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La Habana que se habita

Una familia en un edificio de La Habana (Foto: Mónica Baró - Periodismo de Barrio)

Una familia en un edificio de La Habana. Foto Mónica Baró, Periodismo de Barrio.

Esta historia comienza nuestra colaboración con el medio digital cubano Periodismo de Barrio. A través de esta alianza, nuestros lectores podrán conocer historias de Cuba distintas a las que aparecen en los medios de comunicación tradicionales. 

El 7 de diciembre de 2014, en una ceremonia en Dubái, la fundación suiza New7Wonders reveló los resultados de un certamen internacional organizado para proclamar siete ciudades maravilla. Entre las favoritas, que sobresalieron entre más de 1.200 candidatas de 220 países, resultó La Habana. Contra pronósticos conservadores, algo escépticos, la capital cubana acabó imponiéndose sobre íconos como Barcelona, Londres, Atenas, Kioto, Praga, Ciudad de México; por representar, junto con las otras seis, “los logros y las aspiraciones de nuestra civilización urbana global”. La Habana, como fiel versión de Cuba, casi siempre muy mal subtitulada, es sencillamente una ciudad con enormes contradicciones.

El 17 de diciembre, cuando todavía no había bajado la fiebre por el nombramiento de la New7Wonders, los Gobiernos de Cuba y Estados Unidos, archienemigos de la Guerra Fría, anunciaron el descongelamiento de sus relaciones diplomáticas. La Isla, esa diva incansable que siempre da de qué hablar, regresó al top ten de las agendas mediáticas. El featuring entre los presidentes Raúl Castro y Barack Obama, ensayado en secreto durante 18 meses, dejó perpleja a no poca gente. Generó incertidumbres, esperanzas, decepciones, alegrías, ambiciones, curiosidad; según desde donde se interpretaran los discursos. Y generó, además, un boom turístico de este lado del mar: entiéndase dividendos.

El Anuario Estadístico de Cuba 2014, en su apartado sobre el turismo, señala que de 2009 a 2014 la cifra de visitantes aumentó en más de medio millón. En 2015 el país recibió a 3.524.779 personas, lo cual significó un crecimiento de 17.4 por ciento. Es decir, que en un año se obtuvo un resultado muy similar al que se había obtenido en cinco, antes del 17D. Tal crecimiento reportó ingresos brutos superiores a 3.000 millones de dólares, de acuerdo con un artículo del economista José Luis Rodríguez, a partir de informaciones de la Asamblea Nacional de Poder Popular. Y 2016 arrancó rompiendo récords. Una publicación de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) revela que solo en enero arribaron 417.764 visitantes, casi 47.000 más que en igual mes de 2015. No extraña que la prensa estatal reconozca el turismo como “el sector más dinámico de la economía”.

Cuba se ha puesto de moda y La Habana es su rostro estrella en el mercado mundial. Es la ciudad del país que atrae más visitantes. No se visita precisamente por sus playas, menos por su naturaleza. En eso la superan otras. Tampoco por el hecho de ser capital. Se visita por la misma razón por la que ha inspirado canciones en distintas épocas y géneros. Ha sido musa de Los Zafiros, Joaquín Sabina, Fito Páez, Carlos Varela, Gerardo Alfonso, Habana Abierta, Los Van Van, Manolito Simonet. Es raro que alguien permanezca indiferente ante ella. Se aborrece con toda la fuerza del hígado, o se adora. O las dos cosas al mismo tiempo. La ciudad es bastante temperamental. Suele ser compleja, disfuncional, impredecible, conflictiva.

Sin embargo, no sería justo atribuir todo el crédito del boom al 17D.

Ciudad célebre

Antes del anuncio de los ex archienemigos, antes también del anuncio de la fundación suiza, la cantante Beyoncé Knowles y el rapero Jay-Z, connotado productor de éxitos musicales, vinieron a La Habana para desarrollar un intercambio educativo. Ocurrió en abril de 2013, cuando Cuba todavía figuraba en la lista de países patrocinadores del terrorismo que confecciona el Departamento de Estado de Estados Unidos. Que la visitaran entonces figuras públicas, en especial estadounidenses, era más una travesura antisistémica de bajo perfil, que una tendencia promovida por el mercado y políticas gubernamentales.

