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El desalojo del campo de refugiados de Calais pone en peligro a los menores no acompañados

Liz Clegg (primera a la izquierda) administra de forma independiente el Centro para Mujeres y Niños del mayor campo no oficial de refugiados de Europa, y cuida de los menores no acompañados. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Liz Clegg (primera a la izquierda) administra de forma independiente el Centro para Mujeres y Niños del mayor campo no oficial de refugiados de Europa, y cuida de los menores no acompañados. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Actualización (23 de febrero de 2016): El 23 de febrero, un tribunal de la ciudad francesa de Lille decidió posponer el desalojo hasta el fin de semana, después de que ocho ONG solicitaran la pasada semana una orden temporal para detener la evacuación. Ahora las autoridades tienen la obligación legal de esperar la sentencia del tribunal. Mientras tanto, el grupo de voluntarios «Help Refugees» ha realizado un censo en el campamento, que ha arrojado la cifra de 5497 residentes, 423 de los cuales son menores no acompañados.

Son las 9 de la mañana de este brumoso domingo de San Valentín en la llamada «jungla», el infame campo de refugiados de Calais, hogar de unas 6000 personas que viven en tiendas de campaña, caravanas y chozas de madera. Esa mañana, los únicos que parecen estar despiertos son siete chicos afganos hambrientos. Sus rítmicos golpes en una puerta de madera se mezclan con el sonido continuo de pisadas chapoteando en el fango. La puerta pertenece a una tienda roja y amarilla de unos siete metros de largo: el Centro de Mujeres y Niños de «La jungla». Los chicos de la puerta esperan que la voluntaria británica Liz Clegg les dé de desayunar. Junto con su equipo de voluntarios, Liz cuida de las personas más vulnerables del campo, entre ellos, los menores no acompañados.

Los chicos no saben que esta es una de las últimas mañanas que pueden recurrir al Centro por comida y apoyo. En una semana, las excavadoras del gobierno francés lo arrasarán todo: la improvisada zona de juegos con columpios y toboganes, la tienda con cojines y mantas para mantener calientes a los usuarios del Centro, los dibujos que han hecho mujeres y niños a lo largo de los últimos meses. En resumen, el lugar donde esa gente se siente segura y confiada.

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Los siete exhaustos jóvenes, entre 10 y 15 años, llevan toda la noche en pie. Después de una caminata de una hora, han arriesgado sus vidas intentando colarse en camiones para llegar al Reino Unido. Suleimán, de 11 años, parece ausente. Agachado en un rincón, bebe su leche con ojos vidriosos, mirando al vacío.

Mientras Liz compra el desayuno de los chicos, expresa su preocupación por los planes de desalojar la zona sur del campo. El gobierno francés ha informado recientemente a más de 800 refugiados, incluyendo familias con niños pequeños, que serán expulsados del campo en los próximos días. La demolición de estas siete hectáreas reducirá a la mitad el tamaño del mayor campo no oficial de refugiados de Europa y destruirá edificios comunitarios esenciales como mezquitas, iglesias, un centro de ayuda legal, otro donde se administran vacunas contra el sarampión, instalaciones para la distribución de alimentos, un teatro y un centro para jóvenes.

El campamento también acoge entre 200 y 500 menores no acompañados, con edades de incluso 10 años. El Centro de Mujeres y Niños es el único punto de referencia que tienen. «Les seguimos la pista, sabemos si están desaparecidos, les ayudamos —dice Liz—. Si les quitan esto, los perderemos».

El Centro de Mujeres y Niños en el campo de refugiados de Calais. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

El Centro de Mujeres y Niños en el campo de refugiados de Calais. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

El próximo desalojo del campo no será el primero de este año. En enero se demolieron refugios que acogían a más de 2000 personas. El 1 de febrero, se desalojó otra zona que contaba con una iglesia y una mezquita. El plan del gobierno es forzar a tanta gente como sea posible a alojarse en los 125 nuevos contenedores de una zona vallada del campamento.

Un pastor se aferra a la última pieza que queda de su iglesia.

En esta nueva zona, que parece más una instalación agrícola que un alojamiento para humanos, no habrá iglesias, mezquitas ni escuelas, espacios comunitarios que según reconocen los residentes, han hecho su vida más llevadera. Parece que el plan es reducir poco a poco la «jungla», que últimamente ha atraído mucha atención de los medios de comunicación. Voluntarios y refugiados se muestran escépticos ante el plan del gobierno. Creen que en realidad solo pretende que la gente abandone sus sueños de llegar al Reino Unido y en su lugar, inicien en Francia su proceso de petición de asilo. Otra preocupación es que las nuevas instalaciones únicamente pueden acomodar a 1500 personas, y la entrada se hará por reconocimiento de huellas dactilares.

Como otros espacios comunitarios, la iglesia Etíope se verá afectada por el desalojo. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Como otros espacios comunitarios, la iglesia Etíope se verá afectada por el desalojo. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

«La mayoría de los refugiados (…) temen que si les toman las huellas dactilares en Francia, disminuirán sus posibilidades de conseguir asilo político en el Reino Unido, el país al que desean llegar un día» dice Jamal Ismail, jefe de la Cocina del Campamento, que desde septiembre reparte más de 1000 comidas diarias.

