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Los saberes de los pueblos indígenas inspiran cada vez más a investigadores de todo el mundo.

Photo by Jean Polfus

Fotografía: Jean Polfus / Ensia.com

Este artículo escrito por Ben Goldfarb se publicó originalmente eEnsia.com, una revista que destaca las soluciones ambientales a nivel internacional, y se republica aquí como parte de un acuerdo para compartir contenido.

En la escarpada región Sahtú ubicada en los Territorios del Noroeste de Canadá, una zona tan lejana que en invierno únicamente está conectada al resto del mundo por un camino peligroso de hielo, la vida gira alrededor del caribú. Durante milenios los Dene han vivido como un pueblo nómada, siguiéndole la pista a las grandes manadas a través de Sahtú y capturando los animales itinerantes por su carne, piel y huesos. Aunque hoy en día los indígenas de la región viven en pueblos, la cacería de subsistencia sigue siendo esencial para su dieta y cultura. El lenguaje Dene tiene frases para dichos conceptos, tales como “crecimos con la sangre caribú” y “somos personas con caribú”.

Esa relación tan estrecha no siempre ha coexistido de manera positiva con la ciencia empírica. Los biólogos de la fauna y flora estudiaron durante mucho tiempo el caribú: descendían en helicópteros, los cazaban y les ponían radio collares para monitoreo. Algunos miembros del pueblo Dene veían este proceso como una acción irrespetuosa hacía las criaturas que ellos consideraban como de la familia. En septiembre de 2012, el Consejo de Recursos Renovables de Sahtú aprobaron decisiones en las que se recomendaba que la investigación de la fauna y flora implicaba a las personas locales y el respeto de los valores indígenas. Los biólogos aún pueden atrapar caribúes, pero ahora tienen una directriz para utilizar métodos más respetuosos y no invasivos.

Un equipo de científicos, entre los que se encuentra Jean Polfus, una estudiante de doctorado de recursos naturales en la Universidad de Manitoba, tiene la tarea de desarrollar nuevas técnicas. Los comienzos de Polfus en los Territorios del Noroeste no fueron fáciles: “Estaba completamente a oscuras, hacía frío y muchas reuniones se realizaron en lengua Dene,” recuerda, pero a lo largo de muchas conversaciones con los líderes de la comunidad, ella y los colaboradores locales diseñaron un proyecto visionario. Estudiarían las poblaciones de los caribúes utilizando el ADN extraído de los excrementos. Los cazadores y tramperos Dene, que a menudo recorrían caminos con las manadas durante los viajes en trineos de motor, recogerían los excrementos — con cada muestra que Polfus recibía, el cazador o trampero ganaba una tarjeta de regalo de 25 dólares canadienses para la gasolina. “Es mucho más barato que atrapar caribúes”, dice Polfus.

Un nuevo respeto

Aunque los biólogos y los indígenas han trabajado juntos desde hace siglos, hay roces en la relación. A menudo los científicos miran con recelo el conocimiento tradicional, a veces con consecuencias dañinas tanto para la ciencia como para la vida de los indígenas. Por ejemplo, en 1970, los investigadores federales de EE.UU. llegaron a la conclusión de que la población de ballena boreal en el Mar de Bering estaba disminuyendo, e instaron a la Comisión Ballenera Internacional, una organización global dedicada a regular su caza y conservación, a imponer restricciones drásticas de caza en las comunidades indígenas que dependen de los cetáceos para su sustento. Los nativos de Alaska pusieron objeciones al señalar que, mientras los científicos del gobierno únicamente contaban la cantidad de ballenas en mar abierto, las ballenas boreales también atravesaban el hielo duro, usando sus enormes cráneos para romper el hielo y crear huecos para respirar. Cuando en el año 1980 el Servicio Nacional de Pesca Marítima finalmente utilizó la respuesta de los indígenas para realizar las inspecciones, éstas mostraron que la población casi cuadriplicaba el cálculo aproximado.

“Lo más duro es sentarte en una habitación con científicos que piensan que han descubierto algo, pero el descubrimiento científico únicamente confirma que nuestras historias orales permanecen para siempre”, dice William Housty, miembro de la primera Nación de Heiltsuk de la Columbia Británica y director de Coastwatch, un programa de ciencia y conservación. “Hacer que la gente crea que nuestra cultura está al mismo nivel que la ciencia occidental ha sido nuestro mayor obstáculo a vencer”.

Aunque la transición ha sido inestable, los biólogos expertos en vida silvestre como Polfus luchan hoy en día por tener una relación más respetuosa y participativa con los indígenas. Los científicos se han asociado con indígenas australianos para estudiar las poblaciones de las tortugas marinas; confían en los cazadores Kaxinawá en el Amazonas para investigar la abundancia de especies como los monos y los ciervos, y le piden información a los Yupiks de Alaska acerca de las migraciones de morsas. Renata Leite Pitman, una veterinaria brasileña que estudia la fauna silvestre de América Central y del Sur desde hace 25 años, se apoya en la experiencia local para aprender las llamadas, los sonidos y los rastros de los animales del bosque difícil de encontrar. “Pienso que es algo intuitivo: aprendes de lo que los nativos llevan haciendo toda su vida”,dice.

