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Cuando la creatividad ciudadana hace frente a las dictaduras

Protesta en la plaza principal de Arequipa en 2007. Fotografía tomada de Wikimedia Commons, del Dominio Público.

Protesta en la plaza principal de Arequipa en 2007. Fotografía tomada de Wikimedia Commons, del Dominio Público.

El artículo que se lee a continuación es una adaptación al post escrito por el autor y previamente publicado en su blog Perdido en Ítaca. El post tiene como punto de partida los señalamientos que se han hecho desde Provea [Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos, coordinado por el autor y otros miembros] en contra del gobierno de Nicolás Maduro, al que señalaron como dictatorial después de la suspensión de los procesos electorales en Venezuela. Global Voices ha re-editado y publicado este texto con permiso de su autor.

¿Cómo se enfrenta un gobierno dictatorial? La respuesta puede encontrarse en la historia reciente del Perú, cuando la sociedad peruana se enfrentó al gobierno de Alberto Fujimori, quien gobernó al país andino entre los años 1990 y 2000 ganando –siempre hay que recordarlo– tres elecciones seguidas. Las dictaduras modernas pueden llegan al poder mediante las elecciones, pero luego pueden utilizar también los mecanismos de la democracia para extinguirla y perpetuarse indefinidamente en el poder.

El libro de Victor Vich “Desobediencia simbólica. Performance, participación y política al final de la dictadura fujimorista”, hace una interesante sistematización de las estrategias de movilización de la sociedad peruana en esos años, que contribuyeron al debilitamiento del fujimorismo:

“Estas performances apuntaron a la construcción de un ciudadano diferente y quisieron, en el lugar de la calle, construir un nuevo sentido de nación y de la memoria”

El autor coloca como hito fundacional el llamado autogolpe de 1992, en el cual “El Chino” –como era conocido Fujimori– disolvió el Congreso. En un momento de crisis de representatividad de los partidos políticos, la oposición a la dictadura que vino como resultado comenzó a caracterizarse por su debilidad simbólica pero sobre todo por su incapacidad articulatoria en términos de formación de nuevos colectivos sociales.

En 1996, cuatro años después, tras la aprobación de una polémica Ley de Amnistía que favorecía a militares implicados en violación de derechos humanos, un escultor, Víctor Delfín, encabezó una marcha que luego generó el movimientoTodas las sangres, todas las artes, en donde confluyeron personas de historias políticas diversas. Así lo cuenta Victor Vich:

Entre todos ellos comenzaron a proponer una idea realmente relevante: la lucha contra la dictadura debería estar impregnada de una atmósfera cultural capaz de articular poderosos símbolos que estuvieran destinados a transformar el imaginario oficial de régimen. Se trataba de comenzar a derrocar la dictadura desde los símbolos y el arte.

De manera paralela, posterior a la tercera reelección de Fujimori, otro grupo de artistas convocó a movilizarse con tres objetivos: 1) Desacreditar el resultado de las elecciones, 2) Exigir la realización de nuevas elecciones y 3) Generar un gran movimiento de desobediencia civil. De esta manera, enarbolando velas, lazos negros, crucifijos e inclusive un féretro, los artistas realizaron el entierro político de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) en una ceremonia frente al Palacio de Justicia. Con eso se daba por muerto de modo simbólico al régimen de Fujimori y se desautorizaba públicamente cualquiera de sus futuras acciones. De esta manera nació el Colectivo Sociedad Civil, que tendría protagonismo en los siguientes meses.

Protestas directas y simbólicas

El 27 de julio del 2000 se realizó la Marcha de los Cuatro Suyos (recordando el nombre de los cuatro puntos cardinales y simbolizando las cuatro regiones que dividían el imperio inca), en la cual alrededor de 250.000 personas se reunieron en el centro de Lima, siendo recordada por el autor como la más grande y organizada de la historia republicana del país, pues 40.000 manifestantes llegaron a la capital desde cuatro puntos diferentes del Perú. La autoestima generada por esta movilización estimuló la realización de protestas creativas y simbólicas como respuesta de un sector de la ciudadanía que sospechaba de la cohabitación de algunos partidos políticos con la dictadura.

Un ejemplo fue “Lava la bandera”, popularizada después de julio de 2000. “Se trataba de construir un símbolo de protesta [afirma Vich] que al mismo tiempo contuviera un sentido emancipador y propositivo. Todos los viernes los ciudadanos se concentraban en la Plaza Mayor de Lima, y sobre bateas rojas, agua limpia y “jabón Bolívar” se procedía públicamente al lavado de la bandera peruana “en un ambiente que combinaba la fiesta con la protesta social”. Una vez limpia, la bandera era colgada en grandes tendederos de ropa. La protesta se viralizó, y al poco tiempo se lavaba la bandera en muchas ciudades del país.

[Las “lavadas de bandera” se retomaron en tiempos posteriores al de Fujimori y han tenido lugar en otros países para denunciar la corrupción y los abusos a los derechos humanos. En el video que se ve más abajo se lleva a cabo una de estas acciones para protestar contra la postulación a la presidencia de Keiko Fujimori, la hija del ex-presidente peruano.]

El escándalo de los llamados “Vladivideos” (una colección de videos que mostraron los sobornos del asesor principal de Fujimori a dirigentes políticos y personas de influencia) reveló la corrupción que se había expandido por diferentes sectores de la sociedad.

Para el Colectivo Sociedad Civil el objetivo se volvió más claro. Ya no se trataba solamente de derrocar al régimen de Fujimori y Montesinos sino, sobre todo, de generar un gran movimiento ciudadano que pudiera acabar con la impunidad histórica en el Perú”. Esto desencadenó una segunda forma de protesta: Pon la basura en la basura, en donde se repartieron más de 300.000 bolsas de basura con las fotos impresas de Fujimori y su mano derecha, Vladimiro Montesinos, vestidos con el traje a rayas de los presidiarios, y colocarlas en diferentes instituciones.

Otra protesta del movimiento ciudadano fueron los “Muros de la vergüenza”, telas de 15 metros de largo con las fotografías de los voceros de la dictadura, y la invitación a dejarles mensajes, colgadas en la vía pública. Como concluye Vich:

Estas performances apuntaron a la construcción de un ciudadano diferente y quisieron, en el lugar de la calle, construir un nuevo sentido de nación y de la memoria.

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