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El conflicto sirio no se robará mi Navidad

Marcell Shehwaro reminisces on a Christmas in Syria. Photograph taken in 2009 in Syria by Charles Roffey, shared  on flickr under CC BY-NC-SA 2.0

Navidad en Siria. FOTO: Charles Roffey, publicada en Flickr con licencia CC BY-NC-SA 2.0.

Este artículo es parte de una serie especial de artículos de la bloguera y activista Marcell Shehwaro, que describen las realidades de la vida en Siria durante el actual conflicto armado entre fuerzas leales al actual régimen, y quienes buscan derrocarlo.

La Navidad tenía un significado especial en mi familia, lleno de rituales espirituales y familiares. De niñas, mi hermana Leila y yo nos turnábamos a lo largo de la noche estando atentas a Papá Noel, esperando atraparlo “con las manos en la masa”. No puedo recordar claramente cuándo nos dimos cuenta de que era un truco de nuestros padres, o cuándo encontramos todas las cartas que le escribimos a lo largo de los años, bien guardadas por nuestros padres. Incluso ya de grandes y sabiendo que Papá Noel no existe, mi madre insistió en que intercambiar los regales debajo del árbol quedara como un ritual anual. Un ritual que acabó, obviamente, después de que ella se fue.

A comienzos de diciembre, ella nos preguntaba a cada una qué necesitábamos, qué queríamos y se aseguraba de que cada uno comprara regalos para los demás. Pasaba la mañana de Navidad intercambiando regalos y cartas, después de lo que cual yo pasaba horas alistándome. El peinado, el maquillaje, la ropa nueva. Yo seguí comprando ropa nueva —“ropa de Navidad”— todos los años hasta que tuve 28 años. Estaba muy colorida en Navidad. Mi pelo, en contra de lo establecido, estaba bien peinado. Practicaba usar diferentes colores en mis párpados. A veces hasta llegaba a ir a dibujarme el tatuaje de una mariposa en el hombro —“¡es Navidad!” Luego iba a misa, seguida de una fiesta donde aparecía Papá Noel y nos daba globos y sombreros, y cantábamos y bailábamos “Jingle Bells”.

Cuando mi padre murió, muchos rituales navideños desaparecieron de nuestro hogar. El árbol desapareció, por ejemplo, pero mi madre conservó los rituales de amor y entrega de regalos, al igual que su insistencia cada año de que fuéramos a celebrar con nuestros amigos y que la dejáramos sola. Ahora lamento todas las veces que la dejé sola, en mi adolescencia, para salir a celebrar con amigos.

Después de que mi hermana se casó y tuvo su primer hijo, la Navidad recuperó su aire familiar y mi madre recuperó su sonrisa. El ritual de decorar el árbol regresó y celebraba con los nietos. La cantidad de cartas a Papá Noel aumentó y todos nos volvimos creativos para inventar nuevos escenarios para que Papá Noel apareciera y repartiera los regalos.

Entonces empezó la revolución.

La primera Navidad es tan común y corriente como fue posible. Trato de ignorar la amenaza inminente y tengo una Navidad familiar común y corriente, tratando de calmar los temores de mi madre y sus deseos que yo estuviera a salvo.

Al año siguiente es imposible ignorar todo eso. Mi último día en nuestra casa es Año Nuevo. Las fuerzas de seguridad ya me seguían los pasos por lo que yo escribía, y por lo que algunas personas —personas con quienes pasaba Navidad, cantando, bailando y celebrando— escribían a las fuerzas de seguridad sobre mí.

Ese fue mi último día en la parte oeste de Alepo que, a la fecha, sigue bajo control de Assad, lo que hace que me sea imposible ir allá. Crucé la frontera a Turquía y volví a entrar por el lado liberado de la ciudad. Para cruzar entre los dos territorios tuve que usar una identidad falsa y disfrazarme con una bufanda para la cabeza. Y para evadir al francotirador que tiene en la mira a quienes cruzan, tuvimos que correr entre dos puntos de cruce. Esos fueron los cinco minutos más peligrosos de mi vida. Cruzar, sin ningún objetivo que valiera este sacrificio salvo el “recuerdo del Año Nuevo”. La Navidad como un acto de resistencia —no los iba a dejar que me robaran mi Navidad.

