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“Nadie conoce sus historias”: Una psicóloga butanesa-estadounidense les da voz a los refugiados de su país

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Luna Acharya Mulder en su hogar a las afueras de Boston. Créditos: Jeb Sharp. Utilizada con la autorización de PRI.

Este artículo escrito por Jeb Sharp para The World apareció originalmente en PRI.org el 23 de diciembre de 2015 y se publica aquí como parte de un acuerdo para compartir contenidos.

Luna Acharya Mulder tuvo una infancia bastante inusual. Llegó a Estados Unidos desde Bután en 1987, cuando tenía cinco años. Su padre, Tilchand Acharya, había aceptado un trabajo en las Naciones Unidas, en Nueva York. Cuando volvieron a Bután de visita un par de años más tarde, su país se encontraba en crisis.

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“Desde el punto de vista de una niña pequeña, no comprendía totalmente lo que ocurría”, me comenta durante una entrevista en su hogar en las afueras de Boston. “Historias de cómo habían destruido sus casas, incendiado colegios y encarcelado a montones de personas”.

Bután había comenzado una violenta campaña en contra de la población étnica nepalí. Durante los siguientes años, el gobierno exilió a más de 100.000 de sus propios habitantes, lo que incluyó al resto del círculo familiar de Mulder. Recuerda estar bastante lejos, en Nueva York, y escuchar a sus padres explicarle que sus abuelos, tías, tíos y primos ya no estaban en Bután, sino que en campamentos de refugiados en Nepal. Lo que significaba que ella y su familia inmediata estaban viviendo en el exilio.

“Teníamos una foto enmarcada del ex-rey de Bután en nuestra sala de estar”, me comenta. “Recuerdo claramente cuando mis padres la quitaron y la quemaron en la cocina”.

La siguiente vez que fueron a “casa”, no fueron a Bután, sino a un campamento de refugiados al este de Nepal. Allí encontraron a sus familiares viviendo en condiciones terribles.

“Era todo muy sucio, con mucho calor, sin electricidad, sin agua potable, con mucha gente”, me dice Mulder. “Era todo un caos, ya que nadie sabía lo que iba a suceder, dónde iban a terminar, si volverían a Bután. Y Nepal, que ya es de por sí un país pobre, no aceptaba con mucha alegría a los refugiados butaneses, por lo que continuaban sintiéndose discriminados”.

Fue la primera de muchas visitas a los campamentos de refugiados en Timai y en Beldanghi. Mulder y sus hermanas pasaron sus infancias criándose como estadounidenses en Nueva York, pero visitaban cada verano a sus primos butaneses en Nepal. Sus primos estaban fascinados con Estados Unidos.

“Nos hacían muchas preguntas acerca de Estados Unidos”, comenta. “¿Cómo es Estados Unidos? Simplemente no podían imaginar como eran nuestras vidas en Nueva York. Por ejemplo, jamás habían visto televisión, o comido un trozo de pizza o un dulce. Solo recibían una prenda de vestir al año”.

Mulder dice que ella y sus hermanas llevaban, cada una, pequeñas mochilas con unas cuantas faldas y poleras para el verano. Sus primos no podían concebir cómo podían vestir toda esa ropa. “¿Por qué necesitas tanta ropa para solo una persona?”, les solían preguntar.

Luna Acharya Mulder, center, with family members in Nepal. Credit: Courtesy of Luna Acharya Mulder. Used with PRI's permission.

Luna Acharya Mulder, al centro, con sus familiares en Nepal. Créditos: Cortesía de Luna Acharya Mulder. Usada con la autorización de PRI.

Al final de cada verano, cuando Mulder y su familia regresaban a Nueva York, su departamento de dos habitaciones se sentía como una mansión. Se ríe al recordarlo.

“Ser capaz de utilizar un interruptor para encender una luz, para no tener que sentarnos en la oscuridad; o poder ir al baño, tirar de la cadena y que eso fuera todo. No teníamos que salir y llegar un baño en condiciones muy antihigiénicas. Todo se sentía tan simple y fácil. Al ser una niña y crecer con las distintas realidades en mente, creces sintiéndote muy afortunada y apreciando todo lo que tienes”.

Mulder recuerda cómo evolucionaron los campamentos al pasar los años. Aparecieron colegios y tiendas; su tía era dueña de una tienda de repostería. Pero aunque la gente se esforzaba por alcanzar un nivel de cotidianeidad, siempre existía una sensación de incertidumbre con respecto al futuro.

“Recuerdo a mi tía decir: ‘No sé qué va a pasar con nosotros. ¿Esto es todo? ¿Así es cómo viviremos el resto de nuestras vidas? Nuestros hijos nacieron y se criaron aquí y no sabemos si volveremos a Bután o iremos a otro lugar, o si esto seguirá para siempre”.

