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Si tuviera un arma

PHOTO: Public domain from Pixabay.

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Escucha la voz de Jeronimo Yanez luego de haberle disparado a Philando Castile. Esto es lo que yo escuché: La voz de un hombre que esperaba ser el bueno con el arma, enfrentándose al hecho de que podría ser el malo, el temeroso, el joven que se protege solo ante la oscuridad y que no está protegiendo a otros de la amenaza inminente, como se podría haber imaginado que haría como oficial de policía.

O, como mínimo, escuché en su voz la comprensión de que disparar a ese hombre con una mujer y una niña en el auto es absolutamente vil y para nada heroico. A mis oídos, no había nada más que dolor y miedo en su voz.

También estuve pensando en Castile. Llevaba un arma de fuego porque imaginó que lo podía a mantener a salvo. Tal vez, él también fantaseaba o se contaba historias sobre utilizar el arma para proteger a la gente que quería. Si ninguno de los dos hubiese tenido un arma, Castile estaría vivo, libre para seguir cometiendo errores, amando, odiando y creciendo; Yanez se habría olvidado de la multa que le hizo por llevar el faro trasero roto; a Diamond Reynolds y a su hija no las atormentarían las pesadillas por el resto de sus vidas.

Estuve pensando en todos los momentos en que la violencia irrumpió en mi vida y mentalmente colocó un arma en mi mano. Hace dos semanas, mi hijo y yo vimos a un hombre agredir a una mujer en Telegraph. Yo reaccioné y dije algo estúpido como: “¡Eh, ya basta, eso no está bien!”. Eso pareció romper el hechizo. El tipo me miró, parpadeó y se alejó. Luego regresó y nos pidió disculpas a ella y a mí (de una manera extraña y confusa, pero esa es otra historia. Y sí, llamé a la policía o lo intenté, pero repito: esa es otra historia). ¿Qué hubiese ocurrido si llevaba un arma en la chaqueta? La habría tomado inmediatamente. La presencia del arma podría haber conducido a un enfrentamiento más fuerte. Mi hijo podría haber visto como le disparaba a ese hombre o a algún transeúnte. O podría incluso haberle disparado a mi hijo, si algo hubiera salido muy mal.

Sin embargo, nada de eso sucedió. Todos vivieron. Cuando pienso en los momentos en que fui atacado, amenazado o cuando fui testigo de la violencia, no puedo pensar en una instancia en la que un arma hubiera mejorado el resultado. Lo que no significa que nunca llegará el momento en que un arma podría ayudar. No obstante, mi experiencia me dice que esa será la excepción, no la regla.

Durante el fin de semana, mi pareja y nuestros hijos pasamos delante de una tienda que vendía armas. Obviamente, los niños quisieron entrar y mirar boquiabiertos las espadas, los cuchillos y las armas. Era comprensible: se alimentaron de imágenes de tipos buenos con pistolas durante toda su vida y querían escabullirse en esas fantasías por un instante. No me cabe la menor duda de que Jeronimo Yanez y Philando Castile alguna vez fueron como mis hijos.

Aburrido, observé los letreros que estaban a la venta en las paredes de la tienda: ¡No pasar! ¡El propietario está armado y es peligroso! ¡El control de armas es poder darle a tu blanco! Todo expresaba miedo y aislamiento. Nada decía: respira, considera las cosas buenas de la vida y recuerda que todos somos falibles y valiosos.

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