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Miedo y control en Angola: La sombra de mayo

Mário Faustino. Foto: Eliza Capai / Publica

Mário Faustino. Foto: Eliza Capai / Publica

Este reportaje especial fue publicado originalmente en el sitio de Agência Pública, el 16 de noviembre del 2015. Global Voices reprodujo el reportaje en tres partes. Lea aquí la primera parte.

Vivo, Mário Faustino parece estar muerto por dentro. En mayo de este año cuando participaba en una manifestación fue apresado durante tres meses; estuvo en régimen de aislamiento 20 días en mayo de este año. “Hoy entré en la cárcel, salí de la cárcel, ¡estoy muy enfermo! Yo no sé lo que hicieron conmigo … Siento el pecho. Tengo un dolor como si tuviera una herida allí dentro. También mucha fiebre. Mi cuerpo ya no es… soy solo un hombre grande. Cada día que pasa adelgazo. Eso me está matando de a poco”, dice bajando la voz. Además de la tortura y de haber sido apresado sin ninguna acusación Mário lleva consigo un papel arrugado, un “documento de identidad” hecho por la policía que indica que él no puede salir de Luanda. Dice que constantemente es seguido por hombres “sacando fotos”: “Tengo una vida de terror”.

Mário fue preso el día 27 de mayo 2015, una fecha en la que, todos los años, se desarrollan manifestaciones cada vez más modestas en Luanda. Es un día histórico, olvidado, inolvidable para los habitantes de la capital que en gran parte aún no entienden lo que pasó hace exactamente 38 años. En la muy bella edición del libro conmemorativo de la paz “Angola em paz – novos desafios” (Angola en paz – nuevos desafíos), publicado por el gobierno angoleño con textos en inglés, portugués y francés, el episodio de mayo 1977 solo tiene un párrafo. Es descrito como “una tentativa de golpe de Estado” que “enlutó de nuevo al país, acentuando sus problemas sociales”. El episodio, protagonizado por el comandante del ejército Nito Alves, un importante liderazgo del MPLA [Movimiento Popular de Liberación de Angola], llevó a la muerte a un número desconocido de personas y a prisión a afiliados del partido. Tuvo como epicentro las disputas dentro del bloque comunista; Nito Alves defendía al marxismo-leninismo clásico y a la exclusión de mestizos de cargos-clave del gobierno formado hacia poco – apenas dos años antes, Angola era una colonia portuguesa.

“El 27 de mayo hubo una situación un poco caricaturesca”, contó un señor aquella tarde en Elinga. “Fue uno de esos momentos inocentes que nosotros muchas veces dentro de la estructura partidaria desconocemos y al final terminamos complicados. Yo pertenecía al Comité popular del barrio, en ese organismo había personas relacionadas con los mentores del 27 de mayo. Así, cuando entraron en búsqueda de esas personas yo también estaba incluido”, recuerda Moisés Santos Miguel, padre del cineasta Nelson Dibango Mendes, uno de los 15 activistas presos. “Aquello fue horrible, ¿no es cierto? Fue horrible y tuve suerte, es lo que puedo decir. Encontré alguien que consiguió sacarme de la cárcel y logré huir. Aquellos que estaban en la cárcel conmigo ninguno está vivo hoy día.” Es por el 27 de mayo que Moisés está dispuesto a ir a la cárcel a ver a su hijo todos los días. Todos. Teme que de un momento a otro puedan acabar con él.  “Este miedo, yo puedo decirlo así, es el que me lleva”.

Noche cerrada. En el viaje de vuelta a casa volvemos a conversar sobre el 27 de mayo. Lejos de los micrófonos, Moisés no tiene mucho que explicar y pregunta al periodista Rafael Marques: “Rafael, pero ¿que pasó allí, de todos modos?”.

Nadie sabe. Hay pocos relatos fuera de la línea oficial del MPLA. Algunos investigadores niegan, inclusive, que Nito Alves tuviese siquiera la idea de dar un golpe de Estado. Los dirigentes del MPLA garantizan que sí. Hubo ataques a la cadena de São Paulo, a la Radio Nacional y a algunos cuarteles. Militares fueron quemados vivos por los rebeldes. La respuesta fue avasalladora. En los días que siguieron hubo una verdadera “caza de brujas” en las calles de Luanda y en el interior – y peor aún en las filas del MPLA. “O Boletim do Militante”, el periódico oficial del gobierno afirmó “Es preciso que los asesinos paguen por los crímenes”, mientras el propio presidente Agostinho Neto advirtió: “Vamos a dictar una sentencia. No vamos a utilizar el proceso habitual, no sería justo”.

Amnistía Internacional contabilizó, en esa época, entre 20 y 40 mil muertos.

“Yo era muy pequeño”, responde, en el auto el periodista Rafael Marques. “Pero me acuerdo de los cadáveres en las calles.” No hubo ninguna investigación oficial sobre el episodio, pero la memoria de aquella “purga” interna del MPLA aún está viva y fuerte en los barrios pobres donde el rap se extiende como la hiedra. “Tengo familias que murieron el 27 de mayo y una de mis tías conoce muy bien eso. Su esposo murió después de cumplir la condena en la cárcel. Aseguro que salió de allí envenenado, cuando llegó a la casa no duró mucho antes de fallecer”, cuenta Laurinda.

