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Dormido o muerto – Parte 6: No los olviden

IMAGEN: Dominio público de Pixabay

Esta es la última entrega de “Dormido o muerto”, una serie que consta de seis partes y en la que el activista Sarmad Al Jilane relata su experiencia en una cárcel siria. Puedes leer aquí las partes unodostrescuatro y cinco.

El aniversario de la Revolución se acerca. Debemos preparar algo para celebrarlo. No hay nada mejor que el gran cigarrillo Hamra con el que tanto hemos soñado desde hace unos meses hasta ahora. Este es un momento perfecto y, por ello, este día no debería pasar como si fuera uno cualquiera.

Nada más llegar, lo saqué del zapato y se lo di a Belal para que lo guardara en un pequeño bolsillo que había cosido dentro de su manta. Lo verificaba cada noche. “Respiro libertad a través de el,” explicaba, y lo besaba diariamente.

“¡Guarden silencio, bastardos!” La voz procedía de fuera. Como cualquier gran acontecimiento, la adrenalina nos hacía apresurarnos. “Lo he estado escondiendo de la Policía Militar de Alepo. Hoy todos debemos fumar para celebrar el aniversario de la Revolución”.

“Colgaron 86 hombres por encontrarlos con un cigarro”. Esa era la acostumbrada frase de Ubay, sobre el momento en el que nos capturaron y nos castigaron cuando el guardia entró en el momento en el que Uday me levantaba para intentar encender el cigarro con la lámpara del techo.

Celebramos el aniversario de la Revolución como si nuestros corazones fueran solo uno. El oficial nunca supo quién trajo el cigarro. Los días pasaron y Uday mantuvo el secreto en todo momento, hasta su muerte bajo tortura. A Belal también lo mataron más tarde, tras abandonar la cárcel y unirse al Ejército Libre Sirio de Al-BuKamal.
El juramento de sangre los perseguirá toda la vida. Nuestros sueños seguirán creciendo incluso sin comida. Nos torturaban y sacabamos el pavor de nuestros corazones; nos dispersamos y llenamos el espacio que había. Ellos mataban, estrangulaban y destrozaban; pero la libertad que sentíamos permanecía valientemente ahí.

En la cárcel, veíamos cómo el llamado “interrogador” deriva su autoridad solo por su uniforme militar. Una vez entraba en la celda, se transformaba en un monstruo y llegaba a ser un dios cuya misión era castigar a todo aquel que no estaba de acuerdo con él. Dibujaba poder con su látigo. Como una bola de fuego de odio, sacaba el terror de su corazón y lo mostraba a un grupo de personas desamparadas. Arrojaba toda su tiranía sobre miserables sin forma de contraatacar. Él es un interrogador, un ciudadano de este país como nosotros. Él mataba a sus conciudadanos sin ni siquiera pestañear. Ponía trampas, torturaba y denegaba los derechos más básicos. ¿Qué casa estamos construyendo juntos entonces? Ahora sabemos que la muerte no hace excepciones con nadie. En nuestro país, la humanidad es despreciada. Es un juego demasiado grande como para que nosotros podamos jugar.

Los días pasaban. Por algún milagro, me trasladaron a la celda 291, una celda solitaria, para ser liberado tan solo un día después gracias al esfuerzo de una persona cercana a mí.

Hoy, cuatro años después, estoy escribiendo mi historia con todo detalle por primera vez. No estoy orgulloso de lo que ocurrió. Para mí, personalmente, los que no estuvieron detenidos fueron capaces de hacer mucho más que los que sí lo estuvieron, aunque a nadie lo detienen voluntariamente.

Estoy escribiendo mi historia ahora para aclarar lo que ocurrió. En la actualidad permanezco en un país europeo y llevo una vida normal, pero todavía existen otros que se encuentran entre rejas en silencio, palideciendo, desapareciendo, temblando como las hojas con el viento, sin esperar nada por nuestra parte.

Y mi amigo encarcelado, estoy seguro de que no estás escuchando nuestras palabras vacías. No te das cuenta de que nos solidarizamos contigo. No prestas atención a la hipocresía, a los gestos engañosos o a los grupos de apoyo de los que formamos parte. Ustedes, que estan sentados en las cárceles oscuras, aguantando interrogatorios y supresión. Sólo ustedes, muriéndose de hambre son los más fuertes, los más impulsivos y los más revolucionarios de entre todos nosotros.

Estoy escribiendo ahora sobre mí mismo cuando yo era uno de ustedes, así que estoy escribiendo sobre ustedes. No tengo otro modo de compensarlo. Escribo avergonzado, sentado en mi casa, incapaz incluso de parar de comer y beber, atrapado en sus recuerdos.

Nada puede interceder por mi. Ustedes, figuras icónicas, la mayoría merecen vivir, hasta el día de vuestra dulce victoria. Nuestra libertad les honra a ustedes mientras que, juntos, nos enorgullecemos de nuestro pasado.

Finalmente, no pude evitar rezar por Abdul Rahman cuando escuché de su muerte, luchando junto al ISIS. Abdul Rahman, el joven intelectual, juró fidelidad al ISIS desde el primer día de su existencia. El régimen sirio lo convirtió con éxito en un soldado del ISIS cuando no pudo encontrar otra manera de vengarse.

También descubrí que a mi padre lo liberaron de inmediato ese día. Sin embargo, había sentido punzadas de remordimiento en mi interior durante meses. La chaqueta azul fue, finalmente, devuelta a Aghyad, y él no se enojó conmigo. Fue lo único bueno de mi largo encarcelamiento. También perdoné a Damasco, por la agonía que allí experimenté al oír la voz de mi madre al teléfono por primera vez tras mi liberación, de pie frente al edificio Sham Center.

Mis disculpas a los muchos que vivieron esta experiencia y que quizás revivan esos momentos intensamente otra vez, al leer esto. Esta no es tan solo mi historia —es una experiencia de decenas de miles que estuvieron ahí. Intenté omitir algunos detalles innecesarios. Hasta aquí llega mi experiencia, y tuve un final mucho mejor que el de otros, uno que me llevó a este momento en el que soy capaz escribir esto y terminarlo.

Fue un final mejor a pesar de los meses en los que necesité tratamiento para una infección pulmonar, espasmos nerviosos e hipertensión crónica. Hay otros que no tuvieron la oportunidad de poner fin a sus historias, pero en este momento mi mente sigue clavada en ellos. No los olviden.

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