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¿Cuántas vacas se necesitan para terminar una carrera en Paraguay?

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Eudelia Franco. Fotografía de Kurtural. Usada con permiso.

Este post es una versión reducida del trabajo hecho por Fátima Rodriguez en Kurtural y se publica en Global Voices con permiso de sus autores. Del mismo modo, el texto forma parte de la serie Vacas que vuelan, escuelas que caen, republicada y re-editada por Global Voices América Latina. La versión original de este artículo incluye testimonios más extensos sobre la vida de los pueblos indígenas del área y también una explicación del trasfondo histórico de las diversas comunidades que se relacionan en la zona de Paraguay en la que está Cayin ô Clim.

Eudelia Franco terminó el colegio el mismo año en que Paraguay envió vacas por avión a Ecuador. En 2015, fue la primera mujer en graduarse de la secundaria en la comunidad urbana indígena Cayin ô Clim –«Picaflor Blanco» en nivaclé– en el Chaco paraguayo. Pero no sabe si terminará la universidad. Depende de lo que decidan en su comunidad, donde deberán discutir si venden o no las vacas que pertenecen a todos para ayudarla.

Eudelia vuelve a Cayin ô Clim una madrugada fría de julio luego de cuatro meses de estudiar Administración de Empresas en la Universidad Autónoma de Asunción, una de las 54 universidades privadas que existen en el país. La comunidad fue fundada en la periferia de la ciudad menonita de Neuland al, noroccidente del país, por una misión religiosa en 1954.

Pero Neuland fue fundada en tierras donde los nivaclé vivieron siempre. El gobierno las cedió a un grupo de refugiados alemanes para poblar el Chaco paraguayo. Los alemanes se dedicaron a criar vacas y a industrializar la leche. Ellos también conformaron una cooperativa, que es la principal proveedora de carnes vacunas y productos lácteos industrializados de Paraguay.

Después de siete horas de viaje desde la capital, Eudelia es recibida en Neuland por Juan Franco, su papá. Desde las tres de la madrugada prepara la masa en la panadería alemana donde trabaja. Su salario es de dos millones de guaraníes (unos 360 dólares al mes) un poco más del mínimo legal pero que igual no alcanza para los gastos de su hija en Asunción.

Allí Eudelia vive en un departamento pequeño donde sus muebles son un colchón y dos sillas que el locatario le presta. De su casa trajo una olla, una cuchara y una cocina eléctrica que le prestó una tía. Desde febrero de 2016 aprendió muchas cosas viviendo en la capital: andar en colectivo, armar frases enteras en español, nombres de calles y pasar días enteros sin comer.

Va a clases de lunes a jueves de 8:00 a 10:50 hs. Cursa la universidad por las mañanas, porque las cuota mensual de 578 mil guaraníes sube a 778 mil guaraníes en el turno nocturno (de 100 a 140 dólares).

Los jueves, Eudelia sabe que tiene algún bocado asegurado. Noelia, una compañera que cursa con ella una materia ese día le suele invitar a comer en el receso. Otros días, su compañero Diego le da algo de comida. A veces, en semanas enteras, solo come lo que sus compañeros le ofrecen.

Cuando terminó el colegio, mucha gente de la comunidad la celebró, la saludó, la felicitó. Ella recuerda que en la radio de la comunidad le dedicaron música y grabaron saludos especiales. En el día de la colación hubo fiesta, bailes y comida. Fueron doce egresados, una única indígena: Ella.

El retorno a la comunidad

Nélida Sandoval recuerda a su hija cuando niña, gordita y sonriente, yendo a la escuela en bicicleta con su hermana. Para que tuviera tiempo de estudiar y hacer sus tareas, no dejaba que hiciera los trabajos de la casa, como ir horas a los montes a buscar leña.

Pasa por el puesto de salud, la cancha, la escuela, la radio. Debe aprovechar que estará solo tres días en su pueblo. En el camino, saluda a su amiga Sunny Lady, quien casi llora al verla. Se pasan las manos. Las nivachei, mujeres de la comunidad nivaclé en su idioma, no acostumbran a abrazar mucho. Eudelia y Sunny Lady se saludan: «¡Lhom!». «¡Hola!».

Sunny Lady López tiene 21 años. Demuestra cariño por su amiga, pero cada vez que puede le dice que es una privilegiada porque su padre es panadero y porque es callada. Sunny López es la hija de un comunicador que acostumbra defender los derechos de los pueblos indígenas sin pelos en la lengua. Ella también soñaba con ir a la universidad.