La última colaboración de Pitman es con los huaorani, una tribu de Ecuador cuyos jóvenes, como rito de paso a la edad adulta, capturan y ponen en libertad a las anacondas verdes, la serpiente más pesada del mundo. Desde 2014, Pitman ha insertado transmisores de radio en seis anacondas de Ecuador y Perú para estudiar los movimientos de la especie en el Amazonas. También ha entrenado a miembros de la tribu huaorani para clasificar y seguir la pista de las serpientes: técnicos indígenas le informan a diario mediante Skype. Pitman y sus compañeros huaorani extrajeron muestras de anacondas y de la carne de animales salvajes, que los científicos examinaron en busca de contaminantes provenientes de la exploración petrolera aguas arriba. Los reptiles de gran tamaño se han convertido en eficaces indicadores ecológicos cuya carne refleja la salud de la tierra de los huaorani.

La investigación de Pitman no solo revela los secretos de las andanzas de las anacondas  — por ejemplo, las serpientes son más terrestres de lo que ella había imaginado  —, sino que también ofrece conocimiento valioso de los huaorani, quienes reciben considerables ingresos del ecoturismo. “Quieren obtener beneficios de llevar a la gente a ver las anacondas”, dice. “Esto puede ser una ayuda a largo plazo para la economía”.

Las investigaciones colaborativas pueden generar más beneficios inesperados. Marco Hatch, miembro de la nación india Samish y ecologista marino de la Facultad del Noroeste de India en Washington, estudia los viveros de almejas de la costa pacífica canadiense  — filas bien ordenadas en zonas intermareales rodeadas de paredes rocosas en las que las poblaciones costeras llevan recolectando mariscos desde hace miles de años. La investigación de Hatch, realizada junto con los nativos propietarios del vivero, sugiere que las almejas crecen en mayor tamaño y abundancia en los viveros que en la selva, y que otras especies comestibles, como los cangrejos y los caracoles que crecen en las paredes rocosas. “Los propietarios no nativos de las playas pueden manejar las playas de manera más efectiva si utilizan herramientas y tecnologías desarrolladas por los pueblos originarios”, dice Hatch.

Sus descubrimientos también desafían la idea sostenida durante mucho tiempo de que los indígenas del noroeste eran cazadores y recolectores estrictos. “Los viveros de almejas nos ofrecen las modificaciones tan grandes e innegables de las zonas intermareales”, dice. “Muestran la complejidad de la comida indígena y de los sistemas del conocimiento”.

Una mirada al norte

Hatch y Polfus no son los únicos científicos que continúan con la investigación colaborativa en Canadá, donde una serie de casos judiciales ha reconocido la autoridad de los pueblos indígenas en la gestión de recursos naturales. Esto ha creado el marco para programas como el Heiltsuk’s Coastwatch, una iniciativa cuyo origen está en el río Koeye en la Columbia Británica donde los osos pardos cazan el salmón migratorio en la espesa selva tropical costera. En 2007, Housty y otros Heiltsuk, con la ayuda de grupos conservacionistas y científicos de la Universidad de Victoria, crearon una red de trampas de alambre de púas, con aroma a salmón como cebo, para obtener pelo del oso para analizar el ADN. El programa de seguimiento reveló la presencia de una “línea” de oso pardo a lo largo del río Koeye y ayudó a los Heiltsuk a dirigir mejor su propia relación con los osos pardos — por ejemplo, al trasladar los campamentos de jóvenes lejos de las áreas con más tráfico.

Tan importantes son los resultados del estudio como sus principios rectores: los Heiltsuk’s Gvi’ilas, una serie de leyes tradicionales que determinan la relación de la primera nación con el mundo natural. Al igual que los valores culturales de los Dene les llevaron a insistir sobre la investigación del caribú no invasivo, los Gvi’ilas exigieron el seguimiento discreto del pelo. “Las ideas que son muy fundamentales constituyeron la base de todo lo que hicimos”, dice Housty. “Uno de los más importantes fue el respeto. Si tratas a los osos con respeto, ellos te tratarán de la misma manera”.

Hay una delgada línea entre colaborar con los indígenas y explotar su trabajo y conocimiento. 

