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Los días del extremismo moderado finalizaron

Residents of Dublin show solidarity with victims of a bomb blast in Ankara that killed over 100 people. Screen capture from YouTube video shared by Workers Solidarity Movement.

Residentes de Dublín se solidarizaron con las víctimas de una explosión de bomba en Ankara que asesinó a más de una centena de personas en octubre pasado. Captura de pantalla de un video de YouTube que fue compartido por el Movimiento Solidario de los Trabajadores (WSM).

Como consecuencia de los dos ataques que reclamaron la vida de por lo menos 30 personas la mañana del 22 de marzo en Bruselas, los habitantes de Europa de nuevo se conmocionaron por la propagación del extremismo en el que alguna vez fue su rincón seguro del mundo.

Hasta hace unos pocos años, los ataques suicidas por detonación de bomba sucedían mayormente en los países del Oriente Medio, por lo que las noticias respecto a los mismos casi no llegaban a oídos de los ciudadanos de los países más prósperos del mundo. En la actualidad, no obstante, el terror realmente se ha vuelto internacional. El oscuro punto débil de la globalización amenaza al rico y al pobre, al musulmán y al ateo, al belga y al turco, sin esperanza de tregua a la vista.

La explosión del 13 de marzo, que se cobró la vida de 35 personas en Ankara, Turquía, hizo que me volviera a preocupar sobre la doble moral. Aquellos de nosotros que gozamos de las ventajas de la vida en las esquinas relativamente prósperas y ‘civilizadas’ de este mundo, no somos tan sensibles como creemos ser ante la injusticia que se manifiesta más allá de nuestras fronteras.

Soy una ciudadana turca que cursa una maestría en Roma. He estado viviendo en esta antigua ciudad europea desde septiembre del año 2015 y, durante este periodo, he hecho amistades con personas provenientes de Italia, Alemania, Georgia, Perú, Francia y de muchos otros países.

Tengo vívidos recuerdos de la noche del 13 de noviembre de 2015, cuando los ataques terroristas le costaron la vida a 130 personas en París.

“… ese apoyo extrañamente estuvo ausente tras los ataques perpetrados a principios de marzo por el colectivo curdo nacionalista, Halcones de la Libertad de Kurdistán (TAK) en Ankara. Pese a mi red internacional de amigos en Facebook, ninguno de ellos adornó su fotografía de perfil con la respectiva bandera de Turquía …”

Con un grupo de amigos estábamos a punto de salir en la noche cuando nos enteramos de la noticia. Algunos de nuestros compañeros ya no se reunieron con nosotros esa noche, porque tenían camaradas que quedaron varados en medio de París o temían que se repitieran los ataques en toda Europa. Yo también sentí mucho miedo. El incidente opacó la velada para los que sí salimos y el tema de conversación que predominó esa noche fueron los ataques. Los días subsiguientes siguieron con esa atmósfera. De todas partes del mundo las personas manifestaron muestras de apoyo al pueblo parisino. Los usuarios de Facebook colocaron la imagen de la bandera de Francia sobre sus fotografías de perfil.

Aunque ese apoyo extrañamente no se manifestó tras los ataques que perpetró el colectivo curdo nacionalista, los Halcones de la Libertad de Kurdistán (TAK) en Ankara a principios de marzo. Pese a mi red internacional de amigos en Facebook, ninguno de ellos adornó su fotografía de perfil con la respectiva bandera de Turquía (no es que esté necesariamente a favor de estas demostraciones de solidaridad), publicó muchas noticias o actualizó su estado con relación a este suceso.

El día después del ataque, prácticamente ninguno de mis compañeros del programa de maestría preguntó por mis amigos y familiares en Turquía. No hubo una etiqueta mundial en Twitter que condenara este macabro incidente. Cuando observé los rostros de mis amigos, al momento que revisaba las publicaciones en mis medios sociales, lo único que pude ver fue indiferencia.

Me sentí realmente molesta, como si uno de los elementos más importantes de mi identidad, e incluso mi existencia, hubiese sido ignorado. La vida de mi familia, las de mis amigos, mis seres queridos que viven dentro de las fronteras del país donde nací eran insignificantes para las personas del país donde vivía y estudiaba.

Después, me percaté que la ayuda de tres mil millones de euros que ofreció la Unión Europea a Turquía para crear una “zona neutral de migrantes” constituía un asunto de mayor interés para muchos de los europeos con quienes interactúo que las personas que fallecen en los ataques terroristas dentro del mismo país. Sentí pena por ellos, hasta que recordé la indiferencia que las personas en las áreas más desarrolladas de mi propia nación exhiben ante los extensos abusos a los derechos humanos inflingidos en las regiones de Turquía, consideradas por ellos como inseguras y subdesarrolladas.

