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Anonimato en Eritrea: Comunicándose en un estado paranoico

Eritrean diaspora on social media. Photo by Yonatan Tewelde, used with permission.

La diáspora eritrea en los medios sociales. Fotografía por Yonatan Tewelde, usada con permiso.

Escrito por Abraham T. Zere.

Hace unos meses un conocido de Eritrea me llamó para discutir un artículo que quería escribir para el sitio web PEN Eritrea. Él había trabajado como periodista en Eritrea, de dónde ambos venimos, antes de abandonar el país alrededor de diez años atrás.

Él había escrito recientemente (usando un seudónimo) acerca de sus antiguos colegas que languidecían incomunicados en centros de detención en Eritrea, una historia que luego fue cubierta por varios medios, incluso The Guardian, en asociación con nuestra organización.

Antes de que pudiera felicitarlo al respecto, comenzó a discutir las maneras seguras para enviar el artículo. Dijo que quería escribirlo de manera anónima. Él reside en EE. UU. que le concedió asilo político.

Le di tanto mi correo electrónico como el correo oficial para enviar el artículo. “Pero el correo electrónico no es seguro,” me contestó. “El servicio de seguridad nacional de Eritrea puede descifrarlo”. Él me explicó que no quería poner en peligro a sus familiares en su país natal.

Refuté que era poco probable que el servicio de seguridad eritreo se molestara en hackear cuentas de correo de dos ciudadanos eritreos relativamente insignificantes residentes en EE. UU. Ese es un temor infundado que exagera el alcance del servicio de seguridad nacional eritreo, le dije. Le expliqué que PEN Eritrea está tratando de combatir ese temor consustancial y desalienta a los autores a escribir de manera anónima o usando seudónimos a menos que la persona se encuentre en grave peligro, digamos dentro del país. Es nuestra política solicitar que todos nuestros colaboradores asuman total responsabilidad por lo que escriben. También pedimos que incluyan direcciones de correo para su publicación.

Una cultura de temor que va más allá de las fronteras

Mi colega no está solo. El suyo es un temor omnipresente que ha sido inculcado a muchos eritreos. Ellos han vivido una de las dictaduras más represivas del mundo, en un lugar donde el pueblo está sometido a vigilancia masiva. Una vez que abandonan el país, los expatriados eritreos pueden tardar años para comprender plenamente lo que les estaba sucediendo. Muchos viven bajo paranoia extrema, sospechando de conspiraciones en cada esquina.

Con frecuencia encuentro eritreos que viven a saIvo en Occidente, bajo asilo político, que sienten que ni siquiera pueden dar “me gusta” a publicaciones en los medios sociales que son críticas del régimen en su país natal. En cambio prefieren escribir de manera confidencial o llamar al individuo cuyo publicación quieren comentar. Temen que el régimen está interceptando todas las cuentas de medios sociales.

Y sus temores no son completamente infundados. Es de público conocimiento que la tarea primordial de las oficinas consulares eritreas y sus representantes en toda la diáspora ha quedado reducida a observar quién está asociado con quién, para denunciar cuando alguien con vínculos “incorrectos” retorna a Eritrea. Esta práctica ha puesto en peligro a muchos eritreos cuando regresaron para visitar a sus familiares. Como lo trató Tricia Redeker Hepner en su libro “Soldados, mártires, traidores y exiliados: Conflicto político en Eritrea y la diáspora” (2009) la tendencia también se extiende a grabar audios de sus compatriotas mediante dispositivos ocultos para denunciarlos con el servicio de seguridad en su país natal.

Este temor innato ha sido fomentado por la larga tradición de las elites gobernantes de ignorar el estado de derecho y de comportarse de manera irracional e impredecible. En cualquier momento, un torturador podría convertirse en víctima. El constante flujo de detenciones arbitrarias e intimidación de periodistas en particular, y de la población en general, se ha traducido en un total menosprecio del estado de derecho. Este tipo de incidentes, tan habituales como lo son, erosionan la confianza de la gente hasta el punto en que es incapaz de confiar en ninguna institución gubernamental. Esta tradición también ha fomentado una cultura propia de temor y desconfianza entre los ciudadanos.

Esta cultura de paranoia ha creado la impresión, entre muchos, de que el régimen de Asmara tiene la capacidad de espiar a cada eritreo en cualquier rincón del mundo. El régimen se ha representado con éxito como omnipresente, algo que es fundamental para su supervivencia.

