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Colores Unidos de Persecución: La lucha de las comunidades nativas de la Patagonia contra Benetton

In the signs: "Productive recovery. Lof is resisting" and "The Anti-terrorism law is terrorism". Photo: Marta Music, used with permission.

Carteles de la comunidad Lof en Resistencia con frases donde se lee: “Recuperación productiva de los Lof en Resistencia” Y “La ley anti-terrorista es terrorismo”. Foto: Marta Music, utilizada bajo permiso.

El 10 de enero del 2017, las fuerzas armadas argentinas abrieron fuego sobre una comunidad nativa Mapuche en la región de Chubut que reclama tierras ancestrales actualmente en manos de la compañía multinacional Benetton. Según fuentes locales, cerca de 200 gendarmes bloquearon la ruta 40 y atacaron la comunidad de Lof en Resistencia del departamento de Cushamen, la cual abarca menos de una docena de adultos y cinco niños. 

El ataque hirió a la mayoría de los habitantes, quedando dos de ellos en estado crítico. Las fuerzas armadas saquearon la vivienda principal donde se escondían mujeres y niños, y los detuvieron. Al menos diez miembros de la comunidad fueron arrestados y no se ha sabido nada más desde entonces. Entre las pocas noticias disponibles sobre el evento, había informes de acoso y abuso físico a mujeres y niños. 

Esta intervención brutal constituye una violación de la ley Argentina 26894 sobre la posesión y propiedad de tierras, que prohíbe cualquier desalojo de nativos hasta noviembre del 2017. Ha sido severamente condenada por Amnistía Internacional, que exigió se lleven a cabo “investigaciones exhaustivas e imparciales de los actos de violencia” y publicó una lista de acciones que pueden tomarse para presionar al gobierno argentino. Actualmente, circula una petición titulada “basta de represión al pueblo Mapuche”. 

Lo que sigue es una investigación realizada en el 2016 sobre Lof en Resistencia del departamento de Cushamen, la cual expone la lucha de la comunidad, su organización y sueños. Las personas entrevistadas para este artículo permanecerán en el anonimato por razones de seguridad. Por pedido propio, la palabra “peñi” (hermano) se usa para interlocutores masculinos y la palabra “lamgen” (hermana) para femeninos.

En algún lugar de la ruta 40, en el medio de esa desértica nada patagónica, sobresale una choza de madera abandonada. De repente, desde esta imagen de postal emerge una silueta encapuchada. Se ve joven. Sus ropas están hecha jirones y tiene la piel oscura. Se aproxima a una cerca de alambre de púas al costado de la ruta y monta guardia. Se toma un momento para arreglar unas sábanas que cuelgan de la cerca con frases en pintura roja: “Terratenientes manténgase alejados”, “Territorio en recuperación”, “La ley anti-terrorista es terrorismo”.

La choza es un puesto de vigilancia donde la gente Mapuche de la comunidad Lof en Resistencia vigila día y noche para evitar que intervenga la policía local. Lof en Resistencia es una de las tantas comunidades indígenas en la provincia de Chubut que intenta recuperar tierras ancestrales en manos de corporaciones multi-nacionales como Benetton, Lewis, CNN y The North Face. La historia ha recibido muy poca cobertura desde el comienzo de la ocupación el 2015. Aún más alarmante es la falta de cobertura internacional, debido a que estos eventos ocurren en el contexto de una lucha global compleja donde se enfrentan poblaciones aborígenes contra corporaciones multi-nacionales e industrias extractoras a lo largo y ancho del mundo. Indudablemente, entre los derechos de territorios indígenas, ley de propiedad privada y normas internacionales, estas disputas sobre propiedad de tierras constituyen un irresoluble rompecabezas legal que nadie ha sido capaz de resolver hasta el momento.

Esta particular batalla al estilo David y Goliat tiene como protagonistas a un puñado de nativos por un lado y al grupo Benetton por el otro. El gigante textil italiano, más conocido por sus campañas publicitarias que abogan por los derechos humanos, paz e igualdad étnica que por su controvertida posesión de 900.000 hectáreas de tierra patagónica, ha sido el blanco de algunos escándalos en el pasado. En el 2002, la compañía fue responsable del violento desalojo de la comunidad Mapuche de Santa Rosa Leleque, que generó una ola de indignación internacional.

