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Un día en la vida del limbo inmigratorio de los Estados Unidos

Frontera entre México y Estados Unidos. Foto por usuario de Flickr Brooke Binkowski. CC BY 2.0

Frontera entre México y Estados Unidos. Foto por usuario de Flickr Brooke Binkowski. CC BY 2.0

Esta historia escrita por Heidi Shin apareció por primera vez en PRI.org el 18 de octubre de 2016. Se republica aquí como parte de un acuerdo para compartir contenidos. 

Estela trabaja en el turno noche de una fábrica de procesamiento de pescado en Boston. Ella selecciona pescado blanco fresco, eliminando de vez en cuando parásitos o gusanos. Al regresar a casa a las 8 a.m., sus hijos más grandes de 12 y 15 años de edad ya han emprendido su camino a la escuela. Normalmente, Estela toma una siesta antes de retirar a su niño pequeño de la guardería.

Pero hoy es diferente. Es martes, y se supone que un oficial de inmigración la controlará. El oficial viene la mayoría de los martes, aunque no todos. No hay una hora  específica para su visita, lo único certero es que será antes de las 4 de la tarde.

Ella no se atreve a dormir, ya que habrá consecuencias si no escucha el timbre.

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El pasado septiembre, Estela llegó a Estados Unidos desde el Salvador por medio de un contrabandista. Escapó en medio de la noche con dos de sus tres hijos cuando unos pandilleros armados golpearon a su puerta, amenazando con llevarse a su hijo adolescente. Ella sabía lo que le sucedía a los jóvenes que se atrevían a escapar de las pandillas: heridas brutales, ingresos al hospital y amenazas de muerte. Fue una llamada de atención, pero lograron huir de los miembros de la pandilla.

Una vez que Estela y sus hijos llegaron a Texas, se entregaron a los agentes de patrulla en la frontera estadounidense y permanecieron en un centro de detención. Sin embargo, antes de partir, los oficiales le colocaron una tobillera a Estela para rastrear su paradero mientras avanza su caso de asilo. Estos artefactos se han convertido en una herramienta común para rastrear a los solicitantes de asilo.

Estela, que solicitó que no se utilice su nombre completo debido a que su caso de asilo está aún pendiente, llevó la tobillera durante los primeros cuatro meses en Estados Unidos mientras dormía, trabajaba y se duchaba. El dispositivo, voluminoso y de color negro, debe ser recargado varias veces al día. El proceso tarda dos horas y durante ese lapso ella permanecía amarrada al toma corriente.

Hace varios meses que el dispositivo fue removido, y ella teme que si pierde la visita del oficial de inmigración podrían volver a colocarle la tobillera.

Temprano en la tarde, mientras Estela espera por ese golpe en su puerta, el teléfono suena y su bebé llora porque se salteó siestas. Primero, el padre del bebé llama desde un centro de detención en Texas. Si, ella le enviará dinero, dice. Y sí, ha encontrado un abogado y tienen fecha de audiencia.

En realidad, los casos de asilo son difíciles de ganar, especialmente para las personas de Centro América que intentan escapar de la violencia en sus países de origen. Muchas personas que han pasado por los centros de detención carecen de representación legal adecuada. Sus casos incluyen múltiples interrogatorios, y tanto los detalles como la cronología del testimonio del solicitante deben ser exactamente iguales en cada uno de los relatos ante los funcionarios — algo que no es fácil de lograr debido a la intervención de traductores y a la naturaleza traumática de los recuerdos.

A las 3 p.m., Estela coloca una olla de sopa salvadoreña en el fuego. Los niños han vuelto de la escuela. Su hijo adolescente se retira a su habitación, mientras que el más pequeño, ahora de 12, se sienta en la mesa de la cocina a jugar con su teléfono. Él se encontraba en la casa de su abuela la noche en la que Estela huyó de El Salvador con sus otros dos hijos. Tres meses después, ella lo mandó buscar.

Él preferiría ir a la escuela del barrio con su hermano más grande, pero esa escuela se quedó sin vacantes para alumnos principiantes de idioma inglés. Entonces, cada mañana a las 6 a.m., toma un autobús que lo lleva a la escuela a unos cuantos pueblos de allí. Tiene dos amigos que también emigraron de El Salvador. Estela dice que su hijo casi nunca habla sobre el viaje que realizó por la frontera hace algunos meses atrás.

A las 3:55 de la tarde, suena el timbre. Estela coloca al bebé sobre su cadera y se apura para ver quién es. Pero es el repartidor. No dice nada — ni al hombre parado afuera ni a mí. Simplemente cierra la puerta y se dirige directamente a su habitación. Si el oficial de inmigración no llega para las 4, ya no vendrá. Estela se acuesta, acunando a su hijo más pequeño. Dormirán por dos horas antes de que tenga que volver a trabajar a la fábrica.

 Esta historia fue producida con la colaboración de Images of Voices and Hope Restorative Narrative Fellowship.

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