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Lo primero que podemos hacer para proteger los océanos de la Tierra

Shadow bands and light bands during a tropical sunset. Photo by Flickr user NOAA Photo Library. CC-BY-NC-SA 2.0

Franjas de sombra y luz durante un atardecer tropical. Foto del usuario de Flickr NOAA Photo Library. CC-BY-NC-SA 2.0

Este artículo de Liza Gross fue publicado originalmente en Ensia.com, una revista que resalta las soluciones ambientales internacionales en acción, y se republica aquí como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos.  

Cuando los pescadores de Nueva Inglaterra se quejaron por tener que trabajar cada vez más para pescar cada vez menos, Spencer Baird reunió un equipo de científicos para investigar. Aunque una falla pesquera podría ser inconcebible, Baird escribió en su informe, “un alarmante descenso de la pesca costera se ha establecido exhaustivamente por mis propias investigaciones, así como también por evidencia de los testimonios recogidos”.

El informe fue el primero de Baird como jefe de la Comisión de Pesca de los Estados Unidos. Fue en el año 1872.

Baird reconoció los límites del océano. Una década después, sin embargo, su colega británico, Thomas Huxley, tomó una mirada decididamente diferente. Al llamar a la pesca marítima “inagotable”, Huxley consideró las regulaciones como inútiles, ya que “nada que hagamos afecta seriamente la cantidad de peces”.

Durante el siglo siguiente, como la pesca se volvió cada vez más mecanizada, la noción de Huxley de que los océanos son infinitamente abundantes persistió incluso cuando la evidencia demostraba lo contrario. Hoy, el 80 porciento de las reservas globales de peces se han pescado hasta el límite o más allá, y nuestro fracaso en proteger el océano  — no sólo los peces en él — como un recurso finito ahora amenaza su habilidad de recuperarse, argumentó una comisión internacional del gobierno y líderes de negocios en un informe del 2014.

“La destrucción del hábitat, la pérdida de biodiversidad, la sobrepesca, la contaminación, el cambio climático y la acidificación del océano están llevando al sistema oceánico al punto del colapso”, advirtieron los presidentes de la Comisión global de océanos.

Los científicos saben cómo curar muchas de las enfermedades que afectan en alta mar — es decir, las aguas más allá de las 200 millas náuticas de la costa, más allá de la jurisdicción de las naciones. La restricción de las actividades industriales como la pesca, transporte y explotación minera de fondos marinos en puntos focales de biodiversidad recorrerán un largo camino hacia la recuperación de la salud del océano, dicen. Pero no hay lugar para tales medidas en una estructura de regulación creada para controlar el consumo y el comercio en lugar de la conservación.

Es un sistema que está obstinadamente aferrado a la visión de túnel de Huxley, incluso ante una evidencia tan alarmante que Baird difícilmente pudo haberla imaginado.

Conservación ineficaz

El marco primario internacional para el control de la abundancia del océano es la Convención de las Naciones Unidas de la Ley del Mar. UNCLOS (United Nations Convention on the Law of the Sea), que entró en vigor en 1994, fue creada para llenar el vacío que dejaron los acuerdos anteriores de la ONU, que regulaban el transporte (a través de la Organización Marítima Internacional) y la pesca (con la Organización de  Agricultura y Alimentación).

El tratado se complementó con la Implementación de la Parte XI de UNCLOS en 1994, que regula la explotación minera de fondos marinos de recursos no biológicos (por la Autoridad Internacional del lecho marino), y  el acuerdo de la ONU de reserva pesquera de 1995, que depende de 10 organizaciones regionales de control pesquero, conocidas como RFMO, para implementar sus guías de sustentabilidad.

