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¿Las montañas de huesos de animales pueden impulsar la seguridad alimentaria en Etiopía?

The Addis Ababa abattoir with hills of bones covered with vultures. Photo by Flickr user Magnus Franklin. CC-BY-NC-SA 2.0

Buitres atacando cerros de huesos en un matadero de Adís Abeva. Fotografía del usuario de Flickr Magnus Franklin. CC-BY-NC-SA 2.0

Este artículo de Virginia Gewin fue publicado originalmente en Ensia.com, una revista que destaca soluciones medioambientales internacionales en acción, y se republica acá en virtud de un acuerdo para compartir contenidos.

Mientras jóvenes desempleados escarban la basura cerca de la Universidad Jimma al sudoeste de Etiopía para encontrar tesoros que vender, también buscan uno de los recursos más demandados actualmente: huesos de animales.

Los huesos de animales son una de las únicas fuentes de fósforo y calcio en Etiopía, nutrientes difíciles de encontrar en el reducido y acídico suelo del país. La mayor parte de los 80 millones de agricultores del país, que componen el 80 por ciento de la población, cultivan una pequeña parte de este suelo rojizo. A pesar de que Etiopía es una de las economías mundiales de más rápido crecimiento, los fertilizantes son a menudo un gasto que no se puede solventar; y cuando pueden comprar fertilizantes fosforados, por lo general utilizan solo una fracción de lo que realmente se necesita, lo que disminuye, si no elimina por completo, los efectos esperados del fertilizante. Como resultado de ello, es común observar hectáreas de atrofiadas plantaciones de maíz, las que se ven afectadas más aún por la actual devastadora sequía. Además, solamente 10,1 millones de hogares de este país subsahariano tendrán ayuda alimentaria este año. En la búsqueda de suelo que no esté degradado, los agricultores amplían su campo de trabajo a sitios en las laderas de las montañas, los que tampoco son ideales para la agricultura.

En el 2011, la embajada estadounidense en Etiopía invirtió 15.000 dólares para promover un convenio de investigación agricultural entre la Universidad de Cornell en Ithaca, Nueva York, y la universidad de Jimma, ubicada a 350 kilómetros de Adís Ababa, la capital de Etiopía, como una forma para educar estudiantes y al mismo tiempo mejorar la producción alimentaria en vista del cambio climático. Este convenio aprovechó rápidamente el dilema del fósforo y el potencial de la fuente del abundante nutriente que no ha sido explotado y que se está perdiendo afuera de los mataderos o en cerros de basura a lo largo del país rico en ganado.

“Había montañas de huesos que en ese momento nadie estaba usando”, dice Dawit Solomon, un científico de suelos de la Universidad de Cornell, nativo de Etiopía. Solomon y sus colegas decidieron convertir las montañas de restos de ovejas, cabras y ganado muerto en una fuente local de fertilizante. En 2013, el investigador calculó que si cada año se recicla de 192.000 a 330.000 toneladas métricas de huesos desechados de ganado, el abastecimiento anual de fósforo del país podría aumentar de un 28 a un 58 por ciento, lo que significaría un ahorro de entre 50 a 104 millones de dólares al año si se importara la misma cantidad de fertilizante. Los científicos propusieron instaurar un sistema de recolección de huesos para luego quemarlos a altas temperaturas, un proceso conocido como pirólisis. La pirólisis elimina microbios potencialmente dañinos y hace que las plantas encuentren más fácilmente el fósforo cuando el polvo de huesos se añada al suelo. (El equipo está trabajando por separado en estudios para tratar la escasez de nitrógeno y potasio de los suelos, sin embargo el foco de la quema de huesos es proporcionar fósforo)

No queda claro cómo los huesos se convierten en los familiares pellets de fertilizante de lenta liberación y fáciles de esparcir que los agricultores desearían usando la tecnología actual de Etiopía. El economista agricultural de Cornell, Garrick Blalock, y los estudiantes de ambas universidades se encontraron en un territorio desconocido: rociaban agua azucarada al polvo de huesos, maicena y melaza mientras un disco giratorio motorizado batía la mezcla para convertirla en robustos pellets del tamaño de un maní. Finalmente dieron con la estrategia ganadora y ahora están apoyando el desarrollo de un mecanismo de bajo costo para producir el fertilizante en cualquier lugar del país.

