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Cómo el cuidado mental culturalmente sensitivo ayudó a una adolescente estadounidense-somali a permanecer resiliente

Fatuma Ibrahim at her high school graduation in August 2015. Credit: Jeb Sharp. Used with PRI's permission

Fatuma Ibrahim en su graduación de la escuela secundaria en agosto de 2015. Créditos: Jeb Sharp. Usado con el permiso de PRI.

Este artículo de Jeb Sharp para The World apareció originalmente en PRI.org el 8 de diciembre de 2015, y se republica aquí como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos. 

Fatuma Ibrahim no recuerda nada bueno sobre su vida en el Campo de Refugiados de Kakuma en Kenia. La joven de 19 años nació allí luego de que su familia huyera de la guerra civil en Somalia.

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“Recuerdo la pobreza, sentir hambre de verdad y comer del piso” me contó cuando nos vimos por primera vez. “E ir a la escuela sólo por la comida”.

Ella escondía la galletita que obtenía por presentarse en la escuela debajo de su camisa camino a casa para que los chicos mayores no se la robaran. Luego la compartía con su pequeña hermana.

“Tenía un buen sabor. Cuando no tienes nada para comer, todo tiene buen sabor”.

Fatuma pasó los primeros ocho años de su vida en un campo para refugiados. Luego, en 2004, su familia fue reubicada en los Estados Unidos. .

No sorprende que sus primeros recuerdos de EE. UU. también giren alrededor de la comida.

“Recuerdo comer pollo por primera vez.” dijo. “Recuerdo la sensación. Recuerdo cómo olía”.

Dificultades de reasentamiento

La familia comenzó en un departamento en Lynn, Massachusetts, al norte de Boston. Su padre consiguió un trabajo como lavaplatos. Fatuma y sus hermanos fueron a la escuela. Pasaron un par de años.

Pero luego, por razones que Fatuma no comprende por completo, sus padres no pudieron pagar más la renta. Recuerda viajar en auto, ir a oficinas, ver a sus padres firmar papeles.

“Recuerdo a mi papá decir: ‘Tengo a mis hijos en el auto. No sabemos a donde ir'”.

Vivieron en un hotel por un tiempo. Luego fueron enviados a un refugio en Holyoke, al oeste de  Massachusetts. Cada mudanza significaba una escuela nueva para Fatuma.

“Era algo bueno porque no tenía amigos”, dijo. “No hablaba para nada, entonces mudarme era como un nuevo comienzo, cada vez. Sólo buscaba algo: no ser tímida, o tener algunos amigos.”

Después de unos meses en Holyoke, la familia se mudó a un nuevo refugio en Boston. Fatuma comenzó la escuela secundaria.

Saida Abdi conoció a Fatuma y su familia durante ese período. Era una trabajadora social en el Centro de Resiliencia y Trauma de refugiados en el hospital de niños en Boston y originaria de Somalia. Ella dirigía un grupo para chicas somalíes en la escuela de Fatuma. Ella pudo ver que Fatuma sufría.

“Imaginen esta familia”, dijo.”Vinieron buscando permanencia, buscando seguridad. Encuentran que tienen una casa, los chicos van a la escuela, existe ese momento de esperanza, pero luego todo eso se desvanece y ahora son arrojados de una ciudad a la otra, cuatro ciudades en pocos meses. Eso les arrebata la sensación de seguridad y puede convertirse en un detonante de todo lo que ha pasado”.

Ayudar a la familia a encontrar un hogar permanente se volvió una prioridad urgente.

Pero había otras cuestiones también. Fatuma estaba luchando con su identidad.

La primera decisión que tuvo que tomar Fatuma en su nueva escuela fue si vestirse de “somalí” o de “estadounidense”. Agonizaba pensando si usar falda o pantalones, usar pañuelo en su cabeza o no.

Eligió una falda y un pañuelo para su cabeza. Se sintió bien al principio. La ubicaron en una clase con otros chicos de su grupo étnico particular somalí bantu. Pero luego fue derivada a otra clase, a una hostil.

“Nadie quería sentarse conmigo”, recuerda. “Sobresalía de los demás, creo. Me acosaban siempre. Eran los chicos y todos se reían. Falté mucho por eso y odiaba la escuela debido a eso. Hacían que la odiara por el abuso”.

“No tratamos la salud mental”

El tipo de problemas que Fatuma experimentaba eran conocidos para Heidi Ellis, la directora del centro de Trauma y resiliencia para refugiados en el Hospital Infantil en Boston.

Ella comenzó a trabajar con refugiados casi por accidente, hace 15 años. Era una residente en psiquiatría en el Centro Médico de Boston. Comenzó a ver a muchos chicos somalíes derivados para evaluaciones de salud mental por su mal comportamiento en la escuela.

Cuando comenzó a hablar con ellos, se dio cuenta que tenían historias traumáticas increíbles, debido a la guerra en sus hogares y por las calles violentas que encontraban en Boston.

Ellis sintió curiosidad. Consiguió algunos fondos para investigación y comenzó a estudiar a la juventud somalí. Dos tercios de los chicos entrevistados tenían importantes síntomas de trastorno por estres post traumático, TEPT. Y casi ninguno de ellos habían buscado o recibido algún servicio de salud mental.

Su colega Saida Abdi entendía porqué.

“Cuando la gente no es de esta cultura no comprende el contexto cultural,” me dijo.

