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Tras los ataques en París: Para que sea unidad, no puede ser parcial

Paris rally in support of the victims of the 2015 Charlie Hebdo shooting, 11 January 2015. Photo by D B Young via Wikimedia Commons.

Manifestación en París en apoyo a las víctimas del tiroteo en Hebdo, 11 de enero de 2015. Foto de D B Young vía Wikimedia Commons.

Los ataques en París del viernes 13 de noviembre, y los ocurridos en Beirut el día anteror me golpearon fuerte. Atascada con unos amigos en un bar no muy lejos de uno de los restaurantes atacados, me preguntaba por qué el objetivo eran calles comunes y corrientes con apenas un par de restaurantes. Por qué un estadio a donde va gente común y corriente. No hubo ataques a los grandes símbolos. Nada contra la Torre Eiffel. Nada en los Campos Elíseos. En cambio, los objetivos fueron lugares donde París muestra sus múltiples colores y tendencias. Fue un golpe directo cuyo objetivo éramos todos nosotros. Aunque todavía no tengo una idea muy clara de quiénes somos “nosotros”.

Llegué a París hace siete años para estudiar educación y trabajar en una tesis que todavía no he terminado. Y es gracioso que ahora esté en este camino de convertirme en una especia de investigadora en educación y aprendizaje aquí, porque casi todo lo que he hecho desde que llegué ha sido precisamente eso —aprender. He aprendido cómo ser extranjera, cómo luchar por mis estudios, por trabajo, por papeles.

También he aprendido lo que es vivir en esta ciudad famosa y sus partes que pocas personas afuera conocen. He aprendido sobre el exquisito París árabe. Y el París antillano, y el París africano. Y también del París de los grupos conocidos diversamente como expatriados, migrantes y extranjeros (que, graciosamente, no es lo mismo, aunque vivan realmente muy cerca). En muchas maneras renací en París, que me he dado cuenta no es solamente una ciudad o un símbolo (usado en exceso), sino también un centro multicolor, multicultural, multiétnico.

Soy también una orgullosa venezolana que ahora ve su país desde lejos, pero lo mantiene cerca. Yo misma soy una mezcla de colores y opiniones que nunca dejan de moverse. Así que también soy parte de los diferentes colores y nacionalidades que vuelan alrededor de esta ciudad y la convierten en lo que es.

Desde que llegué a París, he seguido interminables discusiones sobre orígenes, colores de piel, orígenes y creencias religiosas. Parte de mi trabajo se basa en —entre todos los temas— sensibilidad intercultural. Estas conversaciones son emotivas, y por lo tanto incómodas. Pero son necesarias. Y digo esto porque parece que dividir el mundo entre “nosotros” y “ellos” no sirve. Y nunca ha servido. En realidad, la creación artificial de diferencia es lo que aviva todo esto. Y así es como aprendemos a vernos a “nosotros” y “los otros”, y este es el lente a través del cual hemos estudiado historia y visto las noticias. “Nosotros” y “ellos”. “Acá” y “lejos”. No creo que podamos ya darnos el lujo de seguir viendo el mundo así —asumiendo que alguna vez hayamos podido— y mantener esta negación de la realidad.

Si hay algo que impacta a muchos amigos y parientes que vienen de visita es la diversidad de una ciudad que pensaban que era predominantemente blanca. Pero si hay algo que me impacta en mi actual trabajo de investigación es la forma en que se citan regiones fuera de Occidente en libros sobre estudios/educación/intercambio interculturales. Menciones al “Tercer Mundo” son comunes. Se usan diferentes palabras para describir trabajo e investigadores de Europa y Estados Unidos de quienes vienen de Asia o África. El mundo afuera de la visión inmediata es un gran monolito borroso que carece de la complejidad que atribuimos a nuestro propio entorno. La palabra “intercultural” se pone cada vez más de moda, pero el asunto sigue siendo borroso y las discusiones demasiado simples como para ser útiles para abordar los desafíos que ahora enfrentamos.

Lo que he concluido en medio de todo esto es que los amigos tienen muchas caras, y lo mismo pasa con los adversarios. Víctimas y perpetradores vienen en muchos colores y usan toda clase de ropas. La tradición de marcar a alguien, o de ponerlo en una caja se hace menos efectivo segundo a segundo. Y por más que los medios guarden silencio sobre otros ataques y otras víctimas, nos afectan a todos, profundizan este conflicto. En el contexto actual, aunque nadie vea caer el árbol, hace bulla, hace que el suelo se mueva bajo nuestros pies. Aunque poca gente quiera hablar sobre discriminación y abuso, esas cosas siguen pasando.

Es por eso, creo, que ha sido muy fácil decir que el ataque es contra “nuestros” valores. No sé qué valores son esos, y no estoy segura de quiénes somos “nosotros”. Desplazándome hacia arriba y abajo en Facebook, leyendo impresiones, testimonios, opiniones, estadísticas, veo que la mayoría de las víctimas de los ataques son personas de todos los colores, y de más de 15 nacionalidades. También veo que algunos de los perpetradores eran ciudadanos franceses. Igual que los perpetradores que atacaron las oficinas de Charile Hebdo. Lo que pienso ahora es que estamos viendo de cerca el peligro que viene de deshumanizar a otros, y de tratar de identificarlos con una calidad o dos. También veo que crece una especie de retórica nacionalista, banderas y símbolos, y puedo ver a otros temiendo a esos símbolos que no evocan sentimientos de paz, sino de separación y venganza.

También leo sobre tantos jóvenes aislados por imágenes de éxito que venden los medios, y que niegan la dignidad por parte de sus propios compatriotas. Cuando encuentro investigaciones referidas a violencia en colegios que discuten educación intercultural en términos de “integración”, cuando camino por mi barrio y veo grupos de jóvenes que se quedan ahí por horas, aparentemente no haciendo más que fumar, cuando converso con amigos que enfrentan discriminación lisa y directa, pienso que las conversaciones tienen que ir mucho más allá.

No es que sea una discusión fácil, en modo alguno. Llamar a la unidad tiene perfecto sentido. Pero la unidad de que la que hablamos ha quedado dañada por algún tiempo. Profundizar esas separaciones bajo un llamado a la unidad que solamente puede empeorar las cosas y mantener la narrativa de que algunas víctimas importan más que otras avivará las cosas aun más.

Si va a haber unidad, no puede ser parcial. Para mí, es imposible ver esto y no pensar en la tragedia que se sigue repitiendo en mi país, Venezuela, con una cantidad similar de muertes violentas, excepto que en este caso es por semana.

Aunque estos escenarios pueden ser bastante diferentes, se conectan con el hecho de que el rol de los jóvenes, y quienes los sirven, es crucial. Me doy cuenta de que no es sorprendente para una investigadora de ciencias de la educación defender la educación en este momento. Pero no veo cómo podemos superar esto sin preocuparnos por una generación actualmente atrapada en la desesperación económica y política de la identidad.

Mi esperanza está en que los pensadores públicos del país, en quienes confío, usen su espacio en los medios para recordar al país los asuntos urgentes, y también en esta nueva generación de franceses. Que acepten los valores de paz, y que no caigan en la trampa de quienes desean usarlos para beneficio político.

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