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Una ‘dama policía’ rusa: primera parte

Photo: Instagram, edited by Kevin Rothrock.

Foto: Instagram, editada por Kevin Rothrock.

Hace tres años, Olga Borisova decidió unirse a la fuerza policiaca de San Petersburgo. Con 18 años y siendo, según ella misma, una joven y diminuta mujer a la moda, no era la cadete promedio. Poco más de un año más tarde, renunció, y a la fecha es un miembro participativo de la oposición democrática rusa. A principios de julio, Borisova escribió un artículo para el sitio web Batenka.ru sobre sus experiencias como oficial de policía. RuNet Echo publica su texto, traducido al inglés, en tres partes. Ésta es la primera. Puede leer el artículo entero en ruso aquí.

“Y solo irá de mal en peor”. Es lo que escuchaba seguido de mi colega, el teniente Antonov, y en ese momento no tenía motivos para no creerle. Comencé mi trabajo para el servicio de patrullas de la policía a la edad de 18 años. Anteriormente había trabajado en tiendas, pero eso me había aburrido. En el verano del 2013, mi mamá me sugirió que fuera con un amigo que trabajaba para una agencia de seguridad que respondía al llamado de alarmas. El trabajo hubiese sido muy aburrido. La agencia era fundamentalmente una empresa de seguridad privada, y sus guardias gozaban de una buena posición social como tales. Le dije que no quería estar sentada en una oficina. “Pero si no es en una oficina, ¿entonces en dónde?” me pasó por la mente. Así que fui al departamento de policía de la entidad y dije “Hola, quiero trabajar para ustedes”.

Me llevaron al departamento de personal, una oficina en donde una mujer, con grado de mayor, se encontraba sentada. Ella también era la jefe adjunto de la comisaría. Me senté frente a ella. La mayor me dijo que solo estaban contratando para la brigada de la policía. Le pregunté: “¿Qué es una brigada?”. Y ella me lo explicó, esperando una respuesta negativa mía. El servicio de patrullas. Patrullar. Le dije: “Me parece bien”.

He escuchado toda clase de cosas sobre los policías. Mis amigos solían decir que “los policías son unos maricones”, pero no me interesaban tales comentarios. Lo que sí me interesaba era hacerme de una opinión propia.

Después de que la capitana Tatiana Alexandrovna aceptara mi candidatura, comencé a juntar la documentación requerida. Para ser oficial de policía no es necesario tener educación superior: con un diploma de preparatoria se podría llegar al nivel de sargento. Me tomó dos meses juntar toda la papelería. Además de la documentación escolar y de empleos pasados, querían una copia de mi pasaporte, hacía falta también un aval del encargado de mi edificio de departamentos que demostrara que era una inquilina responsable y que no hacía fiestas alocadas. Junto a esto requería certificados que comprobaran que no tenía tuberculosis, que no tomaba drogas y otro más para demostrar mi cordura. También, otros más para mostrar que no estaba embarazada, ni que tenía sida, sífilis o hepatitis. Solo había cinco clínicas a las cuales ir para obtener esta documentación.

El siguiente paso era ir con el sicólogo. El mío resulto ser una rubia de vestido y tacones altos. Ella me cuestionó: “Pero si eres una cosita frágil, y así quieres formar parte del servicio de patrullas?”

“No me molesta”, le dije.

“Es un trabajo sucio. Vagabundos, alcohólicos y drogadictos. ¿No tienes miedo?”

“No”.

Me puso a hacer un largo examen escrito. Lo único que recuerdo era que tenía que crear mi propio animal. Había que dibujarlo y nombrarlo. Se me ocurrió el de un sujeto que tenía cuerpo de pescado y cabeza de tigre. Lo llamé “Pescadigre.” Sería genial una exhibición de arte que tratara de los animales salidos de la imaginación de policías rusos novatos.

“Espera mi llamada”, me dijo, y esperé un mes. Luego la llamé yo misma. “Escucha Olya…” la voz del otro lado de la línea me decía: “Hubo un incidente de fuerza mayor con la persona que recibió tus documentos”. Resultó que toda mi papelería se había perdido. Poco tiempo después descubrí que la sicóloga se había tomado “una licencia por enfermedad” (léase: se fue de borrachera). Prácticamente tuvieron que ir tras ella cuando la mentira salió a relucir. Tuve que juntar mi papelería una vez más desde el principio.

El último paso antes de ser enviada a entrenamiento era pasar por la comisión militar-médica. Este evento tuvo lugar en un edificio en las afueras de San Petersburgo. No sé por qué, pero cuando le das tu pasaporte al personal de registro, le dibujan una pequeña cruz en la última página. Una marquita.

Había docenas de doctores. Las filas eran enormes. En lo que estaba formada en una de ellas, me di cuenta que uno de los requisitos para ser policía es tener una altura de al menos 165 centímetros. Pero yo solo mido 162 cm. ¿Qué podía hacer al respecto? En estas situaciones el departamento de policía local puede hacer una solicitud escrita para que se acepte a un oficial específico, con el argumento de necesitarlo. La comisaría hizo esa solicitud para mí.

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El siquiatra determina si eres enviado a entrenamiento, el cual puede durar tres o seis meses. Yo fui enviada al de tres meses: decidieron que estaba lo suficientemente cuerda.

Durante el entrenamiento usas ropa de civil, por no formar parte oficialmente de la fuerza policiaca. Trabajar en el precinto junto a otro policía te otorga un salario de alrededor de 13 000 rublos [200 dólares] [al mes].

¿Cómo me veían los veteranos? ¿Aquellos que llevan trabajando como policías lo que yo tengo de vida? “Aquí viene la chica de pestañas postizas y trasero firme”. ¿Cómo me veía yo misma? Inspirándome en la serie de televisión “Dexter”. Imaginaba ser Debra Morgan, una chica esbelta pero aguerrida. “Eso es lo que significa ser detective”.

Cuando los policías me preguntaban por qué había decidido “arruinar mi vida para luchar contra drogadictos y alcohólicos en vez de divertirme siendo como ellos”, les dije sobre la justicia y la protección a la ciudadanía. Hablé sobre la seguridad y ayudar al prójimo. Los veteranos solo pensaban: “¿Y qué podría hacer ésta?”, y me terminaban dando una palmada paternal en el hombro mientras decían: “Qué ingenua”.

Como era de esperarse, cuando empecé mi entrenamiento con el resto del equipo, que estaba formado en un 80 por cierto por varones, inmediatamente me convertí en el blanco de todas sus frases de conquista. En ese entonces, el sargento Valera pasaba a recogerme (¡en mi casa!) usando la furgoneta de la policía por las mañanas, en sus horas de trabajo. Tomaba un café caliente de McDonalds con él. Por las noches, el sargento Anton me daba un aventón a mi casa usando su propio auto. Unos seis meses más tarde, Anton se fue de borrachera lo cual resultó en su despido deshonroso.

Tres meses pasaron rápidamente.

Este texto fue traducido del ruso por Kevin Rothrock de RuNet Echo. Esta es la primera parte. Para leer la segunda haga clic aquí y para la tercera haga clic aquí. Puede leer el artículo entero en ruso aquí.

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