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En Trinidad y Tobago, la violencia ha sido ‘normal’ durante demasiado tiempo

Cascadura [Hoplosternum littorale] Armor plated catfish; photo by Taran Rampersad, used under a CC BY-NC-SA 2.0 license.

Cascadura (Hoplosternum littorale) siluro de caparazón plateado. Foto de Taran Rampersad, usado bajo licencia CC BY-NC-SA 2.0.

Existe una superstición, inmortalizada en la novela de 1972 “Los que comen cascadura” (Those Who Eat the Cascadura) del escritor Sam Selvon, nacido en Trinidad y Tobago, que dice que quien coma el carnoso y escamoso pez de agua dulce del título — no importa lo lejos que vague — terminará sus días en Trinidad y Tobago.

La primera vez que vi a esta mágica criatura, montones de ellas se movían con dificultad en aguas turbias y poco profundas en el Pantano de Nariva. Entonces un grupo de niños descalzos llegó y las atraparon con toscas redes caseras, con cubos o con sus manos. Se llevaron la captura a casa donde sus madres procedieron a limpiar, sazonar y cocinar el pescado en un fuego abierto en el patio.

Cuando me invitaron a participar del festín, lo rechacé, en parte porque la cascadura no parecía apetecible, ni siquiera bañada en curry y leche de coco, y en parte porque tenía dudas acerca de querer terminar mis días en la dulce Trinidad y Tobago [como en la canción ‘Sweet T&T’]. No me mal interpreten — me encantan estas islas gemelas con una feroz y ardiente pasión. Pero al mismo tiempo, a menudo me siento completamente fuera de lugar.

La temporada de Carnaval de este año me hizo darme cuenta de cuánto. No participé en nada, incluso evité Panorama, la competición anual de orquestas de música caribeña, y la competición de Reyes y Reinas, que este año ofreció la chispa más brillante de creatividad que el festival ha visto en muchos años.

Me pregunté lo que me estaba frenando, y me di cuenta de que era el ruido — el nivel de decibelios entumecedor y ensordecedor en el que se reproduce la música en este país, no solo durante el Carnaval, sino todo el tiempo. Los amigos que participaron me dijeron que este año estuvo incluso más alta de lo habitual. La gente que vive en cualquier lugar cerca de la ruta del desfile de Carnaval del lunes y el martes se quejó de que sus muebles se movían, los cuadros se caían de las paredes, los cubiertos se estrellaban contra el suelo, así de fuerte era la vibración.

En los medios de comunicación, vi una fotografía de una preciosa niña pequeña, sonriente y emocionada por estar en el meollo del asunto, viendo las mascaradas. Mientras tanto, un adulto ponía sus manos sobre las orejas de la niña. Asumo que el camión de la música estaba cerca; si ese fuera el caso, significaría que la nuestra es una sociedad violenta. ¿Esa es mi gran epifanía? se preguntarán. ¿No debería ser obvio, viviendo en un lugar tan salvaje? Es mediados de febrero y ya hemos tenido más asesinatos que días.

No solo estamos acostumbrados a la violencia y la aceptamos como parte de la vida en esta sociedad, sino que también estamos programados para ser educados sobre el tema. Para sonreír y aguantar. A veces, vivir en Trinidad y Tobago es como tener una relación tóxica — jódete y calla.

Salvo, cuando la percusionista japonesa de tambor metálico Asami Nagakiya fue asesinada el martes de Carnaval, y el miércoles de Ceniza, el alcalde de Puerto España, capital de Trinidad, deshonró su memoria dando a entender que ella se lo estaba buscando. Entonces los ciudadanos que se habían sentido marginados mucho tiempo ya no pudieron permanecer en silencio. Aún más alarmante es el hecho de que el alcalde Tim Kee todavía no parezca entender qué fue tan ofensivo de lo que dijo. Eso pasa porque aquí es un procedimiento normal de funcionamiento. Y lo hemos permitido.

También nos hemos adaptado a una zona cada vez más pequeña de maniobra. Ya se trate de huir del ataque a nuestros oídos eligiendo la playa en vez de participar en el Carnaval, o bien evitando los piropos y comentarios sexistas a medida que nos encerramos en nosotros mismos y salimos a toda prisa por la calle, toleramos a los abusones en aras de la supervivencia. Tal vez sea un remanente de nuestra historia — desde Colón al colonialismo a la corrupción de nuestros días, siempre hemos conocido la violencia y nos hemos adaptado a soportar su incómoda carga.

Sin embargo, deberíamos darle las gracias al excelentísimo alcalde de Puerto España. Ha ayudado a poner en marcha un debate público que hemos evitado durante mucho tiempo — no solo que muchos hombres tengan un inquietante sentido de superioridad en sus interacciones con las mujeres, sino las formas en las que nuestra sociedad sanciona la violación de los débiles y vulnerables. Cuando los niños son maltratados, lo calificamos de “disciplina”. Cuando los escolares son asesinados en una de las comunidades más oprimidas del país, cuestionamos el estilo de vida de las víctimas. Cuando una participante de la mascarada es asesinada, nos preguntamos qué llevaba puesto.

En un reciente debate sobre las realidades de nuestra sociedad, un hombre me dijo, “hay un lugar para la violencia”. Si eso es verdad — y claramente nos hemos acomodado a este punto de vista — yo mantengo que también hay un lugar para que nos cuestionemos, y finalmente desmantelemos, esa creencia. Trinidad y Tobago es extraordinaria y compleja, llena de contradicciones brillantes y a veces perturbadoras. Estas islas se tejen en mi propia identidad, pero todavía no puedo comer cascadura. Si logramos salir de estas aguas turbias y lodosas, entonces puede que lo reconsidere.

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