UNCLOS depende de 166 países para asegurar a sus ciudadanos y embarcaciones cumplir con el tratado en áreas más allá de su jurisdicción nacional — dos tercios de océanos. Los países tienden a firmar acuerdos intergubernamentales  – llamados acuerdos “sectoriales” porque gobiernan diferentes sectores empresariales  — que reflejan sus intereses nacionales. Estos acuerdos crean cuerpos autoritarios para asegurar el uso y la explotación de recursos marinos equitativo entre las naciones. A pesar de que los cuerpos sectoriales representan los intereses de la pesca, minería, transporte y otras industrias que gobiernan, pueden aprobar medidas de conservación si lo desean. Y algunos lo han hecho: un cuerpo sectorial, la Comisión Ballenera Internacional, por ejemplo, introdujo una moratoria en la caza de ballenas en los 80 bajo la presión de países miembros no cazadores de ballenas. En cambio, los cuerpos sectoriales RFMO, que incluían mayormente sólo las naciones pesqueras como parte de sus acuerdos, en general se han resistido a las medidas de conservación.

UNCLOS también protege los intereses económicos de las naciones con provisiones que brindan a los países costeros derechos exclusivos sobre los recursos marinos dentro de las 200 millas náuticas en alta mar. La mayor parte de la exploración de gas y petróleo de alta mar, por ejemplo, es supervisado por países dentro de esas zonas exclusivas. Pero las regulaciones nacionales inadecuadas pueden derivar en desastre, como el derrame de petróleo del Deepwater Horizon en 2010 — que dejó 11 muertos y volcó casi 5 millones de barriles de petróleo en aguas estadounidenses en el Golfo de México — que fue un ejemplo claro lamentable. La única manera de prevenir desastres similares, sostiene la Comisión Global Oceánica, es a través de acuerdos vinculantes internacionales en seguridad y estándares ambientales que mantienen las corporaciones responsables del daño ambiental.

Uno de los mayores problemas de la conservación del océanos, sostienen muchos científicos, es que los acuerdos sectoriales dependen de las medidas obligatorias de conformidad, mientras que los pactos de conservación, como la Convención de la Conservación de Especies Migratorias de Animales salvajes y la Convención de Diversidad Biológica, dependen casi excusivamente en medidas voluntarias.

No existe un acuerdo de conservación general ni regional que pueda proteger el alta mar, explica Jeff Ardron, consultor en gobierno marino del Secretariado de la Commonwealth, una coalición de políticas públicas internacionales en Londres. Entonces los científicos deben atravesar cuerpos sectoriales uno por uno para proteger un ecosistema vulnerable con resultados mixtos, dice Ardron. “Es ineficiente, frustrante y lento”, explica, “pero es todo lo que tenemos ahora”.

Las vueltas del Sargazo 

Tomen, por ejemplo, el caso del Mar de los Sargazos, una porción enorme del océano en el Atlántico Norte así llamado por las algas sargazo que sostienen una diversa comunidad de tortugas, peces, caracoles, cangrejos y otros animales. El Sargazo provee un hábitat de desove y criadero para una veintena de especies, inclusive las anguilas americanas y europeas amenazadas, que viajan miles de millas de ríos y corrientes para desovar en las matas de vegetación itinerantes.

Es el único mar rodeado por corrientes, no tierra, aún así ha tenido poca protección ante el impacto humano. Las corrientes concentran contaminación, plásticos y otros desechos. Los científicos del Instituto de Investigación del Acuario de Monterrey sospechan que esas presiones pueden haber contribuido al significativo descenso de la biodiversidad desde la década del 70, según fue informado en un artículo de Marine Biology del 2014 .

En el 2010, Kristina Gjerde, consultora en políticas de alta mar para el Programa Polar y la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza Global Marina, ayudó a establecer la Alianza del Mar de los Sargazos para proteger este ecosistema vulnerable. Gjerde y sus colegas realizaron el caso científico para reconocer el Sargasso como un área ecológica importante que justifica la protección de la Convención de Diversidad Biológica de las Naciones Unidas. Delegados en las conferencias sobre biodiversidad de la ONU de 2012 acordaron que los Sargazos reúne los criterios de protección. Pero la autoridad para dirigir las áreas marinas protegidas más allá de la jurisdicción nacional se hallan con las organizaciones sectoriales intergubernamentales que comparten un interés en el área. Por ese motivo el equipo de los Sargazos tuvo que apelar a cada uno por vez.