Manuel Chivonde Batista, un joven activista de apenas 19 años que se hizo conocido al ser apresado en 2013 después de haber mandado a imprimir camisetas que decían “Zedu Ditador Nojento” (Zedu repugnante dictador), adoptó el nombre de Nito Alves, resucitando el del enemigo fusilado por el MPLA tres décadas antes.

Domingo en familia

Pais de Nito Alves. Foto: Eliza Capai / Publica

País de Nito Alves. Foto: Eliza Capai / Publica

Desde temprano en las calles de la región de Viana, en Luanda, las mujeres cargan sobre sus cabezas vasijas con coloridas ropas, alimentos industrializados o refrescos. Las terminales de furgonetas – los vans – ya están llenos. Llegamos muy pronto a nuestro destino, a la casa del joven Nito Alves y no hay nadie en la calle de tierra. Laurinda golpea la puerta, entra y luego nos indica que entremos. Esta vez el coche está estacionado en la puerta.

Allá adentro, en un patio de tierra un señor está tendido en una silla de plástico, aprovechando la sombra. Fernando Batista aprieta sus ojos, se queja de un dolor en el pecho, poniendo su mano sobre el corazón.  “Estoy tratando de ir a un médico para ver qué sucede, no me siento bien.” Entran dos niñas de cabellos trenzados y pagan mil kwanzas (6,3 US) para poder sacar agua de un enorme estanque que está en el piso. Salen con las vasijas llenas de agua en la cabeza. “Es así que nos mantenemos”, dice Fernando. En el municipio el agua llega para quienes pueden construir un estanque.

Mientras conversamos ellas llegan de dos en dos. Son las esposas y hermanas de los activistas presos desde junio, casi todos en celdas solitarias. En aquel momento ellos comenzaron a enfermar. “Él se queja de la vista porque ve totalmente oscuro. Casi no entra el sol”, dice Elsa Caholo, hermana del activista Osvaldo Caholo. Vestidas con ropas ajustadas y coloridas, a lo largo de la entrevista, ellas lloran. El señor Fernando no: su rostro se ilumina cuando acepta hablar delante de las cámaras. Desabafa. “Yo admiro el coraje de mi hijo.” Fernando es el padre de Nito Alves. “Nosotros le dimos libertades, porque él es grande y libre de sus ideas. Yo no voy a oprimir a alguien que piensa diferente. Cada uno tiene sus ideas. A él, como persona de la política, le gusta más, cómo puedo decir, supervisar, ver lo que está escrito… ”, resume el padre sobre su único hijo hombre, y refuerza la idea “Yo me admiro del coraje de mi hijo”.

Gertrudes Dala, la hermana del detenido Nuno Álvares Dala, es transparente cuando describe que está siendo perseguida casi todos los días. “Tengo el Sinse [Servicio de Inteligencia y Seguridad del Estado] detrás mío, acompañando mis pasos”, avisa. “Ellos están en el barrio, en cualquier lugar donde usted esté, ellos están allí como si fueran una persona cualquiera, siguiendo lo que usted va a hacer. No sé si también quieren aprehendernos… Hoy, por ejemplo, saben que nosotros estamos aquí ¡lo saben! Solo que no pueden entrar pero están por ahí afuera”.

De hecho.

Somos las últimas en salir junto a Laurinda – y allí están, del otro lado de la única calle asfaltada, en el costado izquierdo de la calle de tierra, uno en moto con una camisa roja y un casco blanco. Sentado sobre su moto, igualmente roja, alta, es imposible no verlo. Él saca fotos en un celular y es interpelado por la madre de Nito Alves. Nos vamos y poco después su figura resurge en el retrovisor. La moto y la camisa roja dan un tono surrealista a la persecución. Trata de estar próximo a nosotros, a la vista, nos sigue de manera ostentosa y es una imagen de terror. El motorista no tiene identificación, no tiene uniforme, no tiene mandato. Y sin embargo tiene poder suficiente para seguir un vehículo con dos extranjeras y tres angoleños, poder que le fue dado por las intrincadas y secretas estructuras de seguridad del presidente.  Su presencia en el retrovisor es un aviso: somos sospechosos. Parecen muchos minutos, parecen horas. Estacionamos el carro al costado de la avenida y cuando salimos allí están de nuevo. Al final, cambiamos de ruta. “Ya vio que lo notamos”, dice Laurinda. “Nosotros vivimos así”.

Tres días después, Laurinda es requerida nuevamente para testificar en la investigación que busca condenar a sus amigos. “Estoy tranquila, voy con mi abogado”, comunica por teléfono, pareciendo intranquila. Después del interrogatorio – cuyo contenido el abogado le ha prohibido revelar –, se convierte en acusada en el mismo caso y pasa a estar en “libertad provisoria”, según la Procuradoría-General de la República. Tres días después, Fernando, el anfitrión de Viana, también es citado a declarar en régimen de urgencia.

Lea aquí la tercera parte

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