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Una escuela en Estados Unidos enseña a los padres coreanos «cómo abrazar»

The Duranno Father School teaches stoic Korean dads how to be more involved and loving parents.  The program includes a literal lesson on how to hug.  Credit: Courtesy of the Duranno Father School

La Escuela para Padres Duranno enseña a estoicos padres coreanos a estar más involucrados y ser más afectuosos con sus hijos. El programa incluye una clase literal sobre cómo abrazar. Crédito: Cortesía de la Escuela Duranno para Padres.

Este artículo y reportaje de radio de Heidi Shin para The World apareció originalmente en PRI.org el 28 de octubre de 2015, y se republica aquí como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos.

«No estoy habituado a dar abrazos», dice Jason Chang, de 47 años. «Al ser un chico coreano, cuando estaba creciendo, mi padre y mi madre, nunca nos abrazábamos».

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Chang es un estudiante de la Escuela Duranno para Padres en Centreville, Virginia, hogar para una comunidad coreana en aumento. La Escuela de Padres es un retiro de cuatro días de varias actividades, diseñado para transformar a estoicos padres coreanos en progenitores más afectuosos e involucrados. El estudiante más viejo tiene alrededor de 70 años, el más joven solo 27, y casi todos tienen algo en común: sus mujeres les hicieron ir.

«Básicamente ella me apuntó y dijo, esta es la fecha de comienzo. Hazlo», confiesa Chang. «Pero estoy contento de haberlo hecho». Tenían deberes, ya sabe, que no haría normalmente. Me aportó algunos conocimientos».

Students are asked to reflect on their experiences with their own fathers -- and what they're like as dads themselves. Credit: Heidi Shin. Used with PRI's permission

Los estudiantes tienen que reflexionar sobre sus experiencias con sus propios padres, y cómo son ellos mismos como padres. Crédito: Heidi Shin. Usado con el permiso de PRI.

Estamos en una sala de feligreses de una iglesia, donde una banda en directo toca himnos cristianos modernos, y los hombres cantan, seguido de sermones y actividades, que incluyen una lección sobre literalmente cómo abrazar. Un brazo aquí, acerca a la otra persona, y sin palmadas en la espalda. Después hay debates en grupos pequeños que se parecen tanto a una terapia de grupo como a un apiñamiento en el vestuario.

Un voluntario de alrededor de 40 años le habla a un hombre más joven de cerca de 20. «¿Cree que su padre le quería?», pregunta. El hombre joven hace una pausa, y el mayor responde por él. «Sí. Simplemente no sabía como comunicarlo».

Una iglesia en Seúl en los años 90 creó la Escuela Duranno para Padres, como respuesta a una epidemia de padres ausentes en Corea del Sur. Los hombres coreanos se encuentran entre los que trabajan más horas en el mundo desarrollado, los valores de Confucio les encomiaban a no expresar sus emociones, y para algunos, era la norma para disciplinar físicamente a sus hijos.

Al tercer día, algunos estudiantes habían abandonado la escuela. Pero aquellos que se quedaron son sorprendentemente honestos en lo que comparten. La mayoría dicen que se han sentido decepcionados por sus propios padres, uno se preocupa por su hijo adolescente, y otro confiesa que no ve mucho a sus hijos adultos. Unos pocos admiten con disgusto que han acabado siendo muy parecidos a sus propios padres.

At the Father School graduation, men wash their wives' feet, just as Jesus washed the feet of his disciples in the Bible. Credit: Heidi Shin. Used with PRI's permission

En la graduación de la Escuela para Padres, los hombres lavan los pies de sus esposas, de la misma forma que Jesús lavaba los pies de sus discípulos en la Biblia. Crédito: Heidi Shin. Usado con el permiso de PRI.

Y la escuela no trata solamente sobre ser mejor padre. Los hombres tienen deberes, como escribir cartas a sus esposas, y compartir una lista de 20 razones por las que las aman. Denles el tipo de atención que les daban cuando estaban saliendo, les urge el instructor.

Uno de los hombres comparte la carta sincera que le ha escrito a su esposa. Desde que se fue a Estados Unidos hace cuatro años, admite que la vida ha sido más dura de lo que esperaba. «Viviendo en un departamento pequeño con niños, sin ser capaz de hablar la lengua o encontrar trabajo», dice, «nos cansamos, y dijimos más palabras hirientes de las que pensábamos».

Como se puede ver, ser padre es duro, y las cargas de la vida de los inmigrantes solamente lo empeoran. Así que se puso en marcha una versión de la Escuela Duranno para Padres en Estados Unidos al comienzo de los años 2000. Una versión coreana se enfrenta a las necesidades de inmigrantes más recientes, mientras que una escuela en inglés sirve a la siguiente generación. A través de los años, la escuela se ha expandido a más de 40 países alrededor del mundo, con más de 300.000 graduados.

De hecho, todo el personal de la escuela está compuesto de graduados. Los hombres veteranos dicen que no quieren ver a padres más jóvenes repetir sus errores. Se ponen delantales y sirven café, mientras comparten sus propias historias en los descansos. Francamente, dicen que es fácil volver a ser quienes eran en materia de meses, pero volviendo como voluntarios, hay una comunidad que les rinde cuentas, dice el alumno Dave Lee.

«Aunque vuelvo a caer algunas veces,» dice, «gracias a esta escuela, me he acercado más a mi familia — mi mujer y mis hijos. Soy capaz de reflexionar sobre las cosas que he hecho mal, o que podría haber hecho de forma diferente».

A couple poses for their graduation photo at the Duranno Father School. Credit: Heidi Shin. Used with PRI's permission

Una pareja posa para su foto de graduación en la Escuela Duranno para Padres. Crédito: Heidi Shun. Usado con el permiso de PRI.

Las familias son invitadas a acompañar a los padres para su ceremonia de graduación. Los hombres se ponen las distintivas camisas rayadas de árbitro de la escuela, como un símbolo de su transformación. Al final de la noche, los hombres salen en fila con toallas sobre sus hombros. Se arrodillan ante sus esposas y lavan sus pies cuidadosamente, como Jesús lavaba los pies de los discípulos en la Biblia. Las mujeres se inclinan hacia delante en sus asientos, secándose los ojos con pañuelos.

Conozco a una mujer de alrededor de 50 años, mientras se coge del brazo de su marido y espera en fila por las fotos de graduación. Está sosteniendo flores y deseosa de hablar sobre los cambios que ve en su esposo. «Saben, a los hombres coreanos les gusta beber». Dice que su marido ha accedido a beber menos, y está encantada. «Estoy tan feliz de saber esto. Sí, muy, muy feliz».

Los padres ponen los brazos alrededor de sus hijos, y sonríen a la cámara — sus esposas parecen aliviadas y esperanzadas. Mientras tanto los empleados ya se están moviendo, reclutando nuevos graduados para unirse a las filas de voluntarios en las Escuelas para Padres.

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