Hoy, a un año y medio del comienzo de la ocupación, Lof en Resistencia puede alojar más de 15 personas, desde niños a ancianos. También reciben numerosas visitas de otros Mapuches en la región involucrados en la pelea, quienes participan en las actividades diarias de la comunidad. La organización del complejo comunitario es ingeniosamente simple. La zona de declive donde han acampado es invisible tanto desde la ruta como desde el puesto de vigilancia. En caso de emergencia, la persona de guardia sopla un instrumento tradicional en forma de cuerno para dar la voz de alerta.

Desde dicho puesto, uno camina a través del matorral espinoso patagónico, cruzando vías de tren abandonadas y subiendo una pendiente antes de que se puedan vislumbrar dos grandes viviendas de madera erigidas por la comunidad, cubiertas por techos de chapa donde se reflejan los rayos del sol. Cada vivienda tiene una chimenea hecha de piedras y barro con fines culinarios y de calefacción, pero a pesar de los esfuerzos para calefaccionar su interior, las condiciones de vida son extremadamente duras, especialmente en invierno cuando la temperatura desciende a -10 grados centígrados. Cuesta abajo corre el río Leleque, y en su margen hay una huerta, un claro donde las mujeres lavan la ropa y vallas construidas para mantener a las ovejas perdidas de los campos colindantes de Benetton.

A pesar de que el objetivo de Lof en Resistencia es ser completamente auto-suficientes y autónomos, la comunidad aún depende de una red de apoyo para obtener los elementos esenciales desde el pueblo más cercano, ubicado a 100 kilómetros de distancia.

“Un día, vinieron los militares y masacraron a todos”

Hace menos de dos siglos, los Mapuches vivían libremente en Puelmapu, una región aborigen independiente conocida actualmente como Patagonia. Entre 1878 y 1885, el gobierno argentino llevó adelante una brutal campaña militar conocida como La Conquista del Desierto para adueñarse de la región e incorporarla a la República de Argentina. Posterior a la victoria, Argentina recompensó a las empresas extranjeras por su ayuda financiera con parcelas de tierra patagónica. Una de ellas, la Compañía de Tierras del Sur Argentino. fue comprada por Benetton en 1991, junto con los derechos de propiedad de cerca de un millón de hectáreas que la compañía poseía en la región del Chubut. Desde entonces, la multinacional italiana ha estado utilizando el área para explotación petrolera, minera, forestal y producción de lana.

Sin embargo, los últimos años han sido testigos de un creciente número de movimientos indígenas de ocupación en toda la Patagonia. La gente de Lof en Resistencia alega que la tierra que ocupan actualmente les pertenece a ellos de manera ancestral y es, por lo tanto, legítimamente suya. “Esta región era considerada territorio libre indígena hace 135 años. Nuestros tatarabuelos vivían en esta tierra. Y luego un día, vinieron los militares y masacraron a todos”, explica el lonco (jefe) de la comunidad. La Conquista del Desierto mató a miles de nativos y cerca de 14.000 fueron utilizados como servidumbre, forzados a trabajar en la misma tierra que les habían arrebatado. Poco después, sobrevino una despiadada represión contra los Mapuches.

Adriana, quien trabaja para la red de contención de la comunidad, ha accedido a revelar su verdadero nombre. Ella habla de la opresión de los Mapuche como se la describieron los ancianos: “En los campos de los nuevos latifundistas, ellos [los Mapuches] tenían prohibido hablar en su lengua. Los huincas [hombres blancos] cortaban la lengua y orejas de los Mapuches si los escuchaban hablando Mapudungun. También cortaban los testículos a los hombres y los pechos de las mujeres para evitar la reproducción. Fue una atroz campaña para aniquilar nuestra identidad, para que la gente perdiese su legado y sus raíces”.

Tales testimonios han sido propagados oralmente de generación en generación en comunidades Mapuches debido a que el Mapudungun no tiene sistema de escritura. Estas historias de persecución, tortura y masacre están profundamente arraigadas en su memoria colectiva, y se han convertido en parte integral de su identidad.

“La Conquista del Desierto no terminó en 1885; sólo cambió de forma”

Actualmente, los Mapuches enfrentan un nuevo tipo de opresión — la exclusión social. Los nativos que se han asentado en las ciudades y pueblos patagónicos viven en extrema pobreza. La mayoría no consigue trabajo, y aquellos que lo hacen son utilizados como mano de obra barata. La hija de Adriana recuerda el constante acoso que experimentaba en la escuela: “Me llamaban estúpida, pobre, mugrienta.. sólo por ser Mapuche”. Adriana dice que ella fue injustamente acusada de abusar sexualmente de sus alumnos en la escuela de danzas donde enseñaba hace algunos años atrás. Fue despedida a pesar de las protestas de los estudiantes, y aún no ha conseguido un nuevo trabajo.