El año siguiente encuentra a ISIS tras de mí. Es muy peligroso para mí, como cristiana, estar en zonas donde andan libremente, secuestrando revolucionarios, primero a los musulmanes entre ellos. Pero a pesar del peligro, insisto en armar un árbol de Navidad en mi casa. En época de guerra, no hay un sitio en el que se pueda comprar fácilmente un árbol de Navidad.

Crucé de manera segura al otro lado: un “milagro de Navidad”, tal vez. Y celebré Navidad y Año Nuevo con los amigos que me querían tanto que se arriesgaron a celebrarlo conmigo. Luego regresé a la parte liberada de Alepo, en la que fue la última visita a mi casa, a esas calles y a la Navidad tal como la conocía.

En la misma época de ese año, ocurre otro milargo en mi ciudad: mi mejor amigo sobrevive a un bombardeo en una fiesta de Año Nuevo. Sigo agradecida por eso. El milagro más bello de mi vida.

El año siguiente encuentra a ISIS tras de mí. Es muy peligroso para mí, como cristiana, estar en zonas donde andan libremente, secuestrando revolucionarios, primero a los musulmanes entre ellos. Pero a pesar del peligro, insisto en armar un árbol de Navidad en mi casa. En época de guerra, no hay un sitio en el que se pueda comprar fácilmente un árbol de Navidad. Tuve que comprarlo en Turquía, a un precio que apenas podía pagar. Envolví sus varias partes con ropa y lo metí a hurtadillas hasta Alepo. Escondí las decoraciones dentro de cajas de papel higiénico. Dos horas de camino durante las cuales fingí confianza en cada punto de control para que no rebuscaran entre mi ropa y mi árbol escondido no quedara al descubierto.

En un punto de control a la entrada de la ciudad, un guardia pregunta: “¿Para quién es esta maleta?”

Es mía. Me muevo para abrirla, pero el conductor responde: “Es para la mujer”.

El guardia pierde interés en rebuscarla, y paso sin peligros a Alepo. ¿Otro milagro? No lo sé.

Reúno amigos a mi alrededor. La mayoría está decorando un árbol de Navidad por primera vez aunque el ritual no tiene significado religioso para ellos, vinieron y se quedaron para compartir mi alegría.

Jawad, el más raro de todos, dice alegremente: “Las fiestas cristianas son muy agradables”. Y todos reímos.

Ali, mi amigo del Ejército Sirio Libre, se acerca cargando un regalo que quiere que ponga debajo del árbol. Lo agarro —estoy pasmada de terror. Una pistola pequeña: “No es nada. En el caso que vengan por ti”,— se refiere al ISIS– “no los dejes que te lleven viva”.

La idea es aterradora. Es aterrador que alguien que te quiere sugiera que te suicides. Se da cuenta de que no puedo matar, así que ni trata de convencerme de defenderme. Al final, se robaron la pistola junto con la computadora portátil y otras cosas en la casa, y nunca necesitamos usarla. Un milagro, otra vez.

Hoy ese árbol está en el barrio de Al Sukkari; en una casa cuyo dueño selló con ladrillos antes de huir no sabemos a dónde.

Tal vez de eso se trate la Navidad.

Ser ingenuo entre la gente que quieres, desafiando la muerte y la soledad.

Ignorar el hecho de que Papá Noel en realidad son tus padres.

Enfrentar la posibilidad de disparos de francotirador para poder pasar la Nochevieja con amigos.

Hacer pasar a hurtadillas un árbol de Navidad a través de puntos de control de ISIS.

Fijar metas para el Año Nuevo, sabiendo que podrás lograrlas.

Rezar con el corazón para que las puertas no se cierren en la cara de los refugiados de tu país como se cerraron en la cara de María y José en Nochebuena.

Buscar y encontrar una manera milagrosa de insertar un recuerdo extremadamente doloroso y pintarle algo de amor encima.

Tal vez la Navidad sea eso. Ser suficientemente ingenuo como para escribir una carta deseando “libertad”.

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