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Miedo y control en Angola: La paz armada

Praça 1º de Maio, Luanda. Foto: Eliza Capai / Publica

Plaza 1º de Maio, Luanda. Foto: Eliza Capai / Publica.

Este reportaje especial fue publicado originalmente en el sitio de Agencia Pública, el 16 de noviembre del 2015. Global Voices reproduce el reportaje en tres partes. Lea la primera y segunda parte.

El día 28 de agosto, fecha en que José Eduardo dos Santos cumplió 73 años, fue anunciado en las radios mas oídas del país con la lectura de tarjetas de felicitaciones recibidas en días anteriores. Luanda amaneció limpia como si las pilas de basura que se amontonaban en los días anteriores hubiesen desaparecido, las veredas barridas. El gobierno decretó feriado facultativo; en diversas calles se veían grupos de jóvenes uniformados, con camisas estampadas con el símbolo del MPLA o el mismo rostro del presidente en la gran foto que ilustra también los exteriores en la ciudad con el epíteto “Arquitecto de Paz”.

El tránsito, sin embargo, era caótico. En las calles del centro todas las vías fueron bloqueadas: por allí pasaría el vehículo presidencial con su convoy. Cada dos cuadras se veía un grupo de militares uniformados portando AK-47 o rifle automático. Son los miembros de la Guarda Presidencial, grupo paramilitar de cerca de 15 mil individuos que responden directamente al jefe de la nación. “Basta ver las tropas en las calles para decir que el presidente está en la calle. “Solo vuelven al cuartel general cuando él está de vuelta en el palacio”, nos dice nos dice nuestro conductor impaciente.

En el centro de la ciudad, la Plaza Primeiro de Maio estaba rodeada por diversas camionetas azul-oscuras cargadas de policías y sus fusiles. En el centro de la plaza hay una especie de teatro. En el mismo lugar donde estaba prevista una manifestación de los familiares de los presos políticos se oían mezclados éxitos del ritmo kuduro, al ritmo de cuatro niñas pre-adolescentes que bailaban una coreografía y los gritos de un animador del MPLA saludando los hechos y el aniversario de Kota Zedu – “Kota” es el apellido cariñoso dado por los angoleños a los mas viejos. Había una pequeña y extraña audiencia: jóvenes de gorra de béisbol, pantalones oscuros y chaquetas estilosas; jóvenes vestidos con blusas amarillas con las iniciales de la sigla de la Juventud del MPLA en los costados; al menos una decena de hombres altos de anteojos oscuros y cara de pocos amigos, mirando ávidamente en todas direcciones. Algunos niños que bailaban recibieron luego una merienda y llegó un animado grupo de hombres altos, vistosos, con camisetas que traían el rostro del presidente. Tratamos de sacar algunas fotos, pero fuimos cercados por tres hombres que mandaron cerrar las cámaras. Uno de ellos comenzó a filmarnos siguiéndonos de cerca a donde íbamos, el celular a la altura de nuestros rostros. Esa es la señal para que uno de los jóvenes de ropa oscura se aproxime: “Somos revus, estamos preocupados por ustedes. Los Sinses están listos para acompañarlos”. Salimos de la plaza bajo las miradas calientes de todos aquellos hombres. No hay muchas mujeres en las calles de Luanda. Ademas de las jóvenes que ahora parten para otra presentación en otro lugar de la ciudad hay apenas dos vendedoras de ropas, Laurinda y la activista Rosa Conde – que vemos apenas de lejos. Algunos de los espías nos enfrentan con odio, otros lanzan besos. Nos sentamos en un banco al lado opuesto de la avenida, cuando llega un señor con una cámara: “¿Puedo hacer una foto de ustedes dos?”. Nos negamos y al fin conseguimos distinguir claramente: un policía nos filma con su iPhone debajo del brazo doblado, la luz blanca que destella en nuestra dirección. No demora un segundo. Dos muchachos pasan corriendo y toman nuestras mochilas, nos botan al suelo. Dentro de la mochila, todo el equipo de filmación.

Rápidamente, un hombre se acerca a uno de ellos, le arranca la mochila de sus manos. Es retenido por un policía y la mochila nuevamente. Se oyen los gritos de “¡Ladrón! ¡Ladrón!”. Minutos después encontramos, más lejos, un policia gordo, irritado, abrazado de una de las mochilas, el rostro rojo. “¡Vamos a la comisaría! ¡Vamos a la comisaría!”, grita, negándose a devolver la mochila, tenemos que acompañarlo a la comisaría. Cuando llamamos a la embajada él sube a un vehículo de policía sin informar donde lleva nuestro equipo. El material solo fue recuperado cinco días después de diversas visitas kafkianas a la estación de policía, en las cuales siempre faltaba un papel, una información, una firma. Lo que está claro es que no existen reglas, el proceso no está reglamentado. La policía asegura que está investigando el “robo”, pero como comenta un diplomático de la embajada brasilera “les trataron como sospechosas. Apenas al final de cinco días, con una mediación de la embajada conseguimos recuperar el equipo.