Para la gente de Lof de Resistencia, la desigualdad social y la injusticia fueron algunos de los causantes del éxodo hacia su tierra ancestral. “La Conquista del Desierto no terminó en 1885, sólo tomó una forma diferente…. A pesar de todo, vivimos mucho mejor aquí”, explica el lonco, mirando fijamente la inmensa meseta que lo rodea. Este líder carismático describe cómo, al crecer en una familia pobre, solía pasar su tiempo en la biblioteca local en vez de las calles como los otros niños, quienes terminaron convirtiéndose en delincuentes. El piensa que los libros fueron los que lo salvaron de terminar en prisión. Desconfiado del sistema educativo argentino de corte “neo-imperialista”, supervisa él mismo la educación de los jóvenes en la comunidad.

La gente de la tierra

Pero más allá de sus condiciones de vida y de los derechos ancestrales que defienden, esta gente siente una desdicha muy profunda, y es este sentimiento el que los llevó a iniciar la ocupación. La palabra Mapuche está compuesta por las palabras “mapu” (la tierra) y “che” (gente). La naturaleza es el centro de su sistema de creencias y espiritualidad — un modo de vida, que según ellos, los huincas son incapaces de comprender.

Las ceremonias Mapuches son conducidas por la machi (chamán) quien representa la más alta autoridad espiritual y es responsable de conectar el mundo de los humanos con el espiritual. La gente de Lof en Resistencia tienen sumo respeto por los recursos naturales a su disposición. Se llevan a cabo rituales especiales después de matar un animal, por ejemplo, o de tomar agua del río, y las fogatas sólo se encienden con leña caída. La vida en las ciudades industrializadas es incompatible con los valores Mapuches, es por ello que muchos sienten la necesidad de retornar a su tierra ancestral. “Si una empresa minera viniera y destruyera esa montaña de allí para extraer los recursos de su interior, sería como… amputar tu pierna o tu brazo. Uno se enferma. Es tan simple como eso. Tenemos una conexión espiritual muy fuerte con la Tierra, por esta razón es que debemos defenderla como sea”, declara una joven lamgen.

La distancia y aislamiento no quitan que las personas de Lof en Resistencia posean un conocimiento exhaustivo acerca del mundo. Desde la guerra en Argelia a las elecciones presidenciales estadounidenses del 2016, pasando por el terrorismo islámico y la disolución de Yugoslavia, los debates son ubicuos e interminables. Este conocimiento de política, historia y filosofía les permite articular ideas con claridad y cuidado. Un peñi explica: “Podría decirse que somos anti-capitalistas y anti-imperialistas. Pero no nos gustan las etiquetas. No queremos que se nos asocie con ningún movimiento. No somos marxistas, eco-activistas, o indigenistas. Sólo somos Mapuches. Estamos luchando porque el sistema económico actual está destruyendo la Tierra, y debemos vivir en equilibrio con ella”.

“Somos el mosquito molesto en el brazo de Benetton”

Tan pronto como salen de sus rukas (casas), los Mapuches se ponen sus capuchas, o se enroscan una sudadera alrededor de sus caras — una simple medida de precaución para evitar que las autoridades los identifiquen. Dicen que han habido desapariciones en el pasado, y por eso temen por sus allegados. Se ríen de la etiqueta que les ha puesto el gobierno: “terroristas”. Dicha etiqueta, sin embargo, ha resultado ser eficaz en legitimizar la brutalidad de las fuerzas policiales locales, justificadas como parte de la “lucha contra el terrorismo”. Esta es una estrategia muy conocida en los Estados Unidos y en algunos países de Europa occidental, donde se usa como cortina de humo para esconder abusos de poder y violaciones de derechos humanos. Frente a la casa principal, dos niños pequeños juegan a actuar, peleando sobre quién será el tipo bueno. “¡Quiero ser el terrorista!” “¡Sé el policía por esta vez!”, dice uno. “¡No!”, grita otro. “No quiero ser el policía, quiero ser el terrorista”.

