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Wisiratu: Los dueños del dolor de la medicina warao

Wisiratu invocando los espíritus ancestrales a través del humo del tabaco: Foto de Álvaro Laiz, publicada con permiso.

Wisiratu invocando los espíritus ancestrales a través del humo del tabaco: Foto de Álvaro Laiz, publicada con permiso.

La primera vez que Jan Costa viajó al delta del Orinoco fue el 14 de abril de 2014, el mismo mes en que cumplía 24 años. Estudiaba medicina en la Escuela José María Vargas de la Universidad Central de Venezuela y se iba a hacer sus pasantías de dos meses en San Francisco de Guayo, en el estado Delta Amacuro, al este del país. Cuando Jan vio la precariedad de la salud en el Delta se propuso volver y hacer su pasantía rural durante un año. Así fue como llegó a Nabasanuka y trabajó con la etnia warao, aproximadamente a una hora de navegación desde San Francisco de Guayo.

Fue durante esta segunda estancia que el joven médico aprendió mejor la lengua y descubrió la figura del wisiratu, o “dueño del dolor”. Según cuenta, no importa cuán transculturizado esté buena parte del pueblo warao, se cree fuertemente en esta figura.

La medicina y la salud en la cultura warao

En el mundo warao las enfermedades son tratadas por tres clases de chamanes: bajanarotu, joarotu y wisiratu, quienes actúan como intermediarios entre los seres místicos y los seres humanos. El wisiratu es el chamán que sirve de mediador entre su pueblo y el jebu (espíritu malo).

El wisiratu detenta el poder de los dioses del norte, del este y del sur; y desde el momento de su iniciación, lleva en su cuerpo seis hijos de estas deidades cardinales que le sirven de entes tutelares.

Durante toda su vida se le recuerdan al wisiratu los votos que hizo en su encuentro iniciático de proveer periódicamente a los dioses y a su corte de humo de tabaco y de sagú de moriche. A cambio, los dioses disminuyen las muertes de niños y lo dotan con poder para curar enfermedades.

Aparte de sus funciones como curandero, el wisiratu también proporciona orientación psicológica y refuerza las normas morales dentro del grupo. El de mayor rango es conocido como el Guardián de la Piedra Sagrada, manifestación de la deidad tutelar para sus seguidores y, a la vez, su principal fuente de protección.

Los wisiratu y la medicina occidental

Jan cuenta que la idea de incorporar al wisiratu en el hospital de Nabasanuka vino con los casos de waraos que llegaban con mordidas de la serpiente mapanare. Los pacientes, desesperados al ver que los síntomas solo empeoraban, pedían al médico la intervención del wisiratu:

Me decían ꞌdoctor me quiero ir al wisiratu’. Yo me preguntaba ¿cómo controlo esto para que no empeoren los síntomas, para que no les dé una hemorragia, si se van del hospital? Entonces se me ocurrió que si tenía a los wisiratu en la comunidad podía meterlos en el hospital, así el paciente no se va, tiene su wisiratu; es feliz y yo soy feliz.

Pastora, una wisiratu, se dedicó a ayudar al médico con los niños que tenían neumonía o diarrea y, por supuesto, a las víctimas de las mapanare. Ella es de los wisiratu que cantan y hacen masajes. A través de estas prácticas va sacando a los espíritus: el de la mapanare, el de la diarrea, el de la neumonía.

Un día [cuenta Jan] por curiosidad le pregunté a Pastora cómo era el canto de la serpiente. Ellos consideran eso secreto, pero básicamente lo que expresa el canto es una petición al veneno de la serpiente para que dejara de causar dolor y para que se saliera.

