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Estados Unidos, yo te amaba

«Millones de personas en el mundo valoran el ideal americano de que sea cual sea tu credo o tu origen, América te dará la bienvenida». La multiétnica y multicultural calle Mulberry de Nueva York, alrededor de 1900. Foto de dominio público de la biblioteca del Congreso (en Wikimedia Commons)

«Millones de personas en el mundo valoran el ideal estadounidense de que sea cual sea tu credo o tu origen, Estados Unidos te dará la bienvenida». La multiétnica y multicultural calle Mulberry de Nueva York, alrededor de 1900. Foto de dominio público de la biblioteca del Congreso (en Wikimedia Commons).

Dar es Salaam, Tanzania — Hace dos años volé desde la costa este de África para aterrizar en Phoenix (Arizona), donde tenía una beca de la Escuela Walter Cronkite de Periodismo de la Universidad Estatal de Arizona. Aunque había estado visitando EE. UU. al menos una vez al año desde el 2012, esa era la primera vez que iba a vivir ahí. Y fue un momento excitante para mí.

Mi afecto por los Estados Unidos viene de lejos. Como gran parte de mi generación, crecí viendo cine estadounidense, bailando con su música, leyendo a sus escritores y practicando sus deportes. De hecho, el país ha tenido un impacto tan profundo en mí que me convertí en periodista en buena parte por las películas estadounidense. Cuando tenía 14 años pude ver al gran Denzel Washington en «El informe Pelícano» dando vida a Gray Grantham, un valiente periodista que, con ayuda de la estudiante de Derecho interpretada por Julia Roberts, revela la mortífera conspiración en la que un magnate del petróleo pretende llenar el Tribunal Supremo estadounidense de jueces parciales a sus intereses. Me enganchó. Parafraseando a Method Man, «Lo sentí, es verdad, olvídense del resto, esto es lo que quiero hacer con mi vida».

Y el año que viví en Arizona solo sirvió para confirmar mi admiración por EE. UU. Yo decía a la gente, «Estados Unidos es el único país en el que haya vivido donde la diversidad es tan acogedora que puedes ser exactamente lo que eres y te aceptan en una comunidad de gente afín». Incluso pergeñé una carta de amor, encomiando su grandeza.

Y entonce llegó Donald Trump.

Se ha escrito mucho sobre la xenofobia y el racismo de este hombre. Para mí, el aspecto más extraordinario de su ascenso es lo fácil que le resulta cultivar su intolerancia. No habla entre líneas, sino con lineas bien claras e inteligibles, y declara abiertamente su desprecio por musulmanes, latinos, afroamericanos y mujeres.

Y aun así la gente ha respondido a su mensaje, votando por él en manada. Los 13 millones de votos que consiguió para ganar las primarias republicanas fue la mayor cifra reunida jamás por un candidato.

Yo estaba perplejo. ¿Quiénes son esos estadounidenses que apoyan a semejante fanático? me pregunté.

No podía encajar a Trump y a sus votantes con la gente que conocí durante mi estancia en Phoenix. Como mi profesor, Bill Silcock, director de un programa de periodismo que acoge personas de todo el mundo y hombre profundamente espiritual, con el que yo podía hablar del islam y de su historia.

La visión del mundo que tiene Trump tampoco encajaba con Peter Bhatia, actual editor del Cincinnati Inquirer. Bhatia y yo conectamos gracias a nuestra común afición al baloncesto, y pasamos ingentes horas viendo jugar a los Phoenix Suns.

La intolerancia de Trump también contrasta con la generosidad que yo experimenté durante el tiempo que pasé con Sandy Bahr ─defensora del medio ambiente de toda la vida─ y su marido Dave, mi familia de acogida, que me trataron como a un hijo. Tampoco concuerda con la dedicación de Kristi Kappes, quien paciente, y siempre amablemente, nos ayudó a mí y a mis colegas a ajustarnos mejor a la complejidad de la vida en EE. UU.. También están Andrew Leckey, Kathryn McManus y Retha Hill, mis mentores, cuyos sabios consejos ayudaron a que mi carrera fuera avanzando.