Durante el otoño pasado, cuando se recaudó 200.000 dólares en recursos, el equipo pudo producir las primeras bolsas de Abissinia Phosphorus. Estudios preliminares demostraron que los fertilizantes que tenían hueso calcinado para suplir las necesidades de fósforo doblaron la producción en comparación con los suelos que no se habían fertilizado. Esta opción de hueso calcinado era hasta un 30 por ciento más barata que el fertilizante comercial. La investigación también indica que el pequeño número de agricultores que tan solo utilizaron muestras del producto están interesados en utilizar un biofertilizante. Adicionalmente, al parecer no habría aversión cultural a él, algo que no estaba previsto al comenzar el proyecto.

El fósforo es el nutriente más importante presente en menor cantidad en todo el mundo. Los precios se dispararon un 800 por ciento en 2008, lo que provocó temores de una inminente escasez global del fósforo. Sólo seis países controlan el 90 por ciento de la oferta mundial de mineral de fosfato, con Marruecos eclipsando a todos los demás con 45 millones de toneladas métricas del total de 69 millones de toneladas en el mundo, y China viene en un distante segundo lugar con 3,4 millones de toneladas métricas. Los costos convencionales de los fertilizantes en África son por lo general el doble del precio internacional y los costes de transporte son aproximadamente siete veces mayor que en los EE. UU. Algunos expertos han pronosticado que la inestabilidad en el norte de África y Medio Oriente podría llevar a una alteración en la distribución global de fósforo y amenazar la seguridad alimentaria alrededor del mundo.

El equipo de investigadores tiene un último obstáculo: garantizar un suministro constante de huesos para convertirlos en fertilizante. “Sabemos que, en principio, la cantidad de animales sacrificados es suficiente y que si pudiéramos recogerlos todos, sería una significativa contribución para la disponibilidad de fertilizante”, dice Johannes Lehmann, un especialista en fertilidad del suelo en Cornell, “pero, ¿dónde se encuentran estos huesos? y si se pueden recoger de manera eficiente ¿a qué precio podría ser? está todo en el aire”. Por ejemplo, una vez que los colectores de huesos recojan toda la oferta existente en los vertederos de la ciudad, en el agua, calles, carnicerías y restaurantes, será importante encontrar una manera rentable de mantener el suministro de hueso fresco.

Sin embargo, los esfuerzos para la recolección temprana de huesos que comenzaron en enero de 2016 han demostrado ser bastante robustos: 400 kilos por día. El equipo recientemente tuvo que suspender la recolección hasta que pudieran construir un almacenamiento adicional. Los investigadores de la universidad inicialmente pagaban 2 birr etíopes por kilo de hueso (alrededor de 4,5 centavos de dolar por libra). Aún así, los ingresos diarios de las personas que recolectaban huesos se duplicaron.

“Está más allá de nuestras expectativas”, dice Solomon. “Estamos trabajando para acelerar la conversión de huesos en fertilizante para que podamos ocupar lo que tenemos guardado y hacer espacio para más”. El objetivo final es crear una asociación público-privada capaz de poner las bolsas de fertilizante en el mercado.

Para el segundo país más poblado del África subsahariana, el fertilizante hecho de hueso calcinado es solamente una parte de un esfuerzo mayor puesto en marcha para ayudar a evitar la inanición debido a que la población podría triplicarse a 300 millones para el año 2050. Blalock lo llama un proyecto en el que todos ganan: “Crea trabajos para los pobres sin tierra, recicla un recurso que de otro modo se desperdicia y mejora la disponibilidad de fertilizantes”, dice.

Learned Dees, funcionario de asuntos culturales en la embajada estadounidense en Adís Abeba, se refiere al producto como “un potencial gran avance” para el país y, potencialmente, para el continente, en especial para otros países que enfrentan retos similares.

“Debemos pensar de forma más creativa sobre cómo darle un mejor uso a los flujos de residuos que generamos nosotros [los humanos], dice Lehmann. “Nada tiene que estar fuera de nuestro alcance”.

Virginia Gewin es una periodista científica independiente que vive en Portland, Oregon y miembro de de la Fundación Alicia Patterson 2016. Durante la última década ha escrito de manera independiente para Nature, The OregonianPortland MonthlyPLoS Biology y Consumers Digest. Su cuenta de Twitter es @VirginiaGewin.

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