La paz armada

A lo largo de 25 días en Angola, era inevitable hacernos la pregunta crucial: al final, ¿Angola es una dictadura o una democracia? Con un ciclo electoral razonablemente establecido, una economía estable, crecimiento económico vertiginoso, partidos de oposición y canales críticos funcionando libremente, es difícil negar que haya libertades democráticas en el país.

“Es un sistema democrático”, razona el escritor João Mello, que también es diputado del MPLA. “En todos los regímenes, por mas democráticos y liberales que sean, hay siempre alguno más autoritario. Por eso que la democracia no para, no puede parar, porque tiene adversarios permanentes, que en momentos de crisis o amenaza de crisis económica, política, ganan más peso. Es el momento actual. El razonamiento en el gobierno de que hay fuerzas externas interesadas en desestabilizar el país es real”. La crisis económica a la que él se refiere, y que golpea, refleja la caída del precio del petróleo que llegó a US$ 147 en el 2008 y hoy día está en US$ 40.

“Angola es uno de los Estados mas dependientes del petróleo del mundo: 96% de las recetas de exportación vienen del petróleo. O sea, lo que sucede con el petróleo tiene un efecto inmediato en toda la economía, en toda la sociedad angoleña”, explica el profesor Ricardo Soares de Oliveira, de la Universidad de Oxford. “En una gran medida la legitimidad de ese régimen depende de su capacidad de distribuir recursos a grupos sociales específicos de cuyo apoyo o régimen necesita”. Soares afirma que José Eduardo dos Santos tiene un poder individual sin paralelos en África moderna. Un poder construido meticulosamente a lo largo de décadas, aprovechándose del estado de excepción que imperó durante los 27 años de guerra civil. “El presidente usó ese estado de emergencia para ir poco a poco monopolizando todas las grandes decisiones a través del control de Sonangol, que es la compañía petrolera angoleña, que es importantísima – y la mayor compañía en África –, y a través del control de las fuerzas de coerción el ejército, la inteligencia, la política, etc.”

El autor del libro “Magnífica e miserável: Angola desde a Guerra Civil” (Magnífica y miserable: Angola desde la Guerra Civil), publicado recientemente por la editora portuguesa Tinta da China, rechaza las visiones mas caricaturescas de lo que es una dictadura. “Es obvio que lo que sucede hoy en Angola no es una dictadura como en los años 80. Tenemos un Estado relativamente sofisticado que utiliza la represión abierta de modo mucho menos frecuente, que organiza elecciones en un contexto en el que controla todo el aparato y así consigue controlar el tiempo de antena, el acceso a la esfera pública de la oposición y la cobertura periodística. Y lo mas importante tenemos un régimen que controla las finanzas públicas y que define mas o menos la estructura de esa sociedad. Por consiguiente, es obvio que no podemos hablar de Angola como si estuviésemos hablando del Chile de Pinochet, pero estamos hablando de un estado autoritario a su manera”.

Considerado como un enemigo del régimen, Rafael Marques ve con facilidad como funciona el control ejercido sobre la población. Al comienzo de este año fue condenado a una pena de seis meses, suspendida, por la investigación que hizo sobre los vínculos de siete generales con las violaciones de los derechos humanos en la extracción de diamantes. “Lo que anima a la sociedad angoleña a protestar es la corrupción. No es la violencia. Las personas durante mucho tiempo no querían perder el tren de la corrupción, que promueve los incentivos… El presidente está hace 36 años en el poder no tanto por su capacidad de opresión sino por la combinación de dos factores: su capacidad de corromper y de reprimir donde la corrupción no funciona”.

Y en los casos en que la corrupción no funciona, es muy difícil precisar como actúa la represión.

La analista senior del International Crisis Group, Paula Cristina Roque, es una de las raras personas que analizan el tema. Según ella, es difícil estimar el tamaño real de las fuerzas de seguridad angoleña. Hay 160 mil militares, mas decenas de miles de hombres entre la Policía Nacional, la Policía de Intervención Rápida, además de las fuerzas de seguridad que responden directamente al  presidente, la Unidad de Guardia Presidencial y la Unidad de Seguridad Presidencial, cuyo número debe llegar a 30 mil hombres. Además de eso existen tres servicios de inteligencia a los cuales pertenece una enorme e invisible red de informantes. “El SIM, Servicio de Inteligencia Militar, es superior a los otros tres, y quien está al frente es el general José Maria, una figura próxima del presidente. En lugar de ver la seguridad militar del país en razón de las fuerzas externas lo que ellas hacen es espionar a los mismos militares o sea estar preocupados para que no exista disidencia. Otro servicio, el Sinse, servicio de inteligencia interna, son muchos, son los que se infiltran en los grupos de “revus”, se infiltran en la oposición. El tercero, el Servicio de Inteligencia externa, tiene el rol de controlar a la diáspora o controlar a todos los angoleños en el exterior”. Paula anota que hay una gran influencia, aún hoy, de la mentalidad de los aparatos de seguridad del bloque comunista – Angola, palco principal de la Guerra Fría en África, recibió entrenamiento de los militares cubanos, de las fuerzas rusas y de la Stasi de Alemania Oriental.