A inicios de 2015, Sunny López publicó en Facebook que los profesores del colegio discriminaban a los alumnos indígenas. Según ella, para usar alguna cosa de la biblioteca o las computadoras debían hacer reservas, mientras que esas exigencias no regían para los demás alumnos. Esta denuncia casi le costó la expulsión del colegio. Una ONG intercedió en su caso y logró que la volvieran a aceptar en el colegio, pero ya nada fue lo mismo.

«Nunca más me dejaron hablar», recuerda Sunny López. En las olimpiadas del colegio le dijeron que era mejor que se quedara callada. Le preguntaban en forma de burla si era la secretaria de todos los indígenas. Meses después, por falta de dinero, no pudo terminar la secundaria.

«El caso de Eudelia es diferente, su papá es un panadero, tiene un empleo seguro», dice.

Los nivaclé nunca se presentan como paraguayos, pese a que en sus documentos el Estado los reconoce así. En Cayin ô Clim hay tres identidades: menonitas, los colonos o hijos de colonos alemanes; latinos o paraguayos, ni indígenas ni alemanes. Luego están los indígenas.

Ningún menonita va al colegio Nuevo Amanecer, y los hijos de los latinos no van a los colegios de los menonitas por el alto costo y las exigencias. Jorgelina, por ejemplo, mejor amiga de colegio de Eudelia, es paraguaya, hija de latinos que se mudaron de Asunción a Neuland. En su curso había varios indígenas a principio de año, pero todos abandonaron antes de que se acabe porque tenían que trabajar o porque era caro, o porque las chicas se embarazaron.

Las tierras de los nivaclé de Cayin ô Clim

Las 28 hectáreas donde se asentó Cayin ô Clim al principio resultaron pocas para los hijos y nietos de los primeros pobladores. Entonces, los colonos menonitas ayudaron a fundar otras comunidades un poco más alejadas de la ciudad, como Campo Alegre, Nicha Toyish y Paraíso.

Casi todos los pobladores de Cayin ô Clim trabajaban como empleados o jornaleros en las empresas menonitas pero cuando ya no se pudo sostener económicamente a las nuevas comunidades, el Estado se comprometió a adquirir nuevas tierras donde puedan criar vacas para remediar la situación. En esas tierras construyeron la estancia.

Las primeras vacas fueron donadas por la cooperativa menonita. Hoy tienen 386 cabezas de ganado, que permiten criar y vender desmamantes –terneros listos para el proceso de engorde– que ayudan a pagar la cuota de la camioneta de la comunidad y solventar urgencias. Cada desmamante se vende en un promedio de 1.400.000 y 1.800.000 guaraníes (250 y 330 dólares). En la estancia también hay 145 cabras, gallinas y otros animales domésticos.

La comunidad está en riesgo de perder la estancia. Este año, el Gobierno entregó los títulos de las tierras adquiridas en 1997 por el Instituto Paraguayo del Indígena (INDI). En aquel entonces, el Estado pagó casi tres mil millones de guaraníes (540.000 dólares) por 19 mil hectáreas al terrateniente Gregorio Presentado Benegas. Pero aparecieron un ex militar (Humberto Peralta) y un ganadero (Ramón Esteche) diciendo que poseen títulos de las mismas tierras. Un perito de la Corte Suprema de Justicia debe evaluar la validez de los documentos y quién «innovó en el inmueble». Por eso los indígenas se vieron obligados a hacer un préstamo para pagar un desmonte y plantar pastos. Así quizá la justicia, en su lógica, no tenga dudas de que es de la comunidad, ya que han invertido en la propiedad.

¿Cuántas vacas cuesta una carrera?

Suponiendo que los desmamantes se vendan a su mejor precio y que no suban las cuotas —como suelen hacer las universidades privadas— ni los costos de alquiler, Eudelia necesitaría cincuenta y ocho vacas para terminar la carrera de Administración en cuatro años. Suponiendo que le vaya bien en Comunicación Oral y Escrita, la materia que más le cuesta hasta ahora.

Eudelia volvió a Asunción con muchas promesas de ayuda de su comunidad pero nada concreto. La venta de las vacas podría ser la solución, pero en una última instancia. Toda la ayuda que el Estado podía brindarle hasta ahora da números rojos. El INDI requiere la presencia en Asunción del líder de la comunidad que corrobore que ella es indígena de esa comunidad. Los pasajes costaron más que un mes de subsidio: 350 mil guaraníes.

Mientras tanto, busca trabajo como limpiadora.

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