Al recordar, Mulder sabe que tenía una oportunidad única de entender algo que, en circunstancias distintas, no entendería. El moverse entre dos mundos cultivó una profunda empatía y la llevó a fascinarse por la cultura, la gente y la conducta. Terminó estudiando psicología y haciendo un doctorado.

“Simplemente me fascinaba el campo de la psicología”, me comenta. “Imagina a alguien capaz de ayudar de verdad a un niño con problemas dentro de una familia, a una familia con problemas para comunicarse entre ellos, o si existieran problemas de salud mental a causa del conflicto o cosas que ocurrieron hace años. Alguien que de verdad pueda llegar y hacer algo al respecto, para que la familia no tuviera que sufrir en silencio; es simplemente algo que siempre me atrajo”.

Para su tesis, entrevistó a mujeres que vivían en los campamentos de Nepal y que sobrevivieron torturas, e intentó comprender cómo el trauma que habían sufrido les había afectado.

Luego, en el 2006, su vida comenzó a cumplir un ciclo, cuando Estados Unidos aceptó reubicar a 60.000 refugiados butaneses que vivían en Nepal. Comenzaron a llegar en el 2008, algunos de ellos a Massachusetts. Mulder, que ahora trabaja como psicóloga en Boston, comenzó a ayudar en casos que involucraban la salud mental de los pacientes.

“A grandes rasgos, no existe la salud mental en la cultura butanesa”, me explica. “Ni siquiera existen palabras, en el idioma butanés, que describan conceptos como la depresión, el trastorno de estrés post-traumático (TEPT) o la ansiedad. Es bastante inusual el siquiera conversar sobre los problemas o dificultades con alguien fuera de la familia. Simplemente no se hace”.

Mulder estaba en una posición única para ayudar, con su exhaustivo conocimiento del idioma, la cultura y la población.

“Siento que tengo muchas formas distintas de ver las cosas y de entenderlas. Me puedo posicionar en varias circunstancias y ponerme en varias situaciones, según sea el caso, y ver, más o menos, cuáles podrían ser los problemas”.

Ha podido ayudar a médicos estadounidenses dimensionar lo que pasa dentro de una familia butanesa. Puede explicar que los butaneses suelen ser muy cordiales y que pueden asentir pese a que en realidad no entienden. Puede ayudar a traducir cómo se contrasta la cultura colectiva de los butaneses con la cultura intensamente individualista de los estadounidenses.

Sabe que los mayores son tremendamente respetados en Bután y que se pueden desorientar al llegar a un lugar nuevo y, por lo tanto, se vuelven dependientes de los más jóvenes para traducir cosas. Puede ver que los adolescentes están atrapados entre sus nuevas identidades estadounidenses y su herencia. También puede ayudarlos a evitar malentendidos, tales como los castigos físicos; algo bastante común en Bután, pero totalmente fuera de lugar en Estados Unidos.

“Sabes que un padre podría pegarle a un niño en casa por no escuchar o no hacer caso de lo que le dicen”, comenta. “Están estableciendo límites, por lo que les dan palmazos o los golpean, y cuando el niño va al colegio, quizás el profesor verá algo, a lo que el niño responderá: “Ah, mi mamá me pegó”, sin ni siquiera pensarlo, lo que haría que llegaran asistentes sociales a quitarles la custodia de los niños y los padres no entenderían qué está pasando. Apenas hablan inglés. Esto es bastante común y muy triste y desgarrador”.

Situaciones como estas se pueden evitar, según Mulder, con una mejor educación y orientación para los recién llegados. Hace pocos años, vio a sus familiares butaneses abandonar los campamentos y reubicarse a lo largo de todo EE. UU. Está sorprendida de lo exitosos que se han vuelto en tan poco tiempo.

“La mayoría de ellos tienen trabajo, están terminando sus estudios. Algunos tienen casas y autos; han aprendido a conducir y trabajan entre 80 a 90 horas a la semana. Simplemente son gente feliz, trabajadora y optimista. Con eso en mente, también hay algunos que han tenido problemas. Es un tremendo impacto cultural. Han sido refugiados todas sus vidas. Han sido discriminados todas sus vidas”.

Según ella, una de las mejores cosas que puede hacer un estadounidense para darles una bienvenida es, simplemente, escuchar sus historias.

“Los refugiados butaneses, en particular, jamás han tenido una voz. Nadie conoce sus historias”, cuenta.

Eso sí, Luna Acharya Mulder conoce sus historias. Las ha escuchado toda su vida.

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