Primero se dirigieron al cuerpo de pesca con jurisdicción sobre la pesca del atún en el mar de los Sargazos, la Convención Internacional de la Conservación del atún en el Atlántico. Los representantes dijeron al equipo que no veían razón para la protección de la región que no tiene mucha pesca. Luego, el equipo se dirigió a la Organización Marítima Internacional, que regula la contaminación provocada por la navegación marítima. Los oficiales querían pruebas de que las aguas residuales, la descarga de agua de lastre (que puede tener especies exóticas así como contaminación) o el transporte marítimo estaba amenazando el sargazo.

“La prueba es un alto y difícil nivel para superar en cualquier asunto”, dice Gjerde. Por eso es que los científicos han tratado de convencer a los cuerpos que gobiernan las actividades del océano para que incorporen la precaución en sus actividades. Finalmente, luego de años de negociaciones, Gjerde y sus aliados ganaron al menos algo de protección para el Sargazo. El año pasado, la Organización de Pesca del Noroeste del Atlántico acordó proscribir los aparejos de arrastre de fondo que pudieran dañar el lecho marino, informar cualquier indicador vulnerable de especies atrapadas en los arrastreros y declarar todos los montes submarinos en su jurisdicción fuera de los límites de arrastre hasta el 2020.

El equipo del Sargazo no ha llegado aún a acuerdos similares con la Organización Marítima Internacional o la Autoridad de Lecho Marino Internacional, que gobierna sobre la minería en el lecho marino. Y eso ilustra una de las fallas más frustrantes en la existencia de estructuras regulatorias. La falta de una infraestructura regulatoria comprensiva significa que los defensores del océano pueden proteger una área sensible de un tipo de explotación sólo para encontrar el riesgo de otra.

Amenazas sinérgicas

Los océanos abiertos cubren casi la mitad de la Tierra, albergan algunas de las regiones ambientales más importantes, y proveen de empleo y seguridad alimentaria a decenas de millones de personas. Sin embargo, con cuerpos de conservación incapaces de aplicar sanciones, es posible explotar los recursos oceánicos hasta que no haya más recursos que explotar.

Las especies marinas en riesgo de sobrepesca deben luchar contra la contaminación general de plásticos, aguas residuales, químicos industriales, vertidos de agricultura y otros contaminantes. Los barcos liberan cerca de 1.25 millones de toneladas métricas (1.4 millones de toneladass) de petróleo cada año, y sólo los cruceros liberan casi 30.000 galones (100.000 litros) de aguas residuales por día. Los científicos estiman que los desechos plásticos matan más de un millón de aves y 100.000 mamíferos marinos al año.

Además de esos esfuerzos, los científicos han documentado evidencia del impacto del cambio climático en la vida marina. El bacalao y otros peces de aguas profundas están dirigiéndose hacia los polos en busca de aguas más frías. Los arrecifes de coral incapaces de tolerar aguas más cálidas convertidas un 30 por ciento más ácidas por el exceso de dióxido de carbono experimentan una decoloración generalizada. Y debido a que las aguas cálidas absorben menos oxígeno, las especies como el atún y el merlín, ya bajo la intensa presión de la pesca, pasan menos tiempo cazando en aguas profundas.

Así de serios son los hechos, que muchos científicos creen que controlar la contaminación y la pesca excesiva mientras se protege el hábitat puede ganar tiempo para ayudar a las especies a recuperarse del impacto climático. Dicen que los avances recientes en satélites y tecnología de sensores remotos pueden ahora ubicar embarcaciones que pescan en forma ilegal, que podrían ayudar a mantener millones de toneladas de pescado fuera del mercado negro. La Interpol, la vigilancia policial internacional, estableció recientemente una unidad de crimen de pesca para ayudar a los países a aprehender a los pescadores piratas cuando llegan al puerto. Pero el éxito depende de que los países trabajen juntos para la detención responsable de pescadores ilegales.

Convencer a las naciones a colaborar en medidas de conservación internacionales ha sido una carga pesada, dice Michael Orbach, profesor emérito en asuntos marinos y política en la Escuela Nicolás del Medio Ambiente de la Universidad de Duke. “La voluntad política es el corazón de todo,”dice.

Los países necesitan de recursos para el monitoreo y refuerzo, pero también necesitan de la voluntad de usar esos recursos para la conservación. “Ése es el gran requisito”, dice Orbach.

