensar un mundo futuro donde nuevas formas de relacionarnos tuvieran vida, una especie de proyecto implícito en el cual los latinoamericanos podían llegar a ser lo que nunca habían sido.

Jara comparó estos llamados individuales de libertad con eslabones en una larga cadena colectiva en su Canto Libre:

Mi canto es un canto libre
que se quiere regalar,
a quien le estreche su mano,
a quien quiera disparar,
Mi canto es una cadena
sin comienzo ni final
y en cada eslabón
se encuentra el canto de los demás.

Canto Libre, Victor Jara.

“Víctor Jara vive”

Esta manera de ver el mundo incomodaría profundamente al gobierno de Pinochet y su visión del poder como dominación. Aprender a mirar las dictaduras latinoamericanas por los intereses en conservar las relaciones asimétricas también permite valorar las aportaciones de trovadores como Victor Jara. Este mensaje resonó a pesar del tiempo y la censura, como lo cuenta Joan Jara, compañera del cantautor y cabeza de la Fundación Víctor Jara, creada en 1993:

[… La memoria] de Víctor nunca se fue de Chile. Pero en el fondo pasó 20 años absolutamente clandestino aunque de alguna forma muy presente. Fueron los jóvenes que no habían conocido a Víctor que mantenían su memoria. Me quedé impresionada cuando visité Chile en los años 80 por la presencia de Víctor entre los jóvenes: conocían sus canciones a pesar que no se escuchaban en las radios. Seguía la censura, una censura en los medios de comunicación. Una especie de autocensura.

Hoy en día, resulta vital identificar el poder de toda música. Sobre todo de aquélla que surge en músicos que piensan en poder transformar su entorno. La música de Victor Jara encuentra eco en muchas partes de América Latina, por su increíble capacidad de musicalizar el futuro por venir. Al menos así lo transmiten quienes participan en el homenaje anual conocido como Mil Guitarras para Víctor Jara, que cada año recuerdan al músico y rescatan la memoria que la dictadura creyó arrebatarles.

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