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La broma del “pene de caballo” deja al descubierto una brecha cultural en Kirguistán

Kyrgyz soldiers, one an ethnic Russian and the other ethnic Kyrgyz, drink Maksym at a Bishkek street corner in May 2006. The popular grain-based beverage was once mostly found in rural Kyrgyz villages and consumed by ethnic Kyrgyz, but became more popular and was widely consumed at the start of the 1990s. Photo by Dean Cox of Eurasianet.org. Used with permission.

Soldados kirguisos: uno es ruso y el otro es kirguiso; beben Maksym en una calle de Bishkek en mayo del 2006. La famosa bebida hecha a base de granos solía ser consumida principalmente en los pueblos rurales kirguisos por las personas oriundas del lugar, sin embargo se volvió más popular y empezó a ser consumida por más personas a principios de los años 90. Fotografía de Dean Cox de Eurasianet.org. Utilizada con permiso.

La discusión acerca del minero británico que fue expulsado de Kirguistán después de haber comparado un platillo tradicional, el chuchuk, con un pene de caballo ha comenzado a apagarse. Sin embargo, el fundador del sitio web de noticias kloop.kg. Bektour Iskender, explica que el furor expuso algunas tensiones en la sociedad kirguisa que raramente se discuten. 

El siguiente artículo apareció originalmente en Kloop.kg en ruso y fue traducido y editado por el socio de Global Voices, Eurasianet.org. 

Lea primero: Risas, lamentos y repercusiones en Kirguistán por una broma de un minero británico que salió muy mal

En esta ocasión la controversia ha sido más feroz que nada antes visto en el intercambio de insultos, los cuales han sido más intensos e incluso rayando en amenazas abiertas.

Pero, ¿por qué este tema ha sido tan candente entre la sociedad kirguisa?

Hay un problema de raíz el cual es la falta de entendimiento mutuo entre los sectores de la población que hablan ruso y kirguiso.

Da la casualidad que la página de Facebook que primero publicaba esto dejó de ser el centro de atención entre los kirguisos. La discusión pasó de ser un tema plagado de comentarios mal intencionados de un empleado de Centerra, Michael Mcfeat, a un debate acalorado sobre la identidad kirguisa y hasta qué punto es válido burlarse de esa identidad.

Mientras que las posiciones se han endurecido, me encuentro en el medio, tal vez en parte por mis antecedentes.

Soy un residente de Kirguistán rusoparlante con un nombre kirguiso y varios ancestros que se identifican a si mismos como kirguisos. Eso podría ponerme en una situación en la que puedo entender ambos bandos.

Ésta es difícilmente la primera vez que la población que habla kirguiso ha reaccionado tan temperamentalmente ante una broma acerca de ellos o de su identidad.

Un incidente similar ocurrió en la primavera de 2013 cuando la banda noruega Ylvis utilizó palabras altisonantes kirguisas en una presentación en televisión como un ataque a sus productores. La adopción de dichas rudezas lingüísticas enfureció a los hablantes kirguisos.

Vale la pena mencionar que dichas olas de indignación sobre estas bromas no son maquinadas desde arriba sino que son espontáneas y orgánicas.

Generalmente los rusoparlantes no se enteran de qué se trata todo el alboroto.

Unos de mis amigos escribió un comentario en mi muro de Facebook que si las bromas sobre kirguisos se hacen dentro de Kirguistán entonces no se consideran racistas ya que los kirguisos constituyen la mayoría en su propio país.

Pero eso es perder la visión del punto principal.

El hecho es que hasta este día, muchos kirguisos han mantenido el persistente sentido de inferioridad que se les inculcó durante el gobierno soviético y aún antes, bajo el imperio ruso.

Muchos kirguisos, a pesar de su superioridad en número, sinceramente creen que las bromas acerca de su cultura es racismo, aún sí la burla se hace directamente de una minoría a una mayoría (un curioso fenómeno poscolonial).

Los criticos de esta actitud podrían comentar que Kirguistán fue bendecido por los tiempos soviéticos ya que hizo florecer la industria, arte, infraestructura de transporte, etc., y de algún modo podrían tener razón.

Pero al mismo tiempo, durante la era soviética, se tomó poco cuidado al expandir el encanto del idioma kirguiso. A partir de 1954, los rusos no tenían que estudiar kirguiso en la escuela, lo que significa que muy poca gente de la población eslava tiene las nociones básicas del idioma.

La práctica de la “indigenización”, es decir, la promoción de la población étnica local para puestos oficiales, comenzó a declinar a principios del mandato de Josef Stalin.

Por esta y otras razones, el kirguiso era hablado principalmente por el grupo étnico kirguiso y tal vez por los uzbekos que vivían en la República Socialista Soviética de  Kirguistán y para quienes el aprender un idioma cercano al turco era fácil. El número de personas viviendo en la capital Bishkek y que hablaban kirguiso a pesar de su antecedente étnico era insignificante.

