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‘El fin del mundo’: El viaje de una poeta desde Siria a Argel

Dima Yousef. Source: Budour Hassan

Dima Yousef. Fuente: Budour Hassan.

Hace un año, el día 25 de noviembre, Dima Yousef, su madre y dos hermanas aterrizaron en la capital argelina. Su madre había decidido que vivir en Siria estando en guerra era una apuesta cuyo riesgo la familia ya no podía afrontar.

Dima Yousef, una poeta de 30 años y profesora de lengua árabe, es la tercera de cinco hermanos. Nacida y criada en el campo de refugiados de Yarmuk, en las afueras del sur de Damasco, pertenece a una familia desplazada del pueblo palestino de Hosheh, al este de Haifa. En el pueblo tuvo lugar una feroz batalla entre el Ejército Arabe de Liberación y las fuerzas paramilitares de Haganá en abril de 1948. Cayó ante la Brigada Carmeli de Haganá el día 16 de ese mes, forzando a todos los residentes a huir ya fuese a los pueblos vecinos o al Líbano y más tarde a Siria, donde los abuelos de Dima se instalaron.

Una solitaria palmera, un patio y varias ruinas son testigos de lo que una vez fuera una pacífica comunidad agrícola. Físicamente destruida, Hosheh fue revivida a través de las historias y las memorias que los supervivientes dejaron en herencia a la segunda y la tercera generación de la Nakba, la limpieza étnica de Palestina a manos de las milicias sionistas en 1948.

Al despedirse finalmente de Damasco, a Dima le abrumó un sentido punzante de pérdida y desarraigo permanente, el sentimiento experimentado y a menudo expresado por los supervivientes de la Nakba en Yarmouk.

No hay cortes de luz y falta de combustible en Argel, ni bombas aleatorias, ni puestos de control militares desgarrando la ciudad. Sin embargo, de alguna manera, Dima se sentía “más segura” en Damasco. “Sería un gesto desagradecido si me quejase o hablase de nostalgia”, me dijo Dima. “Soy afortunada de estar viva, de tener mi propia habitación, pero extraño todo de Damasco, incluso aquellos largos días sin electricidad”.

Tras dejar Damasco, Dima sólo pudo empacar sus posesiones más preciadas, incluidos los libros que su querida amiga le había dado. Pero dejó atrás un corazón partido en dos: una parte permanece en las eternas calles del casco antiguo de Damasco; la otra se quedó en Yarmuk, o lo que queda de él.

Dima es elocuente en su vívida poesía, pero aún le cuesta poner en palabras lo que más extraña de Yarmuk. No ha podido volver a pisar el campamento en tres años y, en el fondo, sabe que nunca volverá. Escribe:

No, not just the streets, the alleys, the houses or my memories that are still floating there. Not just people’s faces, their clear eyes, their raw emotions and their astounding intimacy. These are not the only things I miss about Yarmouk.

Not just my father’s grave, the presence of which I haven’t gotten used to yet. Not only do I miss the things I used to possess, the things that were mine: my home, my family, my friends, my life.

Life! This is precisely what I miss the most when I think about the camp. Life, in all of its noise, its anguish, and its exhaustion. Yarmouk and its people were masterful at imbuing everything around them with life, pulse, warmth and spark.

‘Yarmouk never sleeps,’ this is what anyone who knew the camp used to say. It never slept as though it were scared of missing something. Yarmouk has always been true to this habit. And even when death arrived, Yarmouk stayed awake and missed none of it.

No, no son sólo las calles, los callejones, las casas o mis memorias que todavía flotan allí. No sólo las caras de la gente, sus ojos cristalinos, sus emociones crudas y su asombrosa intimidad. No son éstas las únicas cosas que extraño de Damasco.

No sólo la tumba de mi padre, a cuya presencia aún no me he acostumbrado. No sólo extraño las cosas que poseía, las cosas que eran mías: mi casa, mi familia, mis amigos, mi vida.