“… recordé la indiferencia que las personas en las áreas más desarrolladas de mi propia nación exhiben ante los extensos abusos a los derechos humanos que afectan regiones de Turquía, consideradas por ellos como inseguras y subdesarrolladas …”

Sentí vergüenza de aquellos compatriotas que ciegamente continúan apoyando las políticas del líder más ambicioso y codicioso que haya existido en Turquía e ignoran la responsabilidad de su participación en el aumento de la violencia en contra de los civiles, que viven bajo toques de queda impuestos por el gobierno en lugares como Cizre, Sur y otros distritos de las regiones curdas del país.

Las elecciones en noviembre de 2015 que concedieron otro mandato al Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) gobernante, del presidente Recept Tayyip Erdogan, se llevaron a cabo bajo una atmósfera de miedo y derramamiento de sangre; una atmósfera que fue parte de las declaraciones del AKP con respecto a que la paz y la estabilidad no serían posibles sin la continuidad de su gestión. El partido intimidó y aterrorizó a los votantes mientras permitió que un conflicto que se acarreaba desde hace décadas se reintensificara tras un periodo de paz. Aquellos que votaron a favor del AKP los recompensaron por hacer esto. Ahora, las ciudades más grandes del Oeste de Turquía están bajo amenaza de ataques organizados por los denominados grupos procurdos como el TAK.

Los ataques de TAK, en Ankara, que ocurrieron con solo tres semanas de diferencia, le costaron la vida a 65 personas. En una reciente entrevista realizada por la BBC en idioma turco al portavoz del Grupo de Comunidades en Kurdistán (KCK), una organización fundada por el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), reveló que el PKK planea llevar a cabo más ataques en el Oeste de Turquía en los próximos meses.

Cuanto más alto sea el número de muertos en las áreas curdas de Turquía, mayor es el riesgo de ataque en Ankara y Estambul. Y, a medida que aumente la violencia en el Medio Oriente, más vulnerables se vuelven las ciudades de Europa. Los días del extremismo moderado finalizaron. La violencia se puede propagar a cualquier parte.

Superar la indiferencia

Aún si los ciudadanos acostumbrados a la estabilidad y a los privilegios cierran los ojos ante el ciclo de inseguridad y violencia que se experimenta diariamente en otras partes del mundo, la propagación de los ataques extremistas en las zonas de seguridad tradicionales, sea en el Oeste de Turquía o en el Oeste de Europa, es inevitable. Aquellas personas que no se toman el tiempo para cuestionar la excesiva brutalidad de las fuerzas turcas en el Este, poblado por curdos, no deberían de inmutarse cuando una violencia similar llegue a los lugares que están acostumbrados a llamar hogar. Por consiguiente, mientras las personas del Occidente permanezcan sin saber sobre el derramamiento de sangre en el Medio Oriente, sea por las fuerzas provenientes de sus propios países o por grupos extremistas como ISIS, las llamas de este caos seguramente continuarán extendiéndose.

“… después del ataque suicida que aconteció en Taksim, en el centro de Estambul, esa mañana de sábado, yo, al igual que millones de habitantes en la ciudad, no me atreví a salir… Se supone que en el hogar es donde uno se siente más seguro, pero lo único que pude sentir era miedo y la sensación de estar atrapada.”

La autora inglesa Antonia Fraser escribió que “en tanto que atormentes a las personas, tú en realidad vomitarás terrorismo”. Los individuos que gozan de la prosperidad en las partes más “felices” o “seguras” del mundo deben alzar sus voces en contra de la opresión que se manifiesta en el resto del planeta. Los occidentales, en lugar de desarrollar un enfoque vacío racista para los refugiados que buscan asilo en Europa, deberían pronunciarse con respecto a las políticas extranjeras bélicas de sus gobiernos, muchos de los cuales son jugadores claves en el interminable desastre internacional en Siria. Fomentar el odio a aquellos que escapan de la brutalidad de su nación no es la respuesta. Promover la participación de la sociedad civil en los procesos de toma de decisiones políticas es un método más efectivo para encontrar las soluciones favorables para todas las partes.

El fin de semana pasado me encontraba en Estambul para visitar a unos amigos a quienes no veía desde hace seis meses. Estaba tan emocionada de regresar a casa para experimentar los paisajes familiares del Bósforo y todas las cosas que más había echado de menos durante el tiempo que estuve en el extranjero. Pero después del ataque suicida que aconteció en Taksim, en el centro de Estambul, esa mañana de sábado, yo, al igual que millones de habitantes en la ciudad, no me atreví a salir, por lo que no pude visitar a muchas de mis amistades. Se supone que en el hogar es donde uno se siente más seguro, pero lo único que pude sentir era miedo y la sensación de estar atrapada. Odiaría experimentar un incidente similar en Roma y jamás quisiera que mis seres queridos estuviesen expuestos a amenazas similares.

Mis pensamientos y mi corazón están dirigidos hacia mis amigos y a todas aquellas personas que viven en Bruselas. Siento su miedo y su profundo dolor. Mi deseo es que todos sintamos esas cosas con cada incidente que se suscite en esta brutalidad que prolifera, sin importar el lugar donde pueda manifestarse.

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