En este archivo de Soundcloud puede escucharse uno de estos cantos sanadores. La traducción al castellano fue hecha por el Centro Nacional del Disco:

Joa warayaja (espíritu sanador de dolores)

Iaeee emm, soy espíritu enviado para curar. ¿Quién quiere hacerle daño a esta persona?, ¿cuál es su mal? Aquí están los que sacan el daño en lo profundo de su ser, aquí están también los que chupan los malos espíritus. Yo mismo soy el [que curará] a este nieto pequeño. Revisaré su cabeza, su estómago. Vine a curar su dolor. Colocaré y limpiaré su espíritu. Si está mal o débil, si está dañado con sangre mala o tiene un mal espíritu de muertos, devolveré su espíritu a su cuerpo, yo curaré su cuerpo dañado.
[…] Yo soy el que sacará el espíritu de muerto que ha poseído este cuerpo, curaré su mal […] Yo soy el que cura el cuerpo dañado […]. Yo sí limpiaré este cuerpo enfermo y dañado por malos espíritus y enfermedades extrañas, soy el que te curará […]
Yo sí, este cuerpo poseído por algún espíritu de muerto [mi poder] cesará su dolor […]. Ahora sí nieto, te sentirás mejor. Tu cabeza, yo así tocando y echando todo mal te curaré […] conmigo también están mis hijos que te cuidarán, sanarás, […].

La presencia de Pastora ayudaba a que los warao permanecieran en el hospital. De acuerdo con Jan:

[Los warao se sentían más tranquilos] porque tenían como dos medicinas: la del hombre blanco y la del warao. Disminuyó el índice de indígenas que se iban del hospital. Aunque igual, siempre te presionan para irse rápido, así tengan al wisiratu, e incluso con este tampoco es que se queden mucho tiempo […] Ellos piensan que el hospital está lleno de espíritus, duendes y fantasmas de los que murieron en el hospital. Especialmente cuando no hay luz, ellos dicen que comienzan a escuchar cosas, monstruos, escuchan sonidos de niños llorando.

Médicos y sanadores en un sistema de salud quebrantado

Los problemas del hospital son fundamentalmente la falta insumos, de ambulancia fluvial y de electricidad. Nabasanuka tiene dos plantas, la del hospital y la de la comunidad. El gasoil que surte ambos generadores eléctricos llega a través de las gabarras, que en teoría deberían pasar una vez al mes y dejar más de diez tambores al hospital y más de treinta a la comunidad, pero eso no se cumple:

Dejan cinco o cuatro tambores al hospital y quince o dieciséis a la comunidad. Eso no dura ni un mes y siempre quedamos con un déficit de siete días sin luz. El peor de los casos fue dieciséis días sin luz. Esto ocurrió en octubre.

Jan está muy seguro de que fue ese mes porque todos los días los contaba. Tuvieron que atender partos en las noches con linternas, y esto aunado al problema de no tener ambulancias ni modo de sacar a los pacientes de Nabasanuka:

Había veces [en que] yo tenía que ver cómo se morían varios pacientes [por no haber] ambulancia fluvial, y si se conseguía era pidiéndole favores a la comunidad: Con uno conseguía el motor, otro warao me prestaba la embarcación, otro me daba el aceite, otro me daba la gasolina…

Uno de los casos más fuertes que este joven médico recuerda fue el de una warao embarazada que llegó al hospital con graves complicaciones de parto. Las warao de comunidades lejanas prefieren parir en sus casas, pues no tienen cómo trasladarse a Nabasanuka. Únicamente van al hospital cuando el parto se complica. Esta mujer había intentado dar a luz en su comunidad; cuando llegó al hospital ya tenía dos días en ese estado y el niño estaba muerto dentro de ella.

Mientras Jan se movilizaba para conseguir embarcación, motor, gasolina y aceite pasaron treinta minutos. Llegaron a Puerto Volcán a las siete de la noche. Desde ese lugar llamaron a la ambulancia. No habían podido avisar antes porque no había luz en Nabasanuka. A los veinte minutos llegó la ambulancia, pero la madre falleció en el quirófano ese día a la medianoche. Luego Jan tuvo que resolver su hospedaje y al día siguiente su regreso a Nabasanuka.

La Dirección Regional de Salud no brindó ningún tipo de apoyo.

Este artículo es una versión editada del original publicado por Minerva Vitti en la revista SIC del Centro Gumilla.

 

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