¡La vida! Es precisamente eso lo que más extraño cuando pienso en el campamento. La vida, con todo su ruido, su angustia y su agotamiento. Yarmuk y su gente eran maestros en imbuir todo a su alrededor de vida, pulso, calidez y brillo.

‘Yarmuk nunca duerme’, es lo que solía decir todo aquel que conocía el campamento. Nunca dormía como si temiese perderse algo. Yarmuk siempre ha sido fiel a su hábito. E incluso cuando llegó la muerte, Yarmuk permaneció despierto y no se perdió nada.

Era julio del 2013, justo antes de que las fuerzas gubernamentales sirias impusieran un asedio total sobre el campamento, cuando Dima y su familia huyeron de Yarmuk. Dima afrontó muchas pérdidas: los estudiantes de segundo grado a los que solía enseñar, que eran a la vez sus estudiantes y sus amigos en Yarmuk; su casa en el campamento, destruida por el bombardeo; y su padre, que sucumbió a sus heridas ese mismo mes tras sufrir el disparo de un francotirador.

Photo taken in Yarmouk by Niraz Saied. Source: Budour Hassan.

Foto tomada en Yarmuk por Niraz Saied. Fuente: Budour Hassan.

La muerte por francotirador, concluiría Dima más tarde, era al menos más clemente que la lenta muerte bajo el asedio.

En un poema sin título, traducido por Fawaz Azem, Dima explica que a su padre ‘probablemente le habría destruido la indignación al ver el hambre arrasando los cuerpos de la juventud, ¡imparable!”.

Continúa diciendo:

Thank you, bullet that claimed father’s life before it was claimed by indignation!

Thank you, sniper, who performed his ablution with his blood!

Thank you father’s blood, which brought closure to the scene!

¡Gracias a la bala que tomó la vida de mi padre antes de que la indignación le llevase!

¡Gracias, francotirador, que llevo a cabo la ablución con su sangre!

¡Gracias, sangre de mi padre, que trajo clausura a la escena!

En otro giro cruel, Dima, animada entonces por sus amigos a comenzar a contemplar seriamente la idea de publicar su primera colección de poesías, fue arrestada por las fuerzas de seguridad sirias el 27 de noviembre del 2014. La razón de su arresto fue una queja presentada contra ella dos años antes. En ella se afirmaba que era “activa” en páginas de Facebook opuestas al régimen sirio de Bashar al-Assad.

Desde el inicio del levantamiento sirio, Dima ha sido explícita en su apoyo a las manifestaciones pacíficas y ha hablado en contra de la represión. Sin embargo, nunca se ha considero una activista, argumentando que rechazar la injusticia y la opresión es lo natural, no una forma de activismo.

“No soy una heroína, y lo que yo pasé en prisión no es nada en comparación con lo que sufren la mayoría de los detenidos”, reitera Dima. “No hace falta ser un activista político para expresar solidaridad con la gente bajo el asedio y las bombas”.

Dima cree que fue afortunada de no haber sido torturada o humillada como otros. Pasó dos semanas en detención, pero sabe que hay personas que pasan años e incluso mueren en las prisiones sirias en base a informes que los conectan con el activismo político.

“Hace hoy un año, aprendí que hay lugares que Dios nunca visita”, escribió Dima en el primer aniversario de su arresto, en referencia a las ramas de seguridad dirigidas por el gobierno sirio.

Aunque normalmente prefiere no echar sal sobre la herida sin cicatrizar, en un diario no publicado, titulado “El fin del mundo,” Dima intentó, por primera vez, articular lo que fue su experiencia en prisión.

“Ahora sé qué apariencia tiene el fin del mundo”, comienza.

It is a wall covered with many scribblings and indecipherable words written by the prisoners; a wall filled with pleas and the counting of endless vanishing days; a wall that testifies to the voices of those who try to create noise out of the inaudible screams buried in their throats.