No es de extrañar dice ella, que las fuerzas armadas terminaran los años de guerra en 2002 con un efectivo de 11 mil hombres y hoy tengan 160 mil. El gobierno dobló los gastos militares desde 2005 y hoy gasta mas de 5% de su Producto Interno Bruto en defensa. Según un estudio de la organización sueca Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), en 2014, Angola gastó US$ 6,5 billones en las fuerzas militares, un aumento de 6,7% en relación al año anterior. Es el segundo país que más gasta en África, justo detrás de Argelia y hace parte de un selecto grupo de diez países que gastan algo más de ese porcentaje en defensa – entre ellos, Israel, Libia y Arabia Saudita.

Según Paula Cristina, eso sucede porque Angola vive una “paz armada”. “No fue una paz negociada porque una de las partes perdió la guerra. Pero una gran parte de la población no se veía en el proyecto político del MPLA. Había dos opciones: o iríamos a una paz positiva, en el sentido de distribuir las beneficios de la paz, dar elementos para que las personas se integrasen en la sociedad y se reconciliaran luego de tres décadas de división; o era necesario crear un aparato de seguridad y un aparato de información que pudieran contener cualquier foco de futura inestabilidad”. Hasta hoy, 13 años después del fin de la guerra civil el MPLA aún se comporta como el gran vencedor de la guerra civil, evalúa la estudiosa. “Si un gobierno no tuviese miedo del pueblo no estarían creando todas las organizaciones del partido para controlar todo, crear un aparato de control que está dentro del pensamiento marxista”. Ella es tajante: “Es un control totalitario”.

“Si una persona habló mal del gobierno lo van a buscar, saben quienes son los familiares, donde trabaja la persona, como sobrevive esa persona, como es su vida, después se infiltran y le crean problemas. Los familiares, si trabajan en la función pública pierden el empleo; si tienen necesidad de ir a un hospital no reciben tratamiento”. Paula describe un ritual usado por la policía en las primeras manifestaciones. Secuestraban a los activistas, los llevaban fuera de Luanda, los hacían arrodillarse en el suelo a punta de pistola, después se iban. “No es preciso matar para producir miedo. Hay muchas otras técnicas y ellos las conocen todas”.

Paranoia

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Luanda. Foto: Eliza Capai / Publica.

En los días siguientes recibimos repetidos llamados por teléfono. El Centro de impresión Aníbal Machado dice que no tenemos autorización para grabar entrevistas. Representantes del gobierno buscan algunas de nuestras fuentes. No podemos llamar a Laurinda o a los demás “centraleiros”. La última vez que nos hablamos ella preguntó si estábamos bien. “Cuídense”, dijo. Son avisos casi imperceptibles. Un día el portero del edificio nos pidió nuestros nombres completos. Otro día un comandante militar pide que le anotemos nuestros teléfonos en un trozo de papel. Hay rumores de que estamos en el país con una visa incorrecta. El servicio de inmigración exige nuestra presencia “con urgencia”.

Apenas algunos de nuestros entrevistados son interpelados y transformados en reos diversas voces del régimen adoptan y tonifican un viejo discurso conocido. Los activistas estarían actuando en nombre de “fuerzas internacionales” que quieren “desestabilizar el gobierno”. De inmediato surgen noticias de que la Procuraduría General de la República acusaba a embajadas extranjeras y grupos internacionales “egipcios y franceses” de estar financiando a los jóvenes para hacer una “primavera angoleña”. El mismo ministro del Interior, Ângelo Veiga Tavares, defiende vehemente que habría planes apoyados por fuerzas extranjeras para desestabilizar el país, que preveen “muertes”.

Comenzamos a andar alertas, despiertas, nunca solas. No nos quedamos hasta tarde en ciertos lugares. Nos mantenemos alertas en todo momento. Mirando por el retrovisor del auto y preguntando: ¿por qué esa persona tiene anteojos oscuros a esta hora? ¿Por qué aquel hombre nos está mirando tanto? Ya no estamos tranquilas en la calle. Dejamos de ver amigos que habíamos hecho y otros que estábamos por encontrar.

Hasta que aquella mañana una persona que vivía en el vecindario nos trajo la confirmación. “Voy directo al asunto. Desde que ustedes llegaron vimos muchos policías por aquí buscando a dos brasileras. Decían que ustedes estaban aquí organizando una manifestación.” Algunos decían ser del Servicio de Investigaciones Criminales, el responsable del investigar contra los activistas; otros decían ser del Servicio de Inmigración. “Esto está generando algo, alguna molestia de alguien que sabe algo respecto de ustedes y ellos están investigando”.

“Ellos están observando mucho aquí”, avisa. Era preciso estar atentas. “Y bien, ustedes miren bien como está la situación antes de que ellos lleguen de manera brusca y traten de hacer alguna cosa que sea incluso ilegal. Ellos aquí pueden todo”. Volvimos al departamento y llamamos una vez mas a Itamaraty.

“Niñas ustedes saben que aquí no es una democracia…”, dice una fuente de la embajada brasilera al preparar nuestra vuelta al país por seguridad. Exactamente como previeron los ´revus´.

Lea la primera y segunda parte.

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