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Por qué la historia caribeña sí importa

Partido de fútbol en el palacio Sans Souci en Haití, en la habitación donde se supone el rey Henri Christophe se quitó la vida. Los habitantes de la ciudad aledaña de Milot disfrutan de un acceso sin restricciones a este palacio de 209 años. FOTO:: Georgia Popplewell. Utilizada con autorización.

Partido de fútbol en el palacio Sans Souci en Haití, en la habitación donde se supone el rey Henri Christophe se quitó la vida. Los habitantes de la ciudad aledaña de Milot disfrutan de un acceso sin restricciones a este palacio de 209 años. FOTO:: Georgia Popplewell. Utilizada con autorización.

Por Lilian Guerra

A lo largo de los años he tenido docenas de conversaciones alrededor de la pregunta de por qué la historia del Caribe “realmente importa” o a quién le importa. He escuchado decir que la historia del Caribe ha sido puesta a un lado por el tamaño de las sociedades que ahí se desarrollaron, la supuesta excesiva preocupación de los historiadores con la esclavitud y un cuestionamiento de las posibles lecciones que se pudiesen aprender de sociedades aparentemente disfuncionales.

Un encuentro particularmente memorable tuvo lugar durante un evento para recaudar fondos para Haití. Con un cocktail en la mano, un cirujano preguntó si yo podría explicar el “comportamiento errático” de los haitianos que le agradecían cuando su equipo médico llegó a un hospital temporal luego del terremoto de 2010. La gran parte del staff haitiano “desapareció de repente”, dejando a los doctores norteamericanos valiéndose por sí mismos. Cuando sugerí que probablemente el equipo de Haití se fue porque había estado haciendo rondas por días enteros antes de la llegada de su equipo médico, el doctor pareció no escucharme: “Creo que se mostraron resentidos porque de algún modo piensan que somos responsables por la esclavitud. Pero la esclavitud se abolió en Haití hace dos siglos. ¿Existe realmente alguien en Haití que recuerde la esclavitud hoy en día?”. Para su propia sorpresa respondí: “Sí, en realidad, a usted le costaría trabajo encontrar a alguien en Haití que no recuerde la esclavitud”.

Esta dificultad para captar la realidad de Haití por parte de este doctor iba de la mano con su falta de conciencia sobre cómo la historia del Caribe ha influido en la sociedad actual. Quienes vivimos en los Estados Unidos -indistintamente de nuestra clase social y color- disfrutamos de una serie de comodidades que los haitianos y otras personas del Caribe no tienen. De modo que mientras nosotros podemos darnos el lujo de olvidar, en el Caribe se “recuerda” la esclavitud porque la experimentan a diario en un conjunto de desventajas acumuladas a lo largo de la historia.

No estaba sorprendida por esta conversación. Pero sí estaba sorprendida por numerosos colegas que se preocupaban sobre los posibles efectos que mi interés en el Caribe y en Cuba en particular tendrían en mi carrera profesional. Muchos especialistas en América Latina sugirieron que yo debía escoger un “país grande” luego de terminar mi tesis doctoral. Muchos jefes de departamento han enfatizado que luego de la esclavitud y los orígenes coloniales de la pobreza, la historia del Caribe tenía poco que ofrecer en término de “las preguntas más relevantes del área”. De hecho, poco después de comenzar con un manuscrito para un nuevo libro sobre Cuba en la década de 1960, un colega particularmente desmoralizador llegó al extremo de decir que incluso el estudio de la Revolución Cubana estaba “pasado de moda”.

La historia del Caribe importa por la misma razón que en el Caribe se “recuerda” la esclavitud: los legados de la esclavitud, el imperialismo y las respuestas históricas a esta se encuentran, en el Caribe, de manera evidente en todos los conceptos “relevantes” que asociamos con la modernidad: nociones de ciudadanía, libertad individual, liberación colectiva y nación. La historia del Caribe no trata únicamente sobre “los orígenes coloniales de la pobreza”; esta aborda preguntas tan fundamentales sobre quiénes somos, en qué creemos, y cómo hemos llegado hasta aquí. Aun así, pocas veces los hechos incómodos de la historia del Caribe alcanzan la conciencia de nuestra educada élite.