La cultura kirguisa, a pesar de toda la palabrería de amistad entre las naciones de la Unión Soviética, hizo pocas incursiones en las vidas de otros grupos étnicos en la República Socialista Soviética de Kirguistán o en toda la Unión Soviética.

Por supuesto que existen unos pocos casos de tradiciones kirguisas que han sido adoptadas.

Un ejemplo es la bebida Maksym (para los que no están familiarizados, Maksym es una bebida popular a hecha a base de granos que se vende en las calles), y Maksym se hizo popular al inicio de los años 90, antes de que la bebida fuera del dominio total de las familias rurales kirguisas.

Así que no quiero dar mi opinión de si las políticas de la Unión Soviética hacia los kirguisos y su cultura fueron buenas o malas, eso está sujeto a una investigación amplia, así que solamente quiero señalar los hechos y sacar algunas conclusiones.

El punto es que muchos grupos kirguisos se sintieron colonizados y está fuera de contexto considerar si ese sentimiento era justificado.

Este sentimiento de agravio permanece fuerte, particularmente entre los hablantes de kirguiso y los que viven fuera de Bishkek.

El siguiente escenario es común aún hoy: solo imagina a un hablante de kirguiso que crece en un ambiente en donde se habla su lengua, en un pueblo llamado Kirguistán que habla muy poco ruso. Llegas a Bishkek, la capital de tu país, solamente para encontrarte que no puedes sobrevivir sin hablar ruso y si tratas de hablar kirguiso, la mayoría simplemente no te entenderá.

Y ese ni siquiera es el problema ya que después de todo, no somos el único país multilingüe del mundo. Esta persona seguramente sufrirá de menosprecio en su pobre intento de hablar ruso o por el hecho de que habla ruso con un acento marcado. Esta situación no ayuda a alimentar las ideas ultranacionalistas de “Kirguistán es para los kirguisos” o la insistencia de que “en Kirguistán todos deberían hablar kirguiso”.

El resentimiento que se siente en las actitudes despectivas hacia la cultura kirguisa es profundo y sigue agravándose, por lo que las manifestaciones del nacionalismo kirguiso hacia el idioma ruso se han intensificado.

Ello ha resultado en una situación en la que los rusoparlantes se sienten como la minoría no comprendida en todo el país, mientras que los hablantes de kirguiso se sienten como la minoría poco comprendida en la capital.

Sin embargo, nos da miedo aceptar que este problema existe; nosotros, los hablantes de kirguiso y ruso preferimos mantenernos en silencio y cerrarnos en nuestros guetos culturales.

Así que recordamos todo esto en el único caso de, y no me da miedo usar el término, choques de civilizaciones. Nunca me canso de repetirlo: esta situación solo ocurre en aquellos países en donde hay dos o más idiomas dominantes y en donde nadie hace nada para asegurarse de que las culturas aprendan a entenderse las unas a las otras.

Así que te preguntarás, ¿qué tiene todo esto que ver con el chuchuk? El hecho es que este episodio se ha convertido en la prueba decisiva para cada una de las situaciones que describí.

Muchos rusoparlantes que viven en Kirguistán, así como extranjeros, no entienden el grado en el que la población de habla kirguisa se siente ofendida por las bromas dirigidas a su cultura y tradiciones.

Muchos rusoparlantes no entienden que incluso después de un cuarto de siglo desde la caída de la Unión Soviética, los hablantes de kirguiso sienten que a su idioma y cultura no se les está respetando apropiadamente, principalmente en la capital.

De la misma forma, muchos hablantes de kirguiso no entienden que lo que irritó y exasperó a los rusoparlantes y extranjeros era el hecho de que la policía sintió la necesidad de involucrarse en un comentario ignorante y pasajero acerca de la comida y que los dudosos métodos de la policía, incluido el “repentino descubrimiento” de que los papeles del ciudadano británico no estaban en orden y que podían deportarlo, fomenta el escepticismo y desconfianza.

Muchos hablantes de kirguiso no entienden que las preocupaciones de los rusoparlantes son las decisiones arbitrarias y selectivas de las autoridades que están siempre a la espera de reaccionar a los insultos dirigidos a la cultura kirguisa, mientras que al mismo tiempo pasan por alto la intolerancia hacia otras personas.

Muchos hablantes de kirguiso no entienden que los rusoparlantes también sienten frecuentemente que los irrespetan.

Toda la situación es un tanto perversa.

Mientras no afrontemos este abismo, con cada incidente que ocurra aunque sea insignificante, se continuará abriendo la brecha.

Así que, ¿no es hora de que ambas comunidades empiecen a escucharse mutuamente?

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