I would open my eyes and close them to a prayer scrawled in black large letters, as if the person who wrote it had tried to release all the darkness and indignation inside her through one last supplication.

On prison walls, so many women left their names behind like stains of blood. With an eyeliner forgotten in one woman’s pocket, the edge of a button, or with their nails, they scratched the harsh face of truth embodied by a prison wall upon which life begins and ends.

Or perhaps, they simply wrote down their names to make sure that they still exist and that their names have not been thrown into oblivion.

Es un muro cubierto de muchos garabatos y palabras indescifrables escritas por las presas; un muro lleno de ruegos y la cuenta de infinitos días efímeros; un muro testigo de las voces de aquellas que intentaron crear ruido de los gritos inaudibles enterrados en sus gargantas.

Solía abrir y cerrar mis ojos frente a un rezo garabateado en grandes letras negras, como si la persona que lo escribió hubiese intentado volcar toda la oscuridad y la indignación en su interior a través de una última súplica.

En los muros de prisión, muchas mujeres dejaron sus nombres atrás como manchas de sangre. Con un lápiz de ojos olvidado en el bolsillo de una mujer, con el borde de un botón, o con sus uñas, rayaban el rostro rígido de la verdad encarnado en un muro de prisión sobre el que la vida comienza y termina.

O quizás, sencillamente, escribían sus nombres para asegurarse de que aún existían y de que sus nombres no habían sido arrojados al olvido.

En sus diarios de prisión, Dima también recuerdas los gritos de las detenidas torturadas — los gritos, demasiado dolorosos para que “un solo corazón y dos orejas” los pudieran soportar — los “trucos” diarios que las mujeres utilizaban para aguantar y sobrevivir, y esperar a que las puertas de la prisión se abriesen, a que el guardia dijese los nombres de aquellas que serían puestas en libertad, a la llegada del “autobús matutino” — el autobús que transfiere a las detenidas al exterior de la cárcel, “de una muerte segura a una posible vida”.

Dima escribe sobre su enfado al ser arrastrada a una esquina por un guardia de la prisión y fotografiada por un oficial, conocido como Abu Ali, sin permitírsele sonreír.

“Si tan siquiera me hubiese dejado sonreír, sonreír a todas las caras de los prisioneros fotografiados por última vez en sus vidas, por Abu Ali”.

Durante sus dos semanas en detención, la familia de Dima insistió en mantener el más alto secreto por miedo a posibles repercusiones.

Dima también era reacia a hablar sobre su breve arresto debido al estigma asociado con la detención política y el hecho de que era una empleada del sector público en Siria.

Para Dima Yousef, el exilio y el encarcelamiento comparten muchas similitudes: la alienación, la soledad, la incertidumbre, y un sentimiento de que el tiempo se para y la vida se queda en espera.

Dima encuentra difícil liberarse de los grilletes de la memoria y el anhelo igual que le costó tras salir de prisión.

Su poesía de verso libre le da fuerzas y consuelo.

Que sus poemas estén sólo publicados en su página personal de Facebook significa que la poesía de Dima aún no ha recibido la publicidad y la lectura que merece. Pero gracias a las traducciones de Azem, los poemas han alcanzado una audiencia inesperada, una flautista afincada en Chicago, Shanna Gutierrez, adaptó uno de ellos en una composición musical.

“Songish” significa mucho para Dima, que también es gran admiradora de la flauta. Reafirma su fe en el poder de la poesía y la música para romper las fronteras que a ella se le impide cruzar, y para mostrar el rostro humano de una tragedia mayormente reducida a números y cálculos geopolíticos.

En un viaje que continúa marcado por la incertidumbre y dañado por pérdidas individuales y colectivas, Dima no tiene idea sobre a dónde más le llevará la vida. Lo que sí sabe con certeza es que la distancia se mide con latidos de corazón más que con millas. Y Yarmuk vive en todos y cada uno de esos latidos.

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