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Tras el asesinato de su hijo, una madre franco-marroquí enseña a la gente joven la importancia de la unidad

Latifa bin Ziaten (r) speaks with students about her son, Imad, who was murdered by Islamic extremist Mohamed Merah. At the end of her talk, students hug her. One girl says Latifah reminds her of her own mother. Credit: Marine Olivesi. Used with PRI's permission.

Latifa bin Ziaten (dcha.) habla con estudiantes sobre su hijo, Imad, que fue asesinado por el extremista islámico Mohamed Merah. Al final de su charla, los estudiantes le abrazan. Una chica dice que Latifa le recuerda a su propia madre. Crédito: Marine Olivesi. Utilizado con el permiso de PRI.

Este artículo de Marine Olivesi para The World fue publicado en PRI.org originalmente el 23 de diciembre de 2015, y se republica aquí como parte de un acuerdo para compartir contenidos.

Latifa Ibn Ziaten se presenta a los estudiantes de secundaria y bachillerato con una simple frase: «Soy la madre de Imad».

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Los 200 adolescentes franceses que se encuentran con ella puede que no hayan oído ese nombre antes, pero todos conocen el nombre de la persona que le asesinó.

En marzo de 2012, Mohamed Merah, un hombre francés de ascendencia argelina, asesinó a siete personas en una serie de tiroteos en Francia, entre los que se encontraban tres niños de una escuela judía. La ola de asesinatos de Merah y la posterior persecución marcaron el comienzo de una mala etapa —hombres jóvenes radicalizados de origen francés yendo a la guerra contra su propio país.

La primera víctima de Merah fue un paracaidista fuera de servicio de 30 años —el hijo de Latifa.

Esta madre ha estado recorriendo el país desde entonces, visitando escuelas y prisiones. Siempre les cuenta su historia de pie, como tributo a su hijo que se negó a tumbarse antes de que Merah le disparase. Y lo cuenta desde el día que llegó a Francia.

«Vine de Marruecos cuando tenía 17 años», dice con una voz suave. «No sabía leer». Francia me acogió y mis vecinos me ayudaron. Me enseñaron a hablar y escribir en el idioma. Después mi marido y yo comenzamos una familia, tuvimos cinco hijos. Ese era mi sueño, pero también una responsabilidad.

«Trabajaba todo el tiempo, ocho horas al día. El fin de semana cocinaba para ganar dinero extra, para pagar la ropa de los niños, clases privadas, vacaciones. Crecieron con mucha dignidad, respeto y amor. Eran mi orgullo. Mohamed Merah me robó ese éxito».

Latifa dice que la vida era dura pero era más sencillo integrarse en aquel entonces. Sus vecinos eran franceses. Ahora, dice, la mayoría de inmigrantes viven en guetos, aislados, lo que les deja pocas oportunidades para aprender las claves de su nuevo país. Sus hijos, nacidos en Francia, crecen sintiéndose frecuentemente ciudadanos de segunda clase.

Pero no es solo la sociedad la que falla a los niños como Mohamed Merah. «Su padre le falló cuando abandonó la familia», dice Latifa. «Su madre también —se volvió a casar y le puso en acogida de menores».

Latifa resume lo que sucedió después en su vida: Merah dejó la escuela, cometió algunos delitos insignificantes y acabó en prisión. Allí fue donde conoció a musulmanes radicales y, como Latifa describe, «se convirtió en un monstruo».

Después de los tiroteos, los niños en los suburbios le convirtieron en el paradigma de una generación perdida.

Latifa relata su visita al vecindario donde creció Merah, solo unos días después de la muerte de su hijo y la del autoproclamado yihadista, asesinado al final de un asedio de 30 horas con la policía.

«Vi un grupo de gente joven en la calle», dice Latifa. «Fui hacia ellos y les pregunté: “¿Saben donde vivía Merah?” Uno de ellos sonrió y dijo, “¡Señora, Mohamed Merah es un mártir! ¡Es un héroe del Islam! ¡Ha sometido a Francia!”. “Dios mío”, pensé. Cuando oí aquello, fue como si mi hijo hubiese sido asesinado por segunda vez».

«Les miré y les dije: “¿Saben con quién estan hablando? Soy la madre de Imad. Merah no es ningún mártir. No es ningún héroe. Es un asesino”».

Latifa dice que los chicos estaban sorprendidos y avergonzados. Se levantaron, la rodearon y dijeron continuamente que lo sentían.

Estaba buscando pistas sobre el asesino, y en cambio encontró una nueva misión. Latifa se dio cuenta de que tenía que difundir el otro lado de la historia —el suyo y el de la inmensa mayoría de inmigrantes y musulmanes de origen francés que viven en Francia, viven en paz y sirven a su país, como hizo su hijo. Ese es el futuro.

Quiere esos modelos para los adolescentes en el público, muchos de ellos de primera generación francesa.

Les habla sobre la escuela, la religión, la familia y consigue llegarles. Al final, los chicos adolescentes le abrazan. Una chica rompe a llorar, dice que Latifa le recuerda a su propia madre.

Es la segunda vez este año que Latifa les visita. El distrito escolar es el más empobrecido en la región, con hasta el 70 por ciento de estudiantes dependiendo de ayudas públicas. Fabien Maerten, el director de la Escuela Secundaria Pierre y Marie Curie, dice que la primera vez que fue, el último invierno, Latifa era como un bombero llamado al rescate.

«Había alguna tensión aquí después del ataque de Charlie Hebdo», dice. «Cerca de 50 estudiantes se negaron a hacer el minuto de silencio el día posterior. Algunos se insolentaron y dijeron cosas que no podíamos tolerar. Su visita nos ayudó a acercar posiciones y a reconstruir un diálogo».

La escuela ha vivido mucho desde entonces, dice.

Los niños están en paz con quiénes son: diversos pero al mismo tiempo imperturbablemente franceses.

Antes de irse, Latifa les pregunta si pueden cantar el himno nacional. Todos los estudiantes cantan —un poco desafinados, pero sin alboroto.

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