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Piloto ruso lucha para que su viejo avión no termine en el basurero

Foto de Victoria Vziatysheva.

Una versión más larga de esta historia se publicó en ruso en el sitio web Bumaga el 29 de diciembre del 2016. La traducción al inglés, base de este texto, la escribió la autora original.

Un enorme avión de pasajeros está en la esquina de un pequeño aeropuerto militar en las afueras de San Petersburgo. Sus motores están ocultos bajo un grueso toldo, y se puede ver un logo de “Aeroflot” al costado.

Sin embargo, el logo es solamente un autoadhesivo —un recordatorio del pasado del avión.

Hoy, este avión —una rara modificación para pasajeros de un Ilyushin Il-14— no desempeña ningún rol en la industria de la aviación de Rusia. La aeronave no ha salido de su pequeño aeródromo en años.

Cuando visito el aeródromo, un hombre alto y canoso con una chaqueta oscura empuja una escalera de mano hacia el avión, y luego sube. Es el piloto retirado Alexander Poddubny, el dueño.

Ya con 66 años, Poddubny ha pasado casi un cuarto de siglo luchando para conservar su Il-14, negándose a convertir en chatarra el avión y combatiendo contra cobradores que tratan de llevarse el avión como garantía de su enorme deuda personal. En diciembre, volvieron a aparecer los alguaciles para confiscar el avión.

Foto de Victoria Vziatysheva.

“Todo empezó con esta nave. Se fabricó como avión insignia en la aviación de pasajeros”, me dice Poddubny, mientras avanza hacia la cabina de mando. El avión tiene un espacioso interior. Casi todos los asientos han sido retirados, pero la atmósfera sigue siendo acogedora, de alguna manera. El piso está cubierto con alfombra suave, las paredes de la cabina están elaboradas con secuoya y estampados de piel de leopardo adornan los asientos de los pilotos.

“Hacemos todo lo que nos permitan hacer. Lo reparamos, lo volvemos a pintar, lo cuidamos —para que el avión no se sienta descuidado. Es un caballerito exigente, después de todo”, me dice Poddubny sin esbozar una sonrisa.

En todo el mundo, solamente quedan tres Ilyushin Il-14 capaces de volar, y el avión de Poddubny es probablemente el único con autorización legal de estar en el aire, según Sergei Fedorov, amigo de Poddubny.

“La singularidad de este avión está en sus documentos”, dice Fedorov. “Alexander los guarda por la historia. Es como si él y el avión fueran uno. Por supuesto, esto no es para ganar dinero. Debemos conservarlo —como un ícono [religioso]”.

El Il-14 se fabricó en Dresden a comienzos de 1959, y se usó primero en Rumania. A fines de los 70, empezaron a llegar modelos a la URSS, donde los Il-14 llevaban carga a través de Siberia y el Extremo Oriente ruso, hasta que al final fue retirado del servicio.

En 1993, Poddubny descubrió el último Il-14 marchitándose en una fábrica de aviones en Ulan-Ude.

“De todos los aviones que había ahí, este había sobrevivido”, me dice Poddubny, mientras mira cariñosamente el avión.

Foto de Victoria Vziatysheva.

En esa época, era piloto que trabajaba para Aeroflot. Poddubny decidió rescatar el avión, lo compró para un club de aficionados al vuelo que enseñaba a adolescentes la teoría y la práctica de conducir un avión. “Volábamos este avión por todo Siberia. Todo el dinero que ganábamos lo invertíamos en enseñarle a nuevos alumnos y en comprar combustible y repuestos”, dice.

Sin embargo, a la larga, los problemas financieros llevaron a la escuela a su final, y el Il-14 se quedó con Poddubny.

En los primeros años luego del 2000, voló a San Petersburgo, donde algunos entusiastas de la aviación planeaban iniciar un museo. Poddubny estacionó su avión en uno de los aeródromos locales, pero el proyecto del museo quedó en nada repentinamente, y el aeródromo fue entregado a General Motors como zona de estacionamiento.

Como resultado, el querido avión de Poddubny quedó atrapado detrás de filas de autos durante varios años. Luego, en el 2011, logró finalmente llevar el avión a Gorelovo, de donde no se ha movido.

Lamentablemente para Poddubny, mientras su Il-14 se llenaba de polvo, las leyes tributarias rusas cambiaron. Como ya no pertenecía al club de aficionados a la aviación, el avión era ahora propiedad individual, lo que generó tributos que Poddubny ya no pudo pagar.

Cada año, el avión de doble motor le cuesta a Poddubny 475,000 rublos (cerca de $8,000) en impuestos —una carga bastante pesada, dada la condición legal del avión, que le impide a Poddubny usarlo con fines comerciales para tener un ingreso extra. Como “avión de aviación general”, al Il-14 solamente se le permite volar con fines recreativos.

La deuda tributaria de Poddubny creció con los años, y llegó a casi 3 millones de rublos (más de $50,000), hasta que el gobierno formalmente confiscó el avión y le prohibió volarlo.

Cada mes, el estado deduce casi la mitad de los pagos de pensión de Poddubny para pagar los intereses de su deuda tributaria, aunque aún está lejos de pagar lo que debe.

Poddubny aún gasta lo que le queda para mantener el avión, hacerle reparaciones y programar comisiones especiales para prolongar el certificado de vuelo de Il-14.

“Les dije que encontraría una manera de ganar dinero con el avión. Dije que iba a volar y que voy a pagar. Pero no, solamente querían confiscarlo”, dice Poddubny.

Foto de Victoria Vziatysheva.

Cuando habla de lo que hará cuando termine las reparaciones y recupere su avión, me dice todas las maneras en que podría usarlo para volver a ganar dinero: salto de paracaidistas, transporte de pasajeros por rutas turísticas, actuaciones en espectáculos aéreos. Lo ha escrito todo, para calcular el presupuesto, en pequeños folletos digitales.

No obstante, ni las aerolíneas ni las autoridades han mostrado interés en financiar los proyectos de Poddubny, y él dice que no puede atraer inversionistas extranjeros mientras su avión esté encerrado.

“Les es más fácil convertirlo en chatarra por el metal y ganar unos cuantos centavos. Así ya no hay avión, ni hay Poddubny”, murmura amargamente.

Foto de Victoria Vziatysheva.

De vuelta en la cabina de mando del avión, mira el antiguo tablero, que aún funciona totalmente. Periódicamente, lleva inspectores para verificar el funcionamiento del equipo. La comisión de seguridad debe enviar especialistas viejos; los inspectores más jóvenes no tienen idea de cómo probar, menos aun de cómo usar, el equipo ya antiguo.

“No importa lo viejo que sea un avión, ya sea que tenga cinco o 30 años”, dice Poddubny orgullosamente. “Lo que en verdad importa es cómo se le trata”.

Cuando termina de mostrarme el avión, nos vamos caminando y Poddubny bromea que pronto él y sus amigos volarán al Mar Negro para nadar. Detrás de nosotros, el avión sigue oxidándose en la lluvia.

Una versión más larga de esta historia se publicó en ruso en el sitio web Bumaga el 29 de diciembre del 2016. La traducción al inglés, base de este texto, la escribió la autora original.

1 Comentario

  • marcello

    Un romántico y emprendedor su avión esta mas fuerte que nunca saludos desde Ecuador

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