“Ellos esperan que vengas y hables y eso no tiene sentido en mi cultura. ¿Por qué iría a hablar con alguien que no tiene idea de donde vengo?  Tenemos religión y tenemos cultura, pero no tratamos la salud mental. No hablamos de ‘depresión’.

En cambio, las familias somalíes fueron a los líderes de la comunidad. Entonces Ellis y sus colaboradores comenzaron a trabajar con esos líderes para crear servicios que tuviesen más sentido.

“Necesitábamos escuchar de esos líderes de la comunidad lo que ellos pensában que necesitábamos,” decía. “Traerlos como compañeros centrales para la construcción del programa, para que finalmente quieran que los chicos utilicen el programa.”

“También nos dimos cuenta de que no podíamos comenzar con el problema de salud mental”, continúa Ellis. “Necesitábamos empezar antes de eso. Necesitábamos empezar con el desarrollo de habilidades y dirigirnos al problema real que las familias y líderes estaban apuntando, por el cual nuestros hijos vienen y tratan de absorber la cultura de un mundo completamente nuevo y necesitan las habilidades para lograrlo. Esta presión de lo que significa estar en una familia de una cultura e ir a la escuela de otra es central a los problemas que estamos viendo”.

Ellis descubrió que cuanto mayor trauma los chicos habían experimentado, mayores eran los síntomas de TEPT que mostraban. Pero descubrió algo más sorprendente. La discriminación que los chicos sentían en Estados Unidos era un poderoso indicador de los síntomas de TEPT y sus traumas así como la historia de sus traumas.

“No podíamos cambiar el trauma, que en su mayor parte habían experimentado antes de venir aquí,” me dijo. “Pero la discriminación estaba ocurriendo en nuestras propias comunidades diariamente. Así que construimos nuestro programa de trabajo con las escuelas alrededor del ambiente escolar y cómo podríamos hacer sentir a los chicos como si fueran una parte genuina y valiosa de nuestra comunidad aquí.”

‘Quería ser una persona nueva’

Para cuando llegó a la secundaria, Fatuma estaba cansada de sentirse diferente. Todo lo que ella quería era adaptarse. Entonces decidió vestirse como estadounidense y empezar a usar pantalones para ir a la escuela.

“Y a mis padres no les gustaba para nada,” decía. “Nunca estuvieron de acuerdo con que me vista como estadounidense. Cada vez que llegaba a casa debía usar mi pañuelo o lo que sea. Sentía la presión. Y luego comencé a salir con gente… diferente… chicos malos”.

En la escuela, Fatuma comenzó a mentir sobre quién era.

“Nadie sabía que yo era musulmana,” dijo.”No sabía qué decirle a la gente qué era. No podía decirles que era somalí. No podía decirles que era musulmana. Era como oh, soy esto, soy aquello. Pero no lo era. Sólo se los decía por las reacciones que obtuve en la escuela intermedia. Cuando llegué a la secundaria quería cambiar para ser una persona nueva”.

Pero produjo un efecto indeseable. Mentir la hacía sentir miserable. Perdió a sus amigos. Un día una profesora le preguntó si estaba bien. Ella dijo que no, que odiaba la vida y deseaba estar muerta. Fatuma fue hospitalizada por depresión, el primero de tres internamientos durante sus años de secundaria.

Fue un período terrible, pero fructífero. Fatuma trabajó con consejeros y mentores y fue reconectada con la trabajadora social Saida Abdi. Abdi trabajó con Fatuma, y también con los padres de Fatuma.

Abdi dice que algo del trabajo más importante que hace con las familias es simplemente explicarle a los padres que sus hijos sufren. Y que las peleas sobre detalles como la vestimenta pueden ser contraproducentes.

“Es entrar en una pelea en la que nunca ganarán,” dice Abdi. “Es símbolo de una pelea mayor, porque en realidad es pelear por, ‘¿está mi hijo todavía en mí cultura, aún tiene los mismos valores que yo conservo?”

Abdi se autodenomina una agente cultural. Traduce entre las culturas somalí y estadounidense, entre padres y escuelas, entre padres e hijos.

Fatuma agradece a  Abdi por ayudarla a entender a sus padres y ayudar a sus padres a entender a su hija.

“Ella podía hablar de ambos lados sobre ser somalí.” decía Fatuma. “Ser somalí en este mundo, ser somalí en EE. UU. y también ser estadounidense y adolescente”.

Fatuma dice que descubrió mucho sobre sí misma en esos años.

“Es difícil porque te sientes como dos personas diferentes, “decía. “Cuando estoy con mis amigos estadounidenses, quiero vestirme como estadounidenses. Cuando estoy con mis amigos somalíes o mi familia, quiero vestirme como somalí”.

Poco a poco aprendió a dejar coexistir esas dos facetas de sí misma. Y sus padres comenzaron a aceptar su necesidad de ser tanto estadounidense como somalí. Se estabilizó. Terminó su secundaria tarde, pero la terminó, avanzando con orgullo hacia el escenario para retirar su diploma. Ahora está enviando su solicitud para la universidad e imaginando su futuro.

“Es más fácil descifrarlo ahora, ¿Saben? Como que ayuda mucho haber llegado tan lejos. Superé muchos obstáculos. No voy a decir que todavía no estoy saliendo de eso, pero es como si lo fuera, me siento libre. Estoy en un buen estado en la vida y es bueno decirlo”.

Es bueno escucharlo también.

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