Liz Clegg lleva siete meses de voluntaria en Calais. Comenzó distribuyendo suministros con su camioneta, pero pronto se dio cuenta de que no había un lugar donde las mujeres y los niños pudieran sentirse a salvo y recibieran cuidados.

«La mayoría de los chicos están profundamente traumatizados por el viaje —dice Liz—. Caminan durante días, los traficantes les golpean, los drogan, los suelen dejar mucho tiempo sin comer». Liz señala a dos de los chicos, que comparten un pan paratha afgano. «Esto representa meses de acostumbrarse a que la comida llegue de forma regular. Al principio, no podíamos poner comida en la mesa sin que comenzara una fuerte pelea entre los chicos. Ahora están más relajados, porque la comida sigue llegando».

Se estima que entre 200 y 500 menores viven en el campo de Calais. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Se estima que entre 200 y 500 menores viven en el campo de Calais. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Tanto las autoridades francesas como las británicas conocen las crecientes cifras de niños desatendidos y desnutridos de los campos. Organizaciones como ACNUR y Save the Children han expresado su alarma por esta situación, pero no han venido a los campos a confirmar los números o a mostrar su apoyo, dicen los voluntarios. Todo se deja en manos de un grupo de «jipis» —como se llaman a sí mismos los voluntarios— sin formación ni titulación oficial para hacer este trabajo.

Los voluntarios intentan hacer la vida de los niños tan llevadera como sea posible. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Los voluntarios intentan hacer la vida de los niños tan llevadera como sea posible. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

El prefecto de la región de Pas-de-Calais anunció el desalojo el 12 de febrero en France24, pero parece que ACNUR sigue sin haberse enterado. Leonard Zulu, jefe de la sección Jurídica y de Protección de ACNUR en el Reino Unido, que había visitado el campo unos días antes para evaluar su seguridad, dijo que no tenía información sobre la demolición de estructura alguna.

Mientras tanto, la situación parece empeorar. Hay informes sobre el uso de gas lacrimógeno, brutalidad policial y ataques a los emigrantes, incluyendo a los menores. A pesar de que según una cláusula del reglamento de Dublín de la UE, cualquier refugiado que tenga familiares cercanos en un país europeo tiene derecho legal a pedir asilo, numerosos niños siguen solos en la jungla.

Hay que hacer más por proteger a los niños en Calais y Dunkerque

Los errores burocráticos significan que a pesar de la existencia de disposiciones en las normativas comunitarias para que los menores sean transferidos de forma legal y segura, en la práctica, el viaje puede resultar virtualmente imposible. A principios de 2016, un joven afgano de 15 años murió en un camión refrigerado, aunque su hermana reside en el Reino Unido.

13 años, vive solo en la Jungla de Calais. El centro para jóvenes y las escuelas serán demolidas la semana que viene. ¿Qué hará?

Leonard Zulu sugiere que la mejor forma es que los niños soliciten asilo en Francia, y después informen a las autoridades de que tienen familia en el Reino Unido, mecanismo previsto por el reglamento de Dublín. Pero la mayoría de los niños no entienden lo que significa «procedimiento de asilo». Lo único que saben es lo que les han dicho: que busquen la forma de llegar con sus familiares en el Reino Unido.

Zulu admite que queda mucho por hacer en cuanto a acceso y difusión de la información. Espera que con una presencia permanente en el campo, ACNUR consiga ayudar a difundir la información, también a los niños, incluyendo la información sobre temas médicos. Por ejemplo, Liz Clegg tiene que ayudar a un niño que le enseña una bolsa transparente con varias píldoras. El chico tiene una grave herida en la rodilla, pero no entiende qué medicinas debe tomar.

Día de San Valentín en el Centro de Mujeres y Niños. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Día de San Valentín en el Centro de Mujeres y Niños. Foto: Brindusa Nastasa, utilizada con su autorización.

Después del desayuno, los chicos vuelven al Centro, donde está a punto de empezar el «Día del Niño», como todos los domingos. La tienda se decora con globos en forma de corazón, y los voluntarios les explican cómo hacer tarjetas de San Valentín con cartulina, brillantina y cola. Durante un rato reina la tranquilidad y todo el mundo se concentra en escribir una nota para sus seres queridos: madres, padres y hermanos a miles de kilómetros, y en algunos casos, muertos. Algunos escriben una tarjeta para Liz, que se ha convertido en una figura materna para muchos de ellos, la única persona que les ha mostrado afecto en todo su viaje. Para ella, es un papel muy difícil.

«Es inevitable, pero me entristece —dice Liz—. Lleva tanto tiempo sucediendo que establecemos vínculos. Por una parte es maravilloso que tengan a alguien en quien puedan apoyarse para que cuando vuelvan a ser niños que extrañan a sus madres, tengan a quién recurrir. Pero por otra parte es terrible porque tiene que acabarse. La semana que viene terminará. Y entonces, ¿qué?».

Para más información sobre el Centro de Mujeres y Niños, visite su página oficial en Facebook y su petición en línea contra el desalojo. Annabella Stieren y Brindusa Nastasa han documentado y escrito este artículo, y actualmente siguen las rutas de los niños refugiados por Europa. Su proyecto multimedia cuenta con el apoyo de la hermandad de Periodistas sobre el Terreno.

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