Tomemos el caso de Haití. En 1804, Haití acogió la primera revuelta exitosa de esclavos en la historia del mundo y fue el primer y único país en identificarse a sí mismo como “negro”. Gracias a Haití, la negritud apareció como algo distinto a una marca asociada con la inferioridad; se convirtió en una bandera de unidad y movilización alrededor de un proyecto de libertad e igualdad que desafió la injusticia racial y económica alrededor del mundo. Haití cambió todo al cuestionar prácticamente lo que cualquier persona que vivía en el mundo europeo o dominado por Europa aceptaba como algo natural. De este modo, la narrativa sobre la historia de la libertad en Estados Unidos no habría comenzado con propietarios de esclavos como Thomas Jefferson o George Washington, que hicieron un llamado a una libertad anti-imperialista, si bien limitada y que preservaba la visión racial de la sociedad, sino en el Caribe con la revolución de Haití y luchas más amplias para liberarse del colonialismo (que continuaron con la aparición del colonialismo norteamericano del siglo XX).

Habitantes de la comunidad de Milot disfrutan el libre acceso al palacio Sans Souci de 209 años. FOTO: Georgia Popplewell. Utilizada con autorización.

Habitantes de la comunidad de Milot disfrutan el libre acceso al palacio Sans Souci de 209 años. FOTO: Georgia Popplewell. Utilizada con autorización

Si bien los países del Caribe pueden ser geográficamente pequeños, su impacto en el desarrollo de economías globales y el pensamiento político ha sido fundamental. Así como Haití fue el primer país en abrazar la negritud como una posición ideológica promocionando libertad real y el derecho a la auto-determinación, los habitantes de las Indias Británicas Occidentales fueron los primeros en el siglo XX en invitar a quienes formaban parte de la diáspora africana a unirse en movimientos de liberación pan-étnicos. Estos incluyeron el garveyismo, el rastafari y los movimientos por los derechos civiles de Estados Unidos. Sin José Martí, Antonio Maceo, Evaristo Estenoz, Marcus Garvey, Luisa Capetillo, Franz Fanon, Aimé Cesaire, Walter Rodney, José Peña Gómez, Sonia Pierre, Stokely Carmichael, Jamaica Kinkaid y Bob Marley, las sociedades de otras partes del mundo tampoco habrían desafiado, o incluso derrotado, a la desigualdad, la exclusión, la jerarquía y el eurocentrismo como lo hicieron de manera exitosa.

El trabajo de estos individuos y la protesta permanente de millones de anónimos caribeños han redefinido las luchas globales y la forma en que pensamos acerca de ellas. Aunque los esfuerzos de las sociedades del Caribe para derrotar al colonialismo y sus legados no han alcanzado del todo el objetivo de un cambio democrático y justo, incluso el más controvertido de estos esfuerzos ha cambiado el curso de la historia. Estos esfuerzos desplazaron el balance de poder entre las élites y los pobres, y transformaron el paisaje político de la población más marginal no solo de sus propios gobiernos sino también de los Estados Unidos.

No hay mejor ejemplo que Cuba. Sea cual fuere la opinión que tengamos de Fidel Castro, la dictadura en la que se convirtió inevitablemente luego de la Revolución, y sus efectos a largo plazo, en 1959, tanto de manera simbólica como práctica, la Revolución Cubana atacó y derrotó el “derecho” que los Estados Unidos habían ejercido en el Caribe y América Latina por cerca de cien años: el derecho a interrumpir procesos políticos locales, definir los límites de lo que los estados podían hacer por sus propios ciudadanos, y controlar la economía de manera que los intereses económicos de Estados Unidos prevalecieran por encima de los intereses de la mayoría de la población del Caribe y de América Latina.