Esperanza en el Horizonte. 

Si dependiera de Orbach, todas las actividades de alta mar necesitarían un permiso de un cuerpo regulador con la autoridad para monitorear y sancionar a los infractores. Eso solucionaría el problema de apoyarse en las organizaciones de pesca, transporte y minería a los mismos policías.

Pero conseguir un sistema semejante que funcione requeriría un flujo masivo de soporte público, dice Orbach. Y no sucede. “Es muy difícil conseguir público que esté detrás de la conservación del océano”, explica. “No es algo de lo que mucha esté enterada”.

Por ello es que los defensores del océano han estado trabajando detrás de escena por años para crear protecciones de biodiversidad en la ley del mar. Finalmente, sus esfuerzos se están amortizando.

El año pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución para expandir UNCLOS para proteger la biodiversidad marina y los recursos genéticos en áreas fuera de la jurisdicción nacional. La resolución, que apela al desarrollo de áreas marinas protegidas y asesoramientos de impacto ambiental, prepara la base para la creación de medidas de conservación de alta mar más fuertes. La primera de las cuatro sesiones del “comité preparatorio” para debatir cómo debían ser esas medidas tuvo lugar la primavera pasada.

Gjerde, que participó en las reuniones, dice que el acuerdo muestra que los países finalmente reconocen que se necesitará de un acuerdo vinculante internacional para asegurar protecciones significativas.

Con sólo el 2 por ciento del océano protegido — y algunos científicos recomiendan el 30 por ciento para salvaguardar la biodiversidad — crear reservas marinas es de máxima prioridad. El acuerdo apunta a crear un cuerpo regulador con la autoridad e infraestructura para reforzar la reglas de conservación y las sanciones por mala conducta. También brinda un proceso para la designación de reservas marinas que restrinjan cualquier actividad que pueda dañar el hábitat desde el lecho marino hasta la superficie del mar. 

El comité espera entregar las recomendaciones a la Asamblea General a finales del 2017. Luego comienza la difícil tarea de crear consenso internacional en el nuevo acuerdo de biodiversidad, un proceso que puede llevar años.

Pero mucho podría suceder antes de ello. Nada existe que detenga a las organizaciones sectoriales de constituir áreas protegidas ahora mismo, dice Ardron de la Secretaría de la Commonwealth. “Sólo deben convencerse de que es necesario hacerlo”.

Y aquí es donde el público puede cumplir su rol. Los consumidores pueden influir en las pesqueras, por ejemplo, a través del poder del libro del bolsillo, o presionar a sus gobiernos para promulgar los controles de emisión en barcos, una fuente de emisiones no reguladas de gas de efecto invernadero.

Por último, un buen gobierno de los océanos está más allá de lo que lo individuos puedan realizar. Los medios sociales también pueden ser útiles, dice Gjerde. Mientras los científicos y los grupos de conservaicón pedían a la Autoridad Internacional de lecho marino el abrir sus decisiones mineras al escrutinio público, una campaña en Twitter ayudaba a conseguir casi 800.000 firmas en una petición con el mismo motivo. Si la opinión de la población se preocupa por los océanos, los científicos pueden utilizar el flujo de ayuda como influencia en la próxima reunión del comité preparatorio de UNCLOS sobre biodiversidad marina en agosto, dice Gjerde.

Y Gjerde cree que el nuevo acuerdo en biodiversidad de las Naciones Unidas le dará finalmente a los científicos la infraestructura que necesitan para colocar a los océanos en el camino de la recuperación. Encontró razones para ser optimista en la primera ronda de conferencias en abril. Negando la insistencia de Huxley de hace 130 años de que los humanos nunca podrían dañar a los expansivos océanos del planeta, las delegaciones llegaron preparadas para luchar con lo que tengan que hacer para asegurar el manejo sustentable del mar.

Y eso, dice Gjerde, “es una enorme paso adelante”.

Liza Gross es una periodista independiente y editora de PLOS Biology que se especializa en salud pública y ambiental, ecología y conservación. Su trabajo ha aparecido en diversos medios, incluyendo en The New York Times, The Washington Post, The Nation, Discover y KQED. Ella tuitea desde @lizabio.

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