Asmara, Eritrea's capital city. Photo by Yonatan Tewelde, used with permission.

Asmara, capital de Eritrea. Fotografía por Yonatan Tewelde, usada con permiso.

Silenciando a los medios independientes

Estas dinámicas se ven agravadas por la falta de información fidedigna proveniente del país, que también ha jugado un papel importante en el desarrollo de la desconfianza y el miedo. Además de la larga tradición del régimen de castigar severamente a periodistas estatales e independientes — el último corresponsal internacional acreditado fue expulsado en el 2007—  no existen fuentes independientes que permitan confirmar la veracidad de la información.

Cuando en medio de una ola de represión política se prohibieron siete periódicos privados nacionales en el 2001, 12 periodistas fueron detenidos. Esta acción rápida fue seguida, en febrero del 2009, por una redada y la prohibición de la radio educativa Bana y el encarcelamiento de unos 50 periodistas y miembros del personal. Estos ataques contra medios tanto estatales como independientes han paralizado el libre flujo e intercambio de información. Las fuentes de noticias actuales se limitan a los monótonos órganos de propaganda estatales, que hacen que los ciudadanos desconfíen de toda información que llega a través de la línea oficial.

Los medios estatales eritreos, que en su mayoría se institucionalizaron durante la gestión del ministro de propaganda con más años de servicio, Ali Abdu (que más tarde abandonó el país), se caracterizan por su falta de responsabilidad y el hábito de difamar. El Ministerio tiene poder absoluto para criticar a todo aquel con el que considere que tiene incluso pequeñas diferencias de opinión, o realmente sin ninguna razón en absoluto.

Muchos ciudadanos eritreos se convirtieron en víctimas de difamación en los medios nacionales controlados por Abdu y su “equipo de sicarios.” Figuras públicas, tales como artistas, líderes políticos y atletas fueron los principales blancos habituales. Naturalmente, estos ataques fueron publicados bajo seudónimos, aunque no era difícil saber quién fue el autor intelectual.

El anonimato abunda. Pero ¿qué pasa con la responsabilidad?.

Esta tradición de difamar y usar seudónimos para atacar a cualquiera que exprese una opinión contraria o diferente ha sido adoptada por los medios sociales y tradicionales de la diáspora eritrea, tanto partidarios del régimen como opositores. Las cuentas falsas y los seudónimos son comunes, por lo que es casi imposible distinguirlos. No es extraño que los ataques a favor del régimen tengan el efecto de silenciar a muchos críticos que temen las consecuencias de hablar en contra del gobierno de su país.

Por un lado, están los leales al régimen que trolean en las redes sociales usando cuentas falsas en Facebook y Twitter. Es característico que los animadores del régimen usen la bandera de Eritrea o un emblema de ese tipo como foto de perfil y que utilicen nombres de cuenta como “Eritrea Nunca de rodillas”, “Dejen de inmiscuirse en Eritrea”, o “Eritrea No está para reventa”.

Las voces disidentes están siendo contrarrestadas sin piedad por usuarios anónimos. Esto normalmente implica intimidación y en algunos casos se extiende incluso a amenazas de muerte.

El campo opositor tampoco es inmune a este tipo de prácticas. Muchos opositores al régimen emplean lenguaje igualmente abusivo e inventan información para destruir a los del otro bando.

La tradición de anonimato y difamación se manifiesta también en los sitios web independientes. Es común en los medios independientes eritreos utilizar seudónimos para destruir a alguien del bando contrario. O bien en nombre de la libertad de expresión, los individuos combinarán lenguaje abusivo con ausencia de hechos y, a menudo se saldrán con la suya.

En este ambiente político extremadamente polarizado, la mayoría de los temas se reducen a un simple cruce de argumentos entre “opositores” y “partidarios del régimen”. Y como era previsible, muchos sitios web de ambos bandos siguen publicando artículos anónimos para evitar tener que rendir cuentas. Estas prácticas erosionan la credibilidad y cultivan una tradición donde es casi imposible discernir entre realidad y ficción. Al final, estas prácticas interdependientes solo sirven para dañar inteligencias colectivas, dejando a las instituciones en ruinas y prolongando la vida de la dictadura.

Abraham T. Zere es director ejecutivo de PEN Eritrea desde el exilio.

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