Cuba hizo que muchos norteamericanos tomaran conciencia, por vez primera, de la naturaleza de las intervenciones de Estados Unidos en América Latina en el siglo XX; es decir, de su propia historia. Tanto en Historia como en otras disciplinas, Cuba provocó cambios radicales en cómo los académicos entendían el poder de Estados Unidos en el mundo, especialmente el rol que los mitos del excepcionalismo norteamericano y la democracia jugaban al justificar políticas gubernamentales y sus resultados en el público estadounidense. La Revolución Cubana también obligó a los académicos a explicar la paradoja central que definía y mantenía unidas las historias políticas de amplias zonas del Caribe, incluyendo Puerto Rico, la República Dominicana, Haití y Cuba a los Estados Unidos.

Esta paradoja puede hallarse en contradicción entre lo que Estados Unidos dice que cree versus lo que Estados Unidos ha hecho en realidad para promover sus valores en el extranjero: diversos gobiernos desde McKinley hasta Obama han diseñado políticas externas prometiendo promover el crecimiento de la democracia política y un sistema capitalista justo basado en condiciones de igualdad. Sin embargo, por lo general hemos promovido esta misión a través de la antítesis de la democracia y la justa competencia: repetidas ocupaciones militares estadounidenses, violaciones a la soberanía y entrenamiento de ejércitos aliados para garantizar la marcha de los negocios norteamericanos. El estudio del Caribe en la actualidad debería ser más importante que nunca ya que revela los límites del poder de Estados Unidos y los límites que puede alcanzar la liberación cuando se organiza en oposición al poder norteamericano.

La esclavitud es también una memoria viva en el Caribe debido a que su enorme legado aún se encuentra entre nosotros, un legado que es sobre todo invisible y que reside en la ropa que nos ponemos y probablemente en mucha de la comida que ingerimos. Antes de la producción masiva realizada por esclavos de estimulantes como el azúcar, el café, el tabaco y el chocolate, la gente no tenía conciencia del significado de consumir un producto de manera diaria y cuya producción era “invisible”. Por cientos de años, los europeos consumieron azúcar todos los días, pero nunca se detuvieron a pensar que el costo de producir azúcar era la vida humana. El placer justificaba la esclavitud de nueve millones de seres humanos y la total destrucción de las culturas, los sistemas políticos y las vidas de personas de África.

En la actualidad, la invisibilidad del trabajo que acompaña la producción de los bienes de consumo es probablemente uno de los más grandes legados de la esclavitud. No nos detenemos a pensar en la edad de la persona que fabricó nuestras zapatillas en Nicaragua, o el salario por hora que recibió aquella mujer en la República Dominicana para coser nuestras camisas, del mismo modo que los consumidores europeos y norteamericanos nunca se molestaron en cuestionar la fuente del trabajo que permitía que ellos tuviesen azúcar; era más sencillo no hacerlo.

Conocer sobre la injusticia significa en ocasiones hacer algo para cambiarla, y de ese modo, con mucha mayor frecuencia, la gente decide que preferirán no conocer. La ignorancia continúa siendo el beneficio y el gozo de los privilegiados. Y la Historia debería continuar oponiéndose a ella.

* * *

Lillian Guerra obtuvo su Ph.D. por la University of Wisconsin-Madison. Es profesora principal de Historia de Cuba y el Caribe en la Universidad de Florida. Su más reciente libro apareció en 2012. En Visions of Power: Revolution, Redemption and Resistance in Cuba, 1959-1971 analiza diversos episodios de resistencia y represión poco explorados de los años siguientes al triunfo de los revolucionarios. Actualmente, ella viene preparando su nuevo libro, titulado “Making Revolutionary Cuba: Hidden Heroes, Public Spectacle and the War that Toppled Batista, 1947-1959”, donde explora el rol de la violencia, la seducción del mesianismo como discurso político y el uso del espectáculo tanto por los seguidores de Batista como de los revolucionarios y sus intentos por definir democracia y poder estatal en periodo previa a la Revolución de 1959.

Su libro “Visions of Power” acaba de ganar el Bryce Wood Prize, el máximo premio otorgado a un libro por la Latin American Studies Association (LASA).

Este ensayo fue originalmente publicado en la edición de Perspectives on History en marzo del 2014. Se republica aquí bajo licencia Creative Commons attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International (CC BY-NC-ND 4.0) .

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