Los sentimientos de tensión e inseguridad son omnipresentes en la comunidad, y con justa razón. En el pasado, hubo muchos intentos de desalojo así como actos intimidatorios, perpetuados no sólo por las autoridades sino también por civiles. Sin embargo, la gente de Lof en Resistencia está lejos de rendirse. “Si no hubiéramos creído que fuera posible recuperar nuestra tierra, no estaríamos luchando”, dice una lamgen. “Si no somos nosotros, serán nuestros hijos, pero ya no hay marcha atrás. Ya sabemos lo que es la tortura, la cárcel, la muerte. No tenemos miedo”.

Su estrategia es sencilla: una ocupación lenta y gradual de la tierra. Como dice el lonco: “Creemos que cada comunidad debe seguir su propio camino a la auto-determinación… Queremos reconstruir nuestra nación. Podría decirse que estamos en un proceso de auto-descolonización. Queremos echar a los actuales propietarios de tierras y reconstruir el Puelmapu. No buscamos tomar el estado huinca. Francamente, no queremos tener nada que ver con el Estado. No queremos negociar, porque no hay nada que negociar. Esta tierra es nuestra”.

El acto de ocupación de Lof en Resistencia puede parecer pequeño, pero su impacto no lo es. Como dice un peñi: “Somos el molesto mosquito en el brazo de Benetton. De hecho… va mucho más allá. Una ocupación como la nuestra pone en jaque la existencia de otras compañías en la región, nacionales e internacionales. Este tipo de ocupación siempre genera imitación por parte de otras comunidades. Estamos lentamente plantando la idea de recuperar control territorial”.

Benetton, “involucrado inconscientemente en un problema histórico”

Benetton se negó a comentar sobre este artículo, pero en una declaración de postura emitida por el grupo Benetton en diciembre del 2010 con respecto a la ocupación de la comunidad de Santa Rosa Leleque, la compañía dijo que, sin quererlo, se “encuentra en el medio de un problema histórico relacionado con la creación del estado argentino en el siglo XIX y su relación con las poblaciones nativas que vivían allí antes del nacimiento del estado”.

Legalmente, el tema es un verdadero rompecabezas. A pesar de que la compañía probablemente estaba al tanto de las circunstancias históricas bajo las que la Compañía de Tierras del Sur Argentino adquirió las tierras, ¿es el grupo Benetton realmente responsable? ¿Qué hay acerca de los derechos de propiedad que Benetton está blandiendo ante tribunales? Por otro lado, artículo 75 (subsección 17) de la Constitución Argentina claramente reconoce la preexistencia de aborígenes en Argentina y garantiza su posesión de tierras que tradicionalmente ocuparon. Argentina también ratificó el Convenio de la OIT 169, así como la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Indígenas, garantizándoles derechos constitucionales esenciales. Según el Observatorio de Derechos Humanos y el Grupo de Trabajo Internacional para Asuntos Indígenas, Argentina no ha respetado ninguna de las legislaciones.

La problemática va más allá de la mera legalidad. Benetton compró la parcela de 900.000 hectáreas en 1991 por 80 millones de dólares. Desde aquél entonces, el valor de esa tierra ha aumentado tremendamente. Es inconcebible pensar que la empresa italiana se la devolverá a los Mapuches, lo que significa que la tierra deberá ser adquirida nuevamente por el gobierno argentino con el dinero de los contribuyentes, algo a lo que la gente de la región se opone firmemente.

Una carrera contra el tiempo

Esta problemática no está restringida a su geografía: se extiende aún más allá del tema de los derechos aborígenes y la región patagónica. La ocupación de Lof en Resistencia tiene lugar dentro de un contexto de lucha global por nativos en todo el mundo, quienes luchan por la soberanía de sus tierras y recursos naturales, las cuales peligran hoy en día debido a las actividades de industrias extractoras y de compañías multinacionales.

Todavía no se ha llegado a ningún acuerdo, y el tiempo pasa. Según la ley argentina 26894 sobre la posesión de tierras, todo desalojo está técnicamente prohibido hasta noviembre del 2017, lo que le da al gobierno menos de un año para encontrar una solución. Mientras tanto, Benetton sigue en pie, y los movimientos indígenas de ocupación se expanden a través de la región. Estas luchas deberían servir nada más ni nada menos que para inspirar a aquellos que buscan alternativas al sistema económico neo-liberal no sustentable que favorece a las corporaciones en lugar de la gente, beneficiándose de los recursos naturales y a costa de los individuos en diversas comunidades.

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