Estas personas y los valores que encarnan intensificaron mi amor por Estados Unidos.

Así que incluso mientras Trump se acercaba a toda velocidad a la nominación republicana, me proporcionaron un contrapeso a la estrecha visión de EE. UU. que mostraba el candidato.

Pues resulta que todos ellos eran la excepción, y no la regla.

El 8 de noviembre de 2016, más de 50 millones de estadounidenses, la mayoría blancos, entregaron la presidencia a ese hombre a pesar ─o quizás a causa─ de su desprecio a las personas que no son blancas.

Hacerse a la idea de que la gente votó por Trump porque comparte su racismo e intolerancia o porque no le importa ignorar estas cosas, es descorazonador.

Quizás sea injusto llamar racistas a los votantes de Trump. Dice un amigo mío que etiquetar así a la gente es lo que nos ha llevado a este punto. Es frívolo y despectivo, y denota una incapacidad de entender a los que piensan y actúan de forma distinta a nosotros. Dice a la gente que sus preocupaciones y temores sobre los cambios frenéticos que se están produciendo en sus comunidades no valen para nada. ¿Podría ser que esos votantes, muchos de los cuales son blancos, eligieron a Trump como forma de reafirmar su control sobre un país que a sus ojos los está dejando atrás? En otras palabras, ¿fue su forma de decir «aún importamos en estos nuevos Estados Unidos»?

Quizás. Aun así, no podemos obviar, en palabras de David Remnick, la crueldad que entraña la decisión de elevar a un hombre que destila su desprecio por los que no tienen el mismo aspecto que él.

Este «azote blanco», como lo llamó el gran Van Jones, ha aniquilado la auténtica esencia que hace grande a EE. UU..

Millones de personas de todo el mundo admiran el ideal americano ─sea o no sea real, es de todas formas una idea poderosa─ de que cualquiera que sea tu credo o tu origen, Estados Unidos te dará la bienvenida. Después de todo, este es un país que eligió como presidente, dos veces, al hijo de un keniata, cuya historia, según él mismo cuenta, no sería posible en ninguna otra parte del mundo. No obstante, al elegir a Donald Trump, una enorme porción de los Estados Unidos blancos abandona esta promesa y le dice al mundo: «a la mierda la diversidad, la libertad religiosa y toda la noción de pluralismo. En los Estados Unidos posteriores al 9 de noviembre, el hombre blanco vuelve estar al mando».

En medio de todo, he estado pensando en Khizr Khan, el padre de un soldado que murió en Irak, y en lo que dijo la víspera de las elecciones. En un mitin de Hillary Clinton, Khan entabló una conversación con los asistentes.

«Donald Trump, ¿tendría mi hijo, el capitán Humayun Khan, un sitio en sus Estados Unidos?» preguntó Khan.

La audiencia respondió con un sonoro «¡No!»

«¿Tendrían los musulmanes un sitio en sus Estados Unidos?»

«¡No!» rugió la multitud.

«¿Tendrían los latinos un sitio en sus Estados Unidos?»

«¡No!», respondieron.

«¿Tendrían los afroamericanos un sitio en sus Estados Unidos?»

«¡No!», dijeron voces cada vez más clamorosas.

«¿Tendría cualquiera que no sea como usted un sitio en sus Estados Unidos?»

Y obtuvo un unánime y resonante «¡No!»

Khan concluyó diciendo, «Por suerte, señor Trump, estos no son sus Estados Unidos». Treinta y seis horas después, los resultados contradicen a Khan. El país por el que su hijo dio la vida le ha enviado un mensaje. Este es ahora el país de Trump, dice el mensaje. Y la gente que tiene el aspecto de Khan quizás ya no tenga sitio en estos nuevos Estados Unidos.

Y eso me rompe el corazón.

Omar Mohammed es corresponsal del ICFJ y responsable en Tanzania de Code for Africa, una iniciativa continental periodística y tecnológica. Reside en Dar es Salaam, la capital comercial de Tanzania. Su cuenta en Twitter es @shurufu.

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