Pero ese respeto no siempre es correspondido por los poderes establecidos. Según Housty, cuando los Heiltsuk presentaron al gobierno provincial su mapa del hábitat de los osos pardos, los funcionarios hicieron caso omiso de los datos que se encontraban en conflicto con los mapas existentes de la provincia. “Así que dijimos, pasamos del gobierno — iremos derechos a la industria”, recuerda Houst. Los Heiltsuk le presentaron los mapas del hábitat a las empresas locales de tala quienes mostraron más interés que la provincia. “Ellos pusieron un poco de su parte, nosotros pusimos un poco de nuestra parte, y les pudimos enseñar dónde era más conveniente talar”, dice Housty.

Si los Heiltsuk no pueden avanzar con el gobierno de Columbia Británica usando las trampas de pelo y los análisis de ADN — herramientas de la investigación científica de occidente — no es de extrañar que el conocimiento nativo aún sea desechado en muchos sectores. En otras regiones de Columbia Británica, los informes de los pueblos originarios acerca de que los osos pardos habitan en las islas costeras fueron desestimados por el gobierno porque el observador “no era biólogo”; un análisis posterior de ADN mostró que 10 islas albergan osos pardos residentes. Según un estudio acerca de los caribúes en 2008, algunos científicos siguen siendo responsables de utilizar los conocimientos tradicionales “únicamente cuando son convenientes para los actuales modelos de pensamiento de la administración de recursos”. Hay una delgada línea entre colaborar con los indígenas y explotar su trabajo y conocimiento.

El lenguaje técnico de la administración de recursos puede también frustrar la cooperación realista. En un ensayo del año 2004, el antropólogo Marc Stevenson detalló cómo palabras aparentemente inofensivas como “cosecha” y “cuota” puede dominar los debates de cogestión y excluir a los nativos de la toma de decisiones. Cuando Stevenson se sentó junto al Consejo de administración de las ballenas en el este de Canadá, observó que los cazadores esquimales se negaban a utilizar la palabra “existencias” para referirse a las belugas — el concepto no existe en el idioma esquimal. Stevenson advierte que dicha terminología utilitaria puede ser “no solo extranjera, sino antitética para los valores, conceptos y comprensiones indígenas”.

Cuentos de ‘La señora Caca’

A pesar de las advertencias, la investigación colaborativa está en auge y el proyecto de los caribúes de Polfus ofrece un ejemplo alentador. Aunque el esfuerzo ha demorado en imponerse — como señala Polfust, “cuando afuera hace 40 grados bajo cero y estás en el trineo, ¿quién quiere detenerse a recoger caca de caribú?” — palabra que se extiende de forma gradual. Durante más de dos años, Polfus, conocida localmente como la señora Caca, recibió más de mil bolsas de plástico; su ejército de cazadores de recompensas estaba integrado por personas de todas las edades, desde mayores a niñas de 12 años.

Las pruebas de ADN de Polfus revelaron tres formas distintas genéticamente del caribú — caribú de los bosques boreales, caribú de terreno estéril y caribú de montaña. Aunque los tres tipos generalmente ocupan hábitats diferentes, a menudo se relacionan en el bosque boreal, desconcertando así a los biólogos de la vida silvestre ya que no están seguros de dónde una subespecie termina y otra empieza. Tal confusión no existe entre los Dene cuyo idioma incluye palabras diferentes para los tres tipos. Los cazadores Dene pueden distinguir entre las variedades del caribú basándose en la morfología, huellas e incluso comportamiento: por ejemplo, el caribú de los bosques serpentea hacía atrás su propio camino para despistar a los depredadores.

Polfus afirma que el hecho de que los Dene hayan desarrollado diferentes términos y tácticas de caza para cada tipo sugiere que el caribú se separó en el pasado lejano. Al hacerle caso al lenguaje indígena, en otras palabras, progresa la comprensión de la ciencia de la historia evolutiva y ayuda a los investigadores a identificar las diferencias sutiles y cruciales entre las subespecies. Las autoridades ya han tomado nota: como resultado de la investigación de Polfus, el consejo de recursos renovables Sahtú ha prometido utilizar la palabra Dene para el caribú de los bosques boreales, tǫdzı, en todos los documentos oficiales.

En el lejano norte, estudiar la ecología de la población de los caribúes es algo únicamente académico. El desarrollo del petróleo de esquisto se está acercando a los territorios noroeste de manera  inexorable y un mayor entendimiento de la ecología de los caribúes y la dinámica de la población debería ayudar a los biólogos y cazadores indígenas a gestionar la industria y la vida silvestre.

“Cuando apoyas el conocimiento de personas que tienen mucho interés en conservar al caribú para sus hijos”, dice Polfus, “es cuando el éxito de la conservación realmente puede suceder”. 

Ben Goldfarb es un periodista ambiental autónomo cuyo trabajo se centra a menudo en la pesca y la gestión de la vida silvestre. Sus artículos han sido publicados en diversos medios como The GuardianScientific AmericanEarth Island JournalOnEarth Magazine y High Country News. Su cuenta de Twitter es @ben_a_goldfarb.

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