Pero la pareja, muy consecuente con su vocación por el espectáculo, se aseguró de no pasar inadvertida. Paseó por el Centro Histórico. Se dejó fotografiar. Cenó en restaurantes privados. Visitó centros de enseñanza y compañías artísticas. Beyoncé hasta se hizo selfies con fans locales, bailó guaguancó y compartió escenario con la ilustre cabaretera cubana Juana Bacallao. Jay-Z conservó casi siempre su porte de tipo rudo que conviene no molestar, aunque tras su regreso a Estados Unidos respondió a una ráfaga de acusaciones de congresistas republicanos con un tema sobre su experiencia (“Open Letter”), donde expresó: “estoy en Cuba, amo a los cubanos. Esta charla comunista es tan confusa, cuando es de China el micrófono que estoy usando”.

Ese, podría decirse, fue uno de los sucesos que empezó a instaurar la moda del destino Cuba entre celebrities de las que ocupan portadas. A la Casa Blanca se le adelantó el Star System. Aunque hay que admitir que la visita de Barack Obama, en compañía de su impecable esposa Michelle y sus hijas Sasha y Malia, en marzo de 2016, no tuvo qué envidiarle a la de Beyoncé y Jay-Z en lo referente a popularidad. Ni siquiera a la más reciente de la cantante Rihanna, que encandiló las calles habaneras en rol de femme fatale, con su melena pintada de fuego y modelos igual de ardientes, mientras la fotógrafa Annie Leibovitz inmortalizaba su imagen para la revista Vanity Fair.

Pero, indiscutiblemente, lo que más ha movilizado a la ciudad en los últimos meses han sido los conciertos gratuitos de Olga Tañón, DJ Diplo y Major Lazer y The Rolling Stones. El arte, con su insuperable poder de convocatoria, vino a legitimar los cambios en las relaciones políticas.

Concierto de The Rolling Stones en La Habana (Foto: Mónica Baró - Periodismo de Barrio)

Concierto de The Rolling Stones en La Habana (Foto: Mónica Baró – Periodismo de Barrio)

Ciudad que se habita

Y entre tantas cámaras, poses y grandes titulares, en ocasiones se pasa por alto que esa ciudad de contrastes no es ni el collage pintoresco que promueven campañas publicitarias, ni el fin de mundo que construyen tantas fotografías. Es una ciudad que se habita. Todos esos inmuebles mortalmente heridos en su guerra contra el tiempo, antes que otra metáfora de la decadencia, son hogares que acogen familias.

La Habana es la provincia más pequeña y densamente poblada de Cuba. En sus 728 km² residen 2.121.871 personas, según estadísticas de 2014 –que no incluyen la población de inmigrantes sin dirección en la capital–. Y esas personas, legales e “ilegales”, son quienes la conforman.

“La ciudad la hace la gente que en ella habita y, más aún, se define a partir de las interacciones entre los que residen en los espacios urbanos, que, como todos, son construcciones sociales”, destacan los investigadores que participaron en el libro Las tantas Habanas. Estrategias para comprender sus dinámicas sociales, publicado en 2014. Por su parte, el arquitecto Mario Coyula, Premio Nacional de Arquitectura, argumenta en el epílogo que “la ciudad es el mayor y más importante hecho cultural, que une la significación histórica y arquitectónica con la utilidad práctica cotidiana para todos los sectores sociales”.

En noviembre de 2019, la capital cumplirá 500 años de fundada. Lo que se celebre en ese momento revelará en gran medida la ciudad que se ha venido creando en los últimos años. Podría celebrarse la conservación del Centro Histórico; la presencia de peces, pelícanos y gaviotas en la Bahía de La Habana por la reducción de los niveles de contaminación de sus aguas; el incremento de las capacidades de alojamiento con los nuevos hoteles construidos en alianzas con inversores extranjeros; las visitas de tres sumos pontífices, un presidente estadounidense y una avanzada de celebrities; o la ceiba lozana que se plantó en El Templete, casualmente días antes del fenómeno Obama, con el fin de remplazar a la moribunda que agrisaba el paisaje. Pero lo que debería poder celebrarse, primero que todo, es la recuperación del fondo habitacional. De lo contrario, cualquier homenaje sería un paripé. Ni aunque se culminara la restauración del Capitolio, futuro teatro de operaciones del Parlamento cubano, y se lograra la pretenciosa cifra de 10 millones de visitantes en un año.

*Este artículo es un extracto exclusivo para Global Voices. Puede consultar la versión original de “La Habana que se habita” aquí y leer otros